Indice

El Corazón de la Meditación Budista

Capitlo Uno

 


 

El Camino de la Atención

 

Significado, método y propósitos.

Un mensaje de ayuda

En la época actual, y tras dos guerras mundiales, la historia parece repetir su lección a la humanidad en voz más alta que nunca, porque la turbulencia y el sufrimiento que, lamentablemente, son por lo general equivalentes a la historia política, van afectando, directa o indirectamente, a un sector cada vez más amplio de la humanidad. Y, sin embargo, no parece que estas lecciones se estén aprendiendo mejor que antes. Para una mente atenta, un hecho aún más impresionante y desgarrador que todos los numerosos ejemplos singulares de sufrimiento producidos por la historia reciente es la extraordinaria y trágica monotonía de conducta que inclina a la humanidad a prepararse otra vez para un nuevo asalto de esa delirante locura llamada guerra. El mismo viejo mecanismo está en marcha otra vez: la interacción de la codicia y el miedo. El ansia de poder o el deseo de dominar son apenas refrenados por el miedo: el miedo a los instrumentos de destrucción, enormemente perfeccionados por el mismo hombre. Sin embargo, el miedo no es un freno muy seguro para los impulsos del hombre y envenena constantemente la atmósfera, creando un sentimiento de frustación que de nuevo atizará las llamas del odio. Pero los hombres siguen sin hacer más que atender futilmente a los síntomas de su enfermedad y permanecen ciegos a las fuentes de la misma, que no son otras que las tres potentes Raíces de todo lo Pernicioso (akusala—múla) señaladas por el Buda: codicia, odio y ofuscación.

A este insano y verdaderamente demencial mundo nuestro le llega una antigua enseñanza de sabiduría eterna y guía segura: el Buda—Dhamma, la Doctrina del Iluminado, con su mensaje y su poder de curación; llega con la seria y compasiva, pero tranquila y discreta pregunta de si, esta vez, las gentes del mundo estarán dispuestas a asir la auxiliadora mano que el Iluminado ha extendido a la humanidad sufriente a través de su enseñanza intemporal. O ¿esperará el mundo otra vez hasta conseguir que se desencadene una nueva y aún más horrible prueba que puede muy bien acabar en el ocaso definitivo, material y espiritual de la humanidad?

Las naciones del mundo parecen irreflexivamente dar por sentado que sus reservas de fuerzas son inagotables. Contra tan injustificada creencia está la ley universal de Impermanencia, el factor del Cambio incesante, que con tanto vigor enunció el Buda. Esta ley de impermanencia incluye el hecho mostrado por la historia y la experiencia diaria, de que las oportunidades exteriores para la regeneración material y espiritual, así como la fuerza vital y la preparación interior necesarias para ello, nunca son ilimitadas, ni para los individuos ni para las naciones. ¡Cuántos imperios tan poderosos como los actuales no se han desmoronado y cuántos hombres, a pesar de su arrepentimiento y «buenas intenciones», han tenido que enfrentarse a un implacable «Demasiado tarde»! Nunca sabemos si no será este preciso instante o esta presente situación la que nos abre las puertas de la oportunidad por última vez. Nunca sabemos si la fuerza que todavía sentimos latiendo en nuestras venas, aunque débil, no será la última capaz de sostener nuestra lamentable situación. De aquí que este preciso instante sea el más precioso. «¡No dejes que se te escape!», advierte el Buda.

El mensaje del Buda llega al mundo como método eficaz de ayuda para los problemas y aflicciones del día presente y como cura radical para el siempre presente Mal. En la mente del hombre occidental puede surgir la duda de cómo puede ayudarle en sus problemas actuales una doctrina del lejano y extraño Oriente. Y habrá incluso en el Oriente quien se pregunte cómo palabras dichas hace 2.500 años pueden tener aplicación en nuestro «mundo moderno», salvo en un sentido muy general. Aquellos que alegan la distancia en el espacio (queriendo con ello, en realidad, significar diferencias de razas) deben preguntarse si Benarés es realmente más extraña a un ciudadano londinense que Nazareth, de donde surgió una enseñanza que ha llegado a ser parte familiar e importante de la vida del mismo ciudadano. Deben también admitir que las leyes matemáticas, establecidas hace largo tiempo en la lejana Grecia siguen teniendo hoy la misma validez, tanto en la Gran Bretaña como en cualquier otra parte. Son precisamente esos objetores los que deben considerar el gran número de factores básicos de la existencia que son comunes a toda la humanidad, ya que éstos, de los que habla sobre todo el Buda, que objetan la distancia en el tiempo, recordarán, sin duda, muchas palabras de oro de sabios y poetas muertos hace mucho tiempo, que pulsan cuerdas tan profundas y afines en nuestros propios corazones que nos hacen sentir muy vívidamente en vivo e íntimo contacto con aquellos grandes hombres que dejaron este mundo hace mucho tiempo. Tal experiencia, contrastada con el insensato parloteo «de actualidad» de la sociedad, la prensa o la radio, comparada con aquellas antiguas voces de sabiduría y belleza, parece emanar del nivel mental del hombre de la edad de piedra aderezado a la moda de hoy. La verdadera sabiduría es siempre joven y está siempre al alcance de una mente abierta que se ha esforzado por ponerse a la altura y se ha ganado la oportunidad de escucharla.

