Indice

El Corazón de la Meditación Budista

Capitulo V y VI

 


 

El Método Birmano del Satipatthána

Aunque las características que ditinguen la meditación Sati­patthána parecen simples y obvias tras haber leído o haber oído algo de ellas una vez, las nociones que se tienen corrientemente sobre la forma de practicarla permanecen, en su mayor parte, bas­tante vagas. Incluso en algunos países budistas, la verdadera com­prensión y la práctica real han quedado muy rezagadas tras una actitud principalmente devocional y una apreciación intelectual. Fue en Birmania, en este siglo xx, donde hubo monjes quienes, por su espíritu de investigación, efectuaron un profundo cambio en la situación y trazaron de nuevo las características singulares del Camino de la Antención. A través de su propio y activo es­fuerzo meditativo eliminaron para otros muchos de los obstáculos para la correcta comprensión y práctica del Camino Unico. Y fueron muchos los que en Birmania, y pronto también en otros paises, les siguieron con sincero esfuerzo.

A principios de este siglo un monje birmano, llamado U Na­rada, empeñado en la verdadera realización de las enseñanzas que había aprendido, buscaba con ansia un sistema de meditación que ofreciera un acceso directo a la Más Alta Meta, sin la carga de lo innecesario. Vagando por todo el país, encontró a muchos que es­taban entregados a la más estricta práctica meditacional, pero no pudo obtener de ellos una guía que le fuese satisfactoria. En el curso de su búsqueda, al llegar a las famosas cuevas de meditación que se hallan en las colinas de Sagaing, en la Alta Birmania, halló un monje del que se decía haber emprendido aquellos nobles Sen­deros de Santidad (ariyamagga) en los que está asegurado el lo­gro final de la Liberación. Cuando el Venerable U Narada le hizo su pregunta, aquél a su vez le preguntó: «¿Por qué buscas fuera de las palabras del Maestro? ¿No fue El quien reveló el Camino Un¡­co, el Satipatthána?»

U Narada, ajustándose a esta indicación, estudiando de nuevo el texto y su exposición tradicional, reflexionando profundamente sobre ello y poniéndolo en práctica con decisión, llegó finalmente a comprender sus rasgos sobresalientes. El resultado obtenido con su propia práctica le convenció de que había encontrado lo que buscaba: un método claro y eficaz de entrenamiento de la mente para la más alta realización. Basándose en su propia experiencia desarrolló los principios y los detalles de la práctica que forma­rían las bases para aquellos que le siguieran como discípulos di­rectos o indirectos.

A fin de dar un nombre al método de entrenamiento del Vene­rable U Narada, en el que los principios del Satipatthána se apli­can de una manera tan definida y radical, proponemos aquí deno­minarlo el Método Birmano del Satipatthána, no en el sentido de que sea úna invención birmana, sino porque fue en Birmania donde la práctica de ese antiguo Camino fue tan hábil y eficaz­mente revivida.

Los discípulos del venerable U Narada difundieron el conoci­miento de su método en Birmania y en otros países budistas, y fueron muchos los que obtuvieron grandes beneficios de él para su progreso en el Camino. El Venerable U Narada Mahátera, am­pliamente conocido en Birmania como el Jetavan (o Mingun) Sayadaw, falleció el 18 de marzo de 1955, a los ochenta y siete años. Muchos creen que alcanzó la Liberación final (Arahatta).

Es motivo de profunda satisfacción el hecho de que en la Bir­mania de hoy la práctica y la enseñanza del Satipatthána esté flo­reciendo y dando resultados muy notables, en notable contraste con las olas de materialismo que surgen en todas partes del mun­do. Hoy el Satipatthána tiene una gran fuerza en la vida religiosa de Birmania. Existen numerosos centros de entrenamiento en el país en los que miles de personas siguen los cursos de práctica es­tricta del Satipatthána. A estos cursos asisten tanto los monjes como los laicos. Fue una muestra de sabia madurez el que el Go­bierno de Birmania, bajo el liderazgo del Primer Ministro U Nu, animara y sustentara estos centros de meditación poco después de que el país obtuviera la independencia, sabiendo que las mentes entrenadas son un valor positivo para el país en cualquier aspecto de la vida.

Entre los maestros actuales del Satipatthána merece ser desta­cado el Venerable Mahási Sayadaw (U Sobhana Maháthera), quien tan grandemente ha contribuido al desarrollo de la práctica en Birmania con su instrucción personal en los cursos de medita­ción, sus libros y conferecias. Muchos miles de personas se han beneficiado con su sabia y experta guía. Hombres y mujeres, jóve­nes y viejos, pobres y ricos, eruditos y gentes sencillas han adopta­do la práctica con gran seriedad y entusiasmo. Y los resultados no fallan.

Gracias, sobre todo, a los esfuerzos del Venerable Mahási Sayadaw y sus discípulos, la práctica de este método de medita­ción se ha extendido a Tailandia y Ceilán y se está preparando un centro de meditación en la India (15).

15 «Así era en 1962, cuando se publicó el original inglés de la presente obra por vez primera. Actualmente existe ya desde hace varios años un centro en el que se enseña la práctica de la meditación Satipattána: VIPASSANA INTERNACIO­NAL ACADEMY, Dhammgiri, IGATPURI—422 403 (Maharashtra)—India. (Nota del traductor)»

Instrucciones para la práctica metódica del Satipatthána tal como se enseña en Birmania

Observaciones generales

En las páginas siguientes daremos detalles sobre un curso de práctica rigurosa de meditación según el método del Satipatthána. El curso fue impartido en el «Thathana Yeiktha» (16) en Rangún (Birmania), bajo la dirección del Venerable Mahási Sayadaw (17) (U Sobhana Maháthera).

16 Se pronuncia «Yita».

17 Sayadaw, término birmano, es una forma respetuosa de dirigirse a los monjes budistas mayores o eruditos, y significa «gran maestro».

Un curso práctico en este centro de meditación dura habitual­mente uno o dos meses. Después de ese periodoje espera que los meditadores continúen la práctica en sus propios domicilios, adaptándola a las condiciones individuales de su vida. Durante el curso de práctica estricta, los meditadores no se ocupan en leer ni escribir ni en ninguna otra tarea que no sea la meditación y las ac­tividades de la rutina cotidiana. La conversación se limita al míni­mo. Los meditadores laicos, en esta institución, y por todo el tiempo que dura su estancia allí, observan los Ocho Preceptos (atihanga—sila), que incluye, por ejemplo, la abstinencia de ingerir alimento sólido y ciertos líquidos, tales como leche, etc., después de las doce del mediodía.

Un compendio por escrito sobre la meditación práctica, aun­que se limite, como aquí, a los primeros pasos, no puede reempla­zar la guía personal de un maestro experto, que es el único que puede tomar debidamente en consideración las necesidades y el grado de progreso de cada uno de los discípulos. Así pues, las in­dicaciones que damos a continuación son solamente para aquellos que no tienen acceso directo a un maestro experto de meditación.

El hecho de que sean muchos los que se hallan en tal situa­ción, tanto en Occidente como en Oriente, es lo que ha inducido al autor a ofrecer estas notas, con todas sus inevitables insuficien­cias, como un suplemento práctico al cuerpo principal del libro.

Uno de los principios fundamentales del Satipatthána es que el discípulo dé sus primeros pasos sobre el sólido terreno de su pro­pia experiencia. Debe aprender a ver las cosas como son, y debe verlas por sí mismo. No debe dejarse influenciar por aquellos que le hagan sugerencias o insinuaciones acerca de lo que puede ver o se espera que vea. Por eso en el mencionado curso práctico no se dan explicaciones teóricas, sino sólo las instrucciones escuetas de lo que se debe y de lo que no se debe hacer al comienzo de la práctica.