La Doctrina de la Mente, Corazón del Mensaje del Buda

En particular culminación de la sabiduría humana, la Enseñanza del Buda no tiene nada que ver con nada de lejano, extraño o anticuado, sino con lo que es común a toda la humanidad, lo que es siempre joven y más cercano a nosotros que las manos y los pies: la mente humana.

En la doctrina budista, la mente es el punto de partida, el punto focal y también, en la mente liberada y pura del Santo, el punto culminante.

Es un hecho significativo y digno de detenida consideración que la Biblia comience con las palabras: «En el principio, Dios creó el cielo y la tierra», mientras que el «Dhammapada», uno de los más bellos y populares textos de las escrituras budistas, comienza con las palabras: «La mente precede a las cosas, las domina, las crea» (traducción del Bhikkhu Kassapa). Estas trascendentales palabras son respuestas del Buda, tranquilas y sin agresividad, pero resueltas, a esa creencia bíblica. Aquí se separan los caminos de estas dos religiones: una conduce a la lejanía de un imaginario «Más Allá»; la otra lleva directamente a casa, al mismo corazón del hombre.

La mente es lo más cercano a nosotros, porque sólo a través de la mente nos damos cuenta del llamado mundo externo, incluyendo nuestro propio cuerpo. «Si la mente es comprendida, todas las cosas son comprendidas», dice un texto del budismo Maháyána. (Ratnamegha Sútra).

La mente es la fuente de todo lo bueno y lo malo que surge dentro de nosotros y que nos acontece fuera. Así precisamente lo declaran los dos primeros versos del «Dhammapada» y, entre otros muchos ejemplos, las siguientes palabras del Buda:

«Todo lo que hay de pernicioso, relacionado con lo pernicioso, perteneciente a lo pernicioso, todo emana de la mente.

Todo lo que hay de bueno, relacionado con lo bueno, perteneciente a lo bueno, todo emana de la mente». Anguttara Nikáya I.

De aquí que el resuelto alejarse de los senderos catastróficos, el cambio de dirección que puede salvar al mundo en la crisis actual, debe ser necesariamente una vuelta hacia adentro, al fuero interno de la propia mente del hombre. Sólo si hay cambio interior habrá cambio exterior. Aunque se haga a veces esperar, éste no deja nunca de seguir a aquél. Si hay un centro interior fuerte y bien organizado en nuestra mente, toda la confusión periférica se disolverá gradualmente y las fuerzas periféricas se agruparán espontáneamente alrededor del punto focal, participando de su claridad y de su fuerza. El orden o la confusión de la sociedad reflejan y siguen al orden o confusión de las mentes individuales. Esto no quiere decir que la sufriente humanidad tenga que esperar hata que amanezca una Edad de Oro «en que todos los hombres serán buenos». La experiencia y la historia nos enseñan que, a menudo, se requiere sólo un pequeño número de hombres verdaderamente nobles, imbuidos de determinación e intuición para constituir «puntos focales del Bien», alrededor de los cuales se congregarán aquellos que no tienen el valor de ser los primeros, pero que están dispuestos a seguir. Sin embargo, tal y como lo muestra la historia reciente de la humanidad, los poderes del mal pueden ejercer igual o mayor atracción. Pero uno de los pocos consuelos en este mundo, no totalmente desolado, es que no sólo el Mal, sino también el Bien, puede tener un poder fuertemente contagioso que se manifestará con creciente evidencia si tan sólo tenemos el valor de hacer la prueba.