Cuando, tras un poco de práctica, la atención se agudiza y el meditador se hace consciente de características del objeto de su atención que, hasta entonces, habían pasado desapercibidas, el maestro de meditación puede, en casos individuales, decir algo más que el habitual: «¡Adelante!», e indicar sucintamente la direc­ción más beneficiosa hacia la que debe encaminarse la atención del discípulo. Una de las desventajas de la exposición escrita es el no poder ofrecer esas indicaciones, dado que dependen obligato­riamente del progreso del meditador al comienzo de su práctica. Pero si se siguen escrupulosamente las instrucciones que damos aquí, la propia experiencia del que medita se convertirá en su maestro y le conducirá a salvo hacia adelante, aunque debemos admitir que el progreso es más fácil bajo la dirección de un maes­tro experimentado.

Sobriedad, confianza en sí mismo y una actitud observadora y vigilante son las características de esta práctica de meditación. Un verdadero Maestro de Satipatthána será muy reservado en sus_ relaciones con aquellos a quienes instruye; no pretenderá «impre­sionarlos» con su personalidad ni convertirlos en «seguidores» suyos. No recurrirá a nada que pueda inducirles a la autosuges­tión, trance hipnótico o mera exaltación emocional. Aquellos que empleen tales medios, para sí mismos o para los demás, es seguro que siguen un sendero contrario al Camino de la Atención.

Al emprender esta práctica no se deben esperar «experiencias místicas» o baratas satisfacciones emocionales. Tras haber for­mulado con honestidad la aspiración inicial, uno no debe re­crearse con pensamientos acerca de los futuros logros ni anhelar resultados rápidos. Es preferible que atienda diligente, sobria y ex­clusivamente a los sencillos ejercicios que describiremos. Al prin­cipio incluso debe considerarlos como propósitos en sí mismos, o sea, como una técnica para fortalecer la atención y la concentra­ción. Cualquier significado adicional de estos ejercicios se le ma­nifestará al meditador con absoluta naturalidad durante el curso de su práctica. Los contornos de este significado que empiezan por aparecer débilmente en el horizonte mental del meditador se irán haciendo más nítidos gradualmente para convertirse, al final, en presencias soberanas para aquel que se dirige a ellas firme­mente.

El método que indicamos entra dentro de la categoría de Vi­sión Cabal Pura (sukkha vi»assaná), que es la práctica exclusiva y directa de la Visión Cabal penetrante, sin la obtención previa de las absorciones meditacionales (jhána). El método pretende, en su primera etapa, el discernimiento de los procesos corporales y mentales (námarúpa—pariccheda) en la propia personalidad y a través de la propia experiencia. Una conciencia cada vez más pe­netrante de la naturaleza de estos procesos y una concentración, fortalecida (hasta llegar al grado de concentración llamado de Ac­ceso o Cercanía) (upacára—samádhi) darán como resultado una vi­sión cabal más profunda de las Tres Características de la existen­cia —Impermanencia, Sufrimiento e Impersonalidad—, que con­duce gradualmente a la obtención de los Estados de Santidad (magga—phala), esto es, a la Liberación final. Para acercarse a esta meta final se pasa por los Siete Estados de Purificación (satta vi­suddhi), de los que se trata en el Sendero de la Purificación, de Buddhaghosa.

Preliminares: Físicos

Postura.—La manera occidental de sentarse en una silla, con las piernas colgando, es bastante desfavorable para aquellos que deseen meditar durante períodos cada vez más largos de tiempo, sin llegar a sentirse incómodos y sin tener que mover frecuente­mente el cuerpo. Sentado en una silla, el que comienza el auto­control puede ceder fácilmente a cualquier leve deseo de cambiar la posición de las piernas o el cuerpo incluso antes de que el entu­mecimiento de los miembros lo pida; puede también tener las piernas y el cuerpo excesivamente rígidos y tensos como para sen­tirse cómodo fisica y mentalmente. Por el contrario, en las postu­ras en las que las piernas están cruzadas, las posaderas descansan sobre una base amplia y firme, con el cuerpo formando un trián­gulo. Cuando las piernas están cruzadas no resulta tan fácil remo­verse en el asiento ni hay tanta necesidad de ello; y con la práctica se puede mantener la postura durante largos períodos de tiempo.

La bien conocida postura del yoga, padmásana o postura del loto, en la que las piernas están totalmente entrelazadas, resulta bastante dificil para la mayoría de los occidentales, y aunque es ventajosa para una meditación encaminada a la plena absorción mental (jhána) tiene menor importancia para la práctica del Sati­patthána. Por tanto, no la describiremos aquí, sino que nos limita­remos a la descripción de otras posturas más fáciles.

En el vi rásana («postura del héroe») la pierna izquierda se do­bla y se coloca sobre el suelo, la derecha se coloca sobre ella, la rodilla derecha descansando sobre el pie izquierdo y el pie dere­cho sobre la rodilla izquierda. En esta postura no hay un entrela­zamiento, sino un simple cruzado de piernas.

En el suhkasana («la postura cómoda») ambas piernas están dobladas y reposan en el suelo por igual. El talón del pie izquier­do descansa en la horcajadura, entre los muslos, y los dedos del mismo pie quedan colocados en el interior del ángulo que forma la rodilla doblada de la pierna derecha, la cual, por así decir, en­ marca la pierna izquierda. Dado que no hay presión de ninguna clase sobre las extremidades, esta postura es la más cómoda y es, por tanto, la recomendada en el centro de meditación birmano mencionado.

Para sentirse cómodo en cualquiera de estas posturas es esen­cial que las rodillas descansen firmemente y sin esfuerzo sobre su soporte (el suelo, el asiento o la otra pierna). Las ventajas de una postura con las piernas dobladas son tan considerables para el meditador aplicado que merecerá la pena el esfuerzo de entrenar­se en ella. Pero si estas posturas no le son asequibles fácilmente, es aconsejable dedicar un período de tiempo aparte al entrena­miento en la postura, tiempo que se podrá igualmente aprovechar, en la medida que sea a uno posible para la reflexión, la con­templación o la Atención Pura.

Sin embargo, no hay que permitir que, a causa del entrena­miento en la postura, se retrase o perturbe el decidido propósito de lograr y mantener un grado más elevado de concentración mental, y a tal propósito se puede usar, por el momento, una pos­tura sedante que sea cómoda y contrarreste de la mejor forma po­sible los inconvenientes anteriormente mencionados. En ese caso puede uno sentarse en una silla de respaldo recto que permita que las piernas se apoyen en el suelo sin esfuerzo.

Si uno se sienta con las piernas dobladas, se puede colocar un almohadón, un paño doblado o una manta bajo las posaderas de forma que queden al mismo nivel que las piernas. El cuerpo debe estar erguido, pero no rígido ni tenso. La cabeza ligeramente in­clinada hacia delante y la mirada descansando suavemente (sin forzarla) en el lugar en el que, con naturalidad, la sitúe la posición de la cabeza. En ese lugar se puede colocar cualquier objeto pe­queño y sencillo para enfocar la mirada hacia él, con preferencia un objeto geométrico, por ejemplo, un cubo o un cono, y que no tenga una superficie brillante ni que refleje la luz, y sin ninguna otra cosa que pueda desviar los pensamientos., Por supuesto que este recurso no es imprescindible.

Las mujeres, en Oriente, para meditar, no se sientan en ningu­na de las posturas mencinadas ni con las piernas entrelazadas, sino que se arrodillan sobre un cojín amplio y mullido, sentándo­se sobre los talones y con las manos descansando en las rodillas.

Con respecto a la forma de sentarse, el meditador deberá usar su propia discreción y aplicar a su caso individual la «Clara com­prensión de la idoneidad».