«Así pues, es nuestra propia mente la que debe establecerse en todas las Raíces del Bien; es nuestra propia mente la que debe empaparse de la lluvia de la verdad; es nuestra propia mente la que debe ser purificada de todas las cualidades obstaculizadoras; es nuestra propia mente la que debe fortalecerse de energía.» Gandawyuha Sútra

De aquí que el mensaje del Buda consista precisamente en la ayuda que proporciona a la mente. Nadie salvo él, el Exaltado, ha dado esta ayuda de manera tan perfecta, completa y eficaz. Decimos esto con la debida apreciación a los grandes resultados curatvos y teóricos alcanzados por la moderna psicología analítica que, con muchos de sus representantes, particularmente en la gran personalidad de C. G. Jung, han dado un paso definitivo hacia el reconocimiento de la importancia del elemento religioso y la apreciación de la sabiduría oriental. La moderna ciencia de la mente puede muy bien complementar, en muchos detalles prácticos y teóricos, la doctrina de la mente del Buda; puede verter esta última al lenguaje conceptual de la edad moderna, puede facilitar su aplicación curativa y teórica a los problemas del individuo y de la sociedad de nuestro tiempo. Pero los fundamentos decisivos de la , doctrina de la mente del Buda han conservado su plena validez y potencia, no han sido afectados por ningún cambio de época ni de teorías científicas. Esto es así porque las situaciones primordiales de la existencia humana se repiten incesantemente' y los principales hechos de la estructura fisica y mental del hombre permanecerán sin alteraciones esenciales durante aún mucho tiempo. Estos dos factores relativamente estables —los acontecimientos típicos de la vida humana y la constitución fisica y mental típica del hombre— deben conformar siempre el punto de partida de cualquier ciencia de la mente humana y de cualquier intento por guiarla. La doctrina de la mente del Buda está basada en una comprensión excepcionalmente clara de esos dos factores y esto le otorga un carácter intemporal, esto es, una intacta validez y «modernidad».

1 Por ejemplo, el nacimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte, la vida sexual y familiar, la búsqueda de alimento, del amor, del poder, etc.

El Mensaje del Buda, como Doctrina de la Mente, enseña tres cosas:

- A conocer la mente, que tan cerca de nosotros tenemos y, sin embargo, tanto desconocemos;

- A formar la mente, que tan dura es de manejar y tan terca y, sin embargo, tan manejable puede ser;

- A liberar la mente, que está esclavizada en todo y que, sin embargo, puede ganar la libertad aquí y ahora.

Lo que podríamos llamar el aspecto teórico de la doctrina de la mente del Buda se encuadraría bajo el primero de los tres apartados mencionados y lo trataremos aquí sólo lo estrictamente necesario para los propósitos primordialmente prácticos de estas páginas.

La Recta Atención, Corazón de la Doctrina de la Mente del Buda

Todas las implicaciones del saludable mensaje del Buda, así como la sustancia misma de su doctrina de la mente, se resumen en la amonestación «¡estad atentos!», que resuena a todo lo largo del sermón del Buda sobre «Los Fundamentos de la Atención» (Satipatthana Sutta). Esta amonestación requiere, desde luego, la elucidación suplementaria de las preguntas «Estar atento ¿a qué?» y «Estar atento ¿cómo?». Las respuestas las hallamos en el mismo Sermón, en su antiguo Comentario y en la interpretación condensada que damos aquí.

Si hemos dicho anteriormente que la doctrina de la mente es el punto de partida, el punto focal y el punto culminante del mensaje del Buda, debemos añadir ahora que la Recta Atención ocupa precisamente el mismo lugar dentro de la doctrina budista de la mente.

La Atención es, por tanto:

- La indefectible llave maestra para conocer la mente, y es así el punto de partida;

- la herramienta perfecta para formar la mente, y es así el punto focal;

- la sublime manifestación de la lograda libertad de la mente, y es así el punto culminante.

Por tanto, los «Fundamentos de la Atención» Satipattáhana) han sido justamente declarados por el Buda como «El Unico Camino» (eki yapo maggo).

¿Qué es la Atención?