La ropa debe ser suelta, al menos en la cintura, y antes de co­menzar a meditar debe asegurarse que los músculos estén relajados: el cuello, los hombros, la cara, las manos, etc.

Comida. —En los países en los que se practica el budismo The­ravada todos aquellos que siguen un curso intensivo en un centro de meditación, por lo general, observan, entre otras reglas, el sex­to precepto de los monjes, esto es: abstenerse de alimentos sólidos y bebidas nutritivas después del mediodía. Sin embargo, este pre­cepto, para aquellos que trabajan durante todo el día, será dificil­mente aplicable aunque sea factible en los fines de semana o en las vacaciones. Pero, en cualquier caso, para todo aquel que desee adoptar una práctica meditacional seria y regular, será deseable la moderación en la comida. La recomendación que hizo el Buda a todos aquellos que se dedicaran a la meditación de ser «modera­dos en la comida» no era gratuita, y la experiencia confirmará los beneficios de esta práctica a aquellos que estén decididos a hacer verdaderos progresos en la meditación y no se conformen con in­dicaciones ocasionales.

Preliminares: La Actitud Mental

El propósito de la práctica meditativa que vamos a describir, es el más elevado de todos los que ofrece la enseñanza del Buda. Por tanto, la práctica debe ser emprendida con la actitud mental que corresponde a tan alto propósito. Es conveniente que el meditador budista comience con la recitación del Triple Refu­gio, teniendo en mente el verdadero significado de este acto 19. Esto le infundirá la confianza que tan importante resulta para el progreso meditaciones: confianza en el incomparable Maestro y Guía: el Buda. Confianza en la eficacia liberadora de su Enseñan­za (Dhamma) y, especialmente, el Camino de la Atención; con­fianza surgida del hecho de que han existido aquellos que han rea­lizado la Enseñanza en su plenitud, la Comunidad de los Santos (ariya—sangha), los Perfectos (arahats). Tal convicción le llenará de gozosa confianza en su propia capacidad y dará alas a su es­fuerzo. Con tal ánimo, el seguidor de esos Tres Ideales puede co­menzar su práctica con la serena y firme aspiración de lograr la meta más alta, no en un futuro lejano, sino en esta misma vida.

«Caminaré ahora el sendero hollado por los Budas y los Gran­des Santos Discípulos. Pero una persona indolente no puede se­guir el Sendero. ¡Que mi energía prevalezca!, ¡que lo logre!».

Pero también el no budista hará bien en considerar que al se­guir, aunque sólo sea parcialmente, el Camino de la Atención, se adentra en un terreno que es sagrado para los budistas y, por tan­to, digno de respeto. Este respeto le ayudará en sus propios esfuer­zos en el Camino.

Afianzará sus pasos en el Camino si pronuncia una solemne aspiración, como la que sigue, o cualquier otra que pueda formu­lar por sí mismo:

Para conseguir el dominio y el crecimiento de la mente

hay que hacer un esfuerzo

una vez que has visto que es necesario. ¿Por qué no lo haces ya?

El camino está claramente señalado.

¡Que mis logros traigan bienestar para mí y para todos los seres!

La mente es la causa de la felicidad y de la aflicción.

Para ven­cer la aflicción

Emprendo el Sendero de la Atención.

¡Que mis logros traigan bienestar para mí y para todos los seres!

Programa de Práctica

1. Entrenamiento de la atención en general. —Durante un curso de entrenamiento intensivo, el tiempo dedicado a la prácti­ca es el día entero, de la mañana a la noche. Esto no quiere decir que el meditador deba, durante todo ese tiempo, prestar atención a un único objeto de meditación, o sea, al objeto principal de la práctica meditativa, del que nos ocuparemos más adelante. Aun­que debe, ciertamente, dedicarle tanto tiempo del día y de la no­che como le sea posible, habrá, por supuesto, pausas entre una y otra ejercitación; pausas que, para los principiantes, serán bastan­te frecuentes y de mayor duración. Pero también durante esos in­tervalos, ya sean cortos o largos, no debe aflojarse o soltarse el hilo conductor de la atención. La atención en todas las activida­des o percepciones debe mantenerse durante todo el día al máxi­mo posible: comenzando por el primer pensamiento y percepción al despertar, y terminando con el último pensamiento y percep­ción al dormirse. Esta atención general comienza con la Concien­cia de las cuatro Posturas (iriyápatha—manasikára) y las mantiene como elemento principal: marcha, en pie, sedente, yacente. Esto significa que hay que estar plenamente consciente de la postura asumida en cada momento, de cualquier cambio de ella (in­cluyendo la intención previa de cambiarla), de cualquier sensa­ción conectada con la postura, por ejemplo la presión, o sea, consciencia del contacto (káya—viññána) y de cualquier sensación perceptible de dolor o comodidad («Contemplación de las Sensa­ciones»). Por ejemplo, al acostarse por la noche y al despertarse por la mañana, se debe ser consciente de la postura reclinada y del contacto («estar tumbado, tener contacto»).

Puede ser que el meditador no sea capaz de prestar atención a todas, o ni siquiera a la mayor parte de las actividades e impresio­nes del día. Así pues, podrá comenzar por las posturas solamente y, gradualmente, ampliar el ámbito de la atención a todas las actividades cotidianas, tales como vestirse, lavarse, comer, etc. Esta ampliación será espontánea cuando, tras los primeros días de práctica constante, la mente se calme, la observación se agudice y la atención esté más alerta.

El siguiente ejemplo nos puede ilustrar de cómo la atención puede ser aplicada correctamente a una serie de actividades: por la mañana surge el deseo de limpiarse la boca, y se es consciente de ese deseo (consciencia del pensamiento: «conoce la mente y los objetos mentales»), ve el vaso y la jarra del agua a alguna dis­tancia (consciencia visual), va hacia ese lugar (consciencia de la postura), se detiene (consciencia de la postura), extiende la mano hacia la jarra («actuar con clara comprensión al flexionar y al es­tiran»), coge la jarra (consciencia del tacto), etc.

Mientras realiza todas estas actividades debe notar también cualquier sensación agradable o desagradable que surja («Contem­plación de las Sensaciones»), los pensamientos inconexos que in­terrumpan el flujo de la atención (Contemplación de la Mente: «mente desconcentrada»), de avidez (por ejemplo, al comer; Con­templación de la Mente: «mente con avidez»; Contemplación de Objeto Mental: Obstáculo del Deseo Sensorial o Atadura que se forma a través de la lengua y los sabores), etc. En pocas palabras, uno debe ser consciente de todo lo que está ocurriendo, a nivel fi­sico y a nivel mental en el preciso momento en que ocurre. De esta manera se atenderá a los cuatro objetos o Contemplaciones del Satipatthána durante todo el día de práctica. Una aplicación tan detallada de la Atención implica una considerable ralentiza­ción de los movimientos que sólo puede mantenerse durante los períodos dedicados a una práctica estricta, pero no, o sólo muy raramente, durante la rutina diaria. Sin embargo, la experiencia y los efectos de esta práctica de ralentización demostrarán ser salu­dables y útiles de muy diversas maneras. Al atender a las activida­des rutinarias del día no se necesita dirigir la atención a cada una de sus fases detalladamente (como se hace con el objeto principal de un ejercicio). De hacerse así, la ralentización sería excesiva. Será suficiente si la atención acompaña y vigila esas actividades, observando solamente aquellos detalles que se presenten sin es­fuerzo.

El propósito inicial de esta aplicación general de la Atención es el fortalecimiento de la conciencia y la concentración, hasta el punto de capacitar al meditador para seguir el flujo incesante de la gran variedad de impresiones y actividades mentales y corpora­les, durante un período de tiempo cada vez mayor y sin que exista ninguna ruptura de la atención o sin que esta ruptura pase desa­percibida. Se considera como «atención ininterrumpida» si el me­ditador no es arrastrado por sus pensamientos dispersos, sino que las interrupciones en la atención son notadas en el momento o in­mediatamente después de producirse. Mediante este procedimien­to se logrará un nivel de «atención general» aceptable para un principiante.