La Atención, aunque tan altamente elogiada y capaz de tan grandes logros, cuando se ejerce con toda su plenitud no es en absoluto un estado «místico» más allá del alcance y la comprensión de una persona corriente. Por el contrario, es algo muy sencillo y común y muy familiar a todos nosotros. En su manifestación más elemental, lo que corrientemente llamamos «atención» es una de las funciones cardinales de la conciencia sin la que no existiría la percepción de ningún objeto. Si un objeto ejerce un estímulo lo suficientemente fuerte, la atención despierta en su forma básica, o sea como un inicial «tomar nota» del objeto, un «fijarse» en él (2). A causa de esto, la consciencia rompe a través de la oscura corriente del subconsciente (una función que, según el Abhidhamma —psicología budista— se ejerce innumerables veces durante cada segundo en que está uno despierto). Esta función de atención germinal, o inicial, es un proceso todavía bastante primitivo, pero de importancia decisiva, constituyendo el primer brote de la consciencia desde su substrato inconsciente.

2. Ver, en la psicología budista (Abhidhamma), el término avajjana; lit. «volverse hacia» (el objeto). Es primero el de una serie de varios momentos de consciencia requerido para cada acto de percepción.

De esta primera fase del proceso perceptual, naturalmente sólo resulta una imagen del objeto muy general y confusa. Si se mantiene el interés por el objeto o si su impacto sobre los sentidos es lo suficientemente fuerte, una atención más estrecha empezará a dirigirse a los detalles. La atención, entonces, se detendrá no sólo en las diversas características del objeto, sino también en su relación con el observador. Esto capacitará a la mente para comparar la percepción presente con otras similares recogidas en el pasado, y de esa manera se hará posible una coordinación de las experiencias. —Esta fase, llamada en psicología pensamiento asociativo, marca un paso muy importante en el desarrollo mental. También nos muestra la íntima y constante conexión entre las funciones de la memoria y de la atención, explicando con ello por qué en pall, el idioma de las escrituras budistas, ambas funciones mentales se expresan con una sola palabra: sati (3). Sin la memoria, la atención a un objeto suministraría simplemente hechos aislados, como es el caso con la mayor parte de las percepciones de los animales.

3. El lugar de la memoria, en la psicología budista. Ver Abhidhamma Studies, del mismo autor, p. 39 (Colombo, 1949, Frewin & Cie.).

Es a partir del pensamiento asociativo que se deriva el siguiente paso importante en el desarrollo evolutivo: la generalización de la experiencia, o sea, la capacidad de pensamiento abstracto. A los efectos de esta exposición la incluimos en la segunda fase de cognición tal y como la afecta el desarrollo de la atención. Encontramos cuatro características de esta segunda fase: aumento del detalle, referencia al observador (subjetividad), pensamiento asociativo y pensamiento abstracto.

La mayor parte, con mucho, de la vida mental de la humanidad de hoy se desenvuelve en el plano de esta segunda fase, que abarca un campo muy amplio, desde cualquier observación atenta de los hechos de la vida diaria y la ocupación atenta en cualquier trabajo, hasta el trabajo de investigación de un científico y el sutil pensamiento de un filósofo. En este caso, la percepción es, desde luego, más detallada y comprensiva, pero no necesariamente más veraz. Está todavía más o menos adulterada por asociaciones equivocadas y otras adiciones, por prejuicios emocionales e intelectuales, vagos deseos e ilusiones, etc., y, sobre todo, por la principal causa de honda ofuscación: la presunción, consciente o irreflexiva, de que hay una substancia permanente en las cosas y un Ego o un alma en los seres vivientes. Todos estos factores pueden menoscabar muy seriamente la fiabilidad de incluso las percepciones y los juicios más comunes. La inmensa mayoría de todos aquellos que carecen de la guía del Buda—Dhamma y de aquellos que, conociéndola, no llevan a la práctica la instrucción para el entrenamiento sistemático de sus propias mentes, se quedarán en esta segunda fase. Al seguir progresando en el desarrollo gradual de la Atención, entramos en el verdadero dominio de la Recta Atención (sammá—sati). Se llama «recta» porque mantiene a la mente libre de influencias engañosas, porque es la base misma, así como parte integrante de la Recta Comprensión, porque nos enseña a hacer lo correcto y a hacerlo correctamente y porque sirve al recto propósito señalado por el Buda: la Extinción del Sufrimiento.

Los objetos de la percepción y del pensamiento, tal y como nos los muestra la Recta Atención, han pasado por el proceso tamizador de un análisis agudo e incorruptible y son, por tanto, material fidedigno para todas las demás funciones mentales, tales como juicios teóricos y prácticos, decisiones éticas, etc. En particular, estas presentaciones no deformadas de la realidad formarán una base sólida para la meditación budista cardinal, esto es, para ver todos los fenómenos como impermanentes, sometidos al sufrimiento y exentos de sustancia, alma o Ego.

Desde luego, a la mente no habituada, el alto nivel de claridad mental que representa la Recta Atención le parecerá todo menos algo «cercano» y «familiar». En el mejor de los casos, una mente entrenada podrá, muy ocasionalmente, vislumbrar sus umbrales. Pero al emprender el camino señalado por el método del Satipatthána, la Recta Atención sí que llega a convertirse en algo muy cercano y familiar, porque, como hemos indicado, tiene sus raíces en funciones de la mente totalmente comunes y elementales.

La Recta Atención desempeña las mismas funciones que las dos fases más bajas de desarrollo, pero a un nivel mucho más alto. Estas funciones comunes son: producir una creciente claridad e intensidad de la consciencia y presentar una imagen de la realidad que va incesantemente depurándose de cualquier falsificación.

Hemos dado un breve esbozo de la evolución de los procesos mentales tal y como se reflejan en las fases reales de la percepción y en sus diferencias cualitativas: del inconsciente a lo consciente; del primer débil percatarse del objeto a una percepción más clara y un conocimiento más detallado de él; de la percepción de hechos aislados al descubrimiento de sus conexiones causales y de otros tipos; de una cognición todavía defectuosa, incorrecta o prejuzgada a la clara y no deformada visión que proporciona la Recta Atención. Hemos visto cómo en todas estas fases el instrumento principal que posibilita una transición al siguiente grado es un aumento en la intensidad y calidad de la atención. Si la mente humana quiere una cura para su enfermedad actual y desea situarse firmemente en el camino hacia un progreso evolutivo superior, tendrá que comenzar de nuevo a través de la Puerta Real de la Atención.

El Camino hacia el desarrollo de la Consciencia

La segunda fase del desarrollo —el más extenso, pero todavía engañoso conocimiento del mundo de los objetos— es ya una posesión estable de la consciencia humana. Pero nos permite el crecimiento sólo en la dimensión de anchura, o sea, mediante la adición de nuevos hechos y detalles y su utilización para fines materiales. Debido al incremento del conocimiento de los detalles, la superespecialización, con todos los elementos buenos y malos que conlleva, ha llegado muy lejos en la civilización moderna. Las consecuencias biológicas de un desarrollo unilateral son bien conocidas: degeneración y finalmente extinción de las especies, como en el caso de los saurios gigantes prehistóricos con sus inmensos cuerpos y pequeños cerebros. Sin embargo, el peligro hoy es el superdesarrollo de una actividad cerebral unilateral dedicada únicamente a los fines materiales, al servicio de la sed de placeres sensoriales y el ansia de poder. El peligro concomitante es que la humanidad, un día, puede verse aplastada por las mismas creaciones de su cerebro hipertrofiado, sus inventos que matan el cuerpo y sus «distracciones» que matan la mente. El destino de la civilización moderna podría, muy bien, ser una repetición del colapso de aquella maravilla técnica, la Torre de Babel, con sus constructores, una vez más, luchando los unos contra los otros, en vez de comprenderse. El remedio para impedir desarrollos catastróficos es el Sendero del Medio que enseñó el Buda. El es el eterno tutor que, si es escuchado, enseñará a la humanidad a evitar el naufragio en los escollos de los extremismos mentales, espirituales y sociales.

Repito, si la humanidad continúa moviéndose sólo en el plano de la segunda fase de evolución, le aguarda el estancamiento si no la catástrofe. Solamente con un nuevo avance en la claridad mental, esto es, en la calidad de la atención, podrá volver a impartir nuevo movimiento y nuevo progreso a las estructuras de la consciencia moderna. Este avance puede conseguirse con el Camino de la Atención que enseñamos aquí. Pero este camino debe construirse sobre los seguros cimientos de una «humanidad de corazón» (Confucio), esto es, sobre una moralidad que sea no sólo elevada, sino también realista. Esto, igualmente, lo encontramos en el Buda—Dhamma.