2. La práctica principal con objetos selecionados.—Tras ha­ber observado con atención las diversas actividades rutinarias ma­tutinas, uno se sienta en el lugar destinado a la meditación, siendo consciente de la intención previa al acto de sentarse, las fases ais­ladas del acto y luego del «Contacto» y el «Sentarse». Ahora se dirige la atención a los movimientos regulares ascendentes y des­cendentes del abdomen que resultan del proceso respiratorio. La atención se dirige hacia la ligera sensación de presión causada por ese movimiento, no a la observación visual del mismo. En el cur­so de la práctica que describimos aquí, esa sensación forma el ob­jeto primario (múl, árammana). Ha sido incorporado a la práctica por el Venerable U Sobhana Mahátera (Mahási Sayadaw), dado que él mismo lo encontró de gran afectividad.

Debe quedar bien claro que no se debe pensar en el movi­miento del abdomen, sino, escuetamente, notar este proceso fisi­co, ser consciente de la elevación y el descenso, en todas sus fases. Hay que tratar de retener esta consciencia, sin interrumpirla o sin dejar que cualquier interrupción pase desapercibida, durante tan­to tiempo como sea posible sin tensión. La visión cabal que el método persigue surgirá en la mente espontáneamente, como re­sultado natural, o fruto maduro de una atención consciente. El Maestro de Meditación dijo: «El conocimiento surgirá por sí mis­mo» (ñánam sayam eva uppajjissati). Irá surgiendo en el grado en el que, a través de una consciencia y agudizada, vayan aparecien­do, en los procesos observados, aspectos que hasta ese momento hubieran pasado desapercibidos. La visión cabal que se consiga de este modo tendrá todo el peso de la convicción adquirida por in­dudable experiencia propia.

Aunque es la respiración lo que causa el movimiento abdomi­nal, la atención dirigida hacia él no debe considerarse como una variedad de la «Antención a la Respiración» (ánápánasati). En la práctica a la que nos estamos refiriendo, el objeto de la medita­ción no es la respiración sino el ascenso y el descenso del abdo­men, tal y como lo sentimos por—la ligera presión.

En los principiantes, el movimiento abdominal no siempre se percibe con claridad inmediatamente y algunas veces se distingue sólo durante cortas fracciones de tiempo. Esto no es inusual y me­jorará en el curso de la práctica diligente. Como ayuda para perci­bir el movimiento del abdomen más a menudo y durante períodos más largos de tiempo, puede uno tumbarse, así se distinguirá me­jor. También se puede colocar una mano sobre el vientre para se­guir el movimiento primero de esta manera, y luego será más fácil seguirle aun cuando se quite la mano. Si se ve que esto resulta útil, se puede perfectamente continuar el ejercicio reclinado, a condición que pueda evitarse la somnolencia o la laxitud. Aun así es conveniente seguir intentándolo, a intervalos, también en posición sedente.

En el momento en el que la consciencia del movimiento abdo­minal cese o se haga imperceptible, no se debe hacer un esfuerzo para «captarlo», sino que se debe dirigir la atención al «contacto» y al «estar sentado». Eso se hará de la siguiente manera: se elegi­rán seis o siete de entre los muchos puntos de contacto, o mejor dicho, percepciones del tacto, que se hallan presentes en el acto, aparentemente uniforme, de estar sentado: en las rodillas, los muslos, los hombros, etc. La atención debe dirigirse a ellos sucesi­vamente, viajando, por así decirlo, por esta ruta trazada, termi­nando con la conciencia de la postura sedente y comenzando otra vez, con la misma serie: contacto, contacto, contacto, senta­do; contacto, contacto, contacto, sentado. Debe pararse en la sen­sación singularizada justo lo que dura la pronunciación de las tres sílabas de las palabras (dichas al principio interiormente y supri­midas en cuanto se tome el ritmo). Debemos advertir que el obje­to de la atención es la sensación correspondiente, y no los lugares de contacto en sí mismos, ni tampoco las palabras «contacto­sentado». Se puede cambiar, de vez en cuando, la selección de «contactos».