La Recta Atención o Satipatthána ha sido explícitamente declarada por el Buda como el camino que lleva a la liberación de la mente y, por tanto, a la auténtica grandeza del hombre. Es un nuevo tipo de hombre, el verdadero «superhombre» que soñaron tantas mentes notables, pero mal aconsejadas; un ideal al que tantos mal dirigidos han aspirado. Vale la pena citar aquí una notable conversación, transmitida hasta nosotros en las escrituras budistas, que evidencia nuestro aserto:

Sáriputta, el principal discípulo del Maestro, se dirigió al Buda: «Se habla de "Grandes Hombres" (mahá—purisa), ¡Oh, Señor! ¿Hasta qué punto, Señor, es el hombre grande?» El Buda contestó: «Con la mente liberada, Sáriputta, se es un Gran Hombre; sin una mente liberada no se es un Gran Hombre. ¿Cómo, pues, Sáriputta, se libera la mente? He aquí que un monje medita contemplando el cuerpo..., las sensaciones..., la consciencia..., los objetos mentales, fervoroso, comprendiendo claramente y atento... Para él, que medita en esta forma, la mente llega a desapegarse de las corrupciones y se libera. De este modo Sáriputta, se libera la mente. Con la mente liberada, yo declaro, se es un Gran Hombre; sin la mente liberada, declaro, no se es un Gran Hombre» (Samyutta Nikáya 47, II).

Es esta Recta Atención, de tan alto objetivo y tan gran potencia, de la que trataremos en las páginas siguientes.

La Recta Atención y sus divisiones

La Recta Atención es el séptimo factor del Noble Octuple Sendero que conduce a la Extinción del Sufrimiento. En la explicación canónica del Sendero, está definida expresamente como los cuatro «Fundamentos de la Atención» (Satipatthána). Por tanto, Recta Atención y «fundamentos de la Atención» o Satipatthána, serán utilizados como términos intercambiables.

La Recta Atención es cuádruple con respecto a los objetos que contempla. Se dirige: 1) al cuerpo; 2) a las sensaciones; 3) al estado de la mente, o sea, las condiciones generales de consciencia en un momento dado; 4) al contenido mental, esto es, contenido concreto u objetos de la consciencia en un momento dado.

Estas son las cuatro «Contemplaciones» (anupasnassaná) que forman la principal división del Discurso. Algunas veces son también llamadas las cuatro Satipatthánas, en el sentido de ser los objetos básicos de la Atención o Sati.

En las escrituras budistas, el término «atención» (sati) va frecuentemente unido a otro término, traducido aquí como «Clara Comprensión» (sampajañña). Estos dos conceptos forman, en el idioma pali, el término compuesto sati—sampajañña, lo que ocurre muy a menudo en los textos budistas. En el contexto de este término dual, la Atención (sati) se aplica sobre todo a la actitud y práctica de la Atención pura en un estado de mente puramente receptivo. La Clara Comprensión (sampajañña) entra en funciones cuando se requiere cualquier tipo de acción, incluyendo el reflexionar activamente sobre las cosas observadas.

Estos dos términos pueden también servir como división, general de la Recta Atención o Satipatthána, con el significado de dos modos característicos de aplicación de la misma.

Nos ocuparemos en primer lugar de esta doble división, dejando la cuádruple, de acuerdo a los objetos de la Atención Mental, para un tratamiento posterior.

Lugar de la Atención en el esquema de la doctrina budista

El término «atención» se presenta en las escrituras budistas en muchos contextos y es parte de varios grupos de términos doctrinales, de los cuales mencionaremos los más importantes.

«Recta Atención» (sammá—sati) es el séptimo factor del «Noble Octuple Sendero que conduce a la Extinción del Sufrimiento» y que constituye la cuarta de las Cuatro Nobles Verdades. En la división tripartita del óctuple sendero en Virtud, Concentración y Sabiduría, la Recta Atención pertenece al segundo grupo, Concentración (samádhi), junto con el Recto Esfuerzo y la Recta Concentración.

La Atención es el primero de los siete Factores de Iluminación (bojjhangai, ver pág. 140). Es el primero de ellos, no sólo en el orden de enumeración, sino porque es básica para el pleno desarrollo de las otras seis cualidades, y, en particular, es indispensable para el segundo factor, la «investigación de los fenómenos» (fisicos y mentales) (dhamma—vicaya—sambojjhanga). La visión cabal directa y experiencial de la realidad sólo puede lograrse con la ayuda del factor de iluminación que es la Atención (sati sambojjhanga).

La Atención es una de las cinco facultades (indriya); las otras cuatro son: confianza, energía, concentración y sabiduría. La Atención, además de ser una facultad básica por su propio derecho, tiene la importante función de velar por el desarrollo uniforme y el equilibrio de las otras cuatro, en particular de la confianza (fe) en relación con la sabiduría (razón) y de la energía en relación con la concentración (o calma interior).

 


 

 


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