Esta conciencia del «contacto—sentado» es, como si dijéramos, la «posición de reserva» de la conciencia del movimiento abdomi­nal, y es uno de los objetos secundarios de la práctica principal. Sin embargo, posee también su propio valor concreto para lograr resultados en el terreno de la Visión Cabal.

En el instante en que se note, mientras se está atendiendo al «contacto—sentado», que el movimiento abdominal ha vuelto a ser claramente perceptible de nuevo, se debe volver a él, y continuar con este objeto primario en tanto en cuanto sea posible.

Si uno se siente cansado, o si, por haber estado largo tiempo sentado, duelen las piernas o se duermen, hay que ser consciente de estos sentimientos y sensaciones. Hay que tener conciencia de ellos mientras estos sentimientos y sensaciones sean lo bastante fuertes como para forzar la atención hacia ellos y perturbar la me­ditación. Sucede a veces que, por el mero hecho de percibirlos tranquila y continuadamente, o sea, con Atención Pura, estos sen­timientos y sensaciones desaparezcan, permitiéndonos continuar con el objeto primario. Al tomar conciencia de las sensaciones perturbadoras uno se limita estrictamente al hecho escueto de su presencia sin «alimentarlas» y, por tanto, fortalecerlas con todo lo que habitualmente se añade al hecho escueto, o sea, con actitudes mentales de auto—referencia, sensibilidad excesiva, auto­compasión, resentimiento, etc.

Sin embargo, si estas sensaciones desagradables, o el cansan­cio, persisten y perturban la práctica, se puede cambiar la postura (siempre con plena consciencia de la intención previa y del acto del cambio) y recurrir al método de caminar arriba y abajo con atención. Al hacerlo hay que estar consciente de cada una de las fases de cada paso. La séxtuple división de estas fases, tal y como se da en el Comentario al Sermón, es demasiado compleja para el principiante. Es suficiente percibir tres (A) o dos (B) fases. Para hacerlo en un ritmo de dos sílabas se sugiere formularlo como si­gue: (A): 1, sube; 2, baja; 3, posa. (B): 1, sube; 2, posa (el pie). Cuando se quiera andar más rápido, se puede usar la división en dos fases: si no, la división en tres es preferible, pues proporciona una secuencia más compacta de la atención, sin intervalos.

Esta práctica de atención mientras se camina resulta, para cierto tipo de meditadores especialmente, muy recomendable tan­to como método de concentración cuanto como fuente de Visión Cabal. Puede, por tanto, practicarse como ejercicio principal y no sólo como un «cambio de postura» para aliviar la fatiga. En los Sermones del Buda encontramos un pasaje frecuentemente repeti­do que dice: «Durante el día, y en la primera y tercera vigilia de la noche, él purifica su mente de pensamientos obstaculizantes, bien caminando arriba y abajo o bien estando sentado.»

Si el caminar arriba y abajo se toma como ejercicio principal, es deseable disponer para ello de un espacio que permita un reco­rrido lo suficientemente largo, ya sea en la casa (un pasillo o dos habitaciones adyacentes) o en el exterior, dado que si hay que dar media vuelta demasiado a menudo se puede perturbar el flujo continuo de la atención. Se debe caminar durante bastante tiem­po, hasta sentirse cansado.

Cuando estamos dedicando todo el día a la práctica deben no­tarse con claridad los pensamientos dispersos, así como los pasos (al caminar), las fases o secuencias de los movimientos abdomina­les o las partes de cualquier otra actividad que nos hayamos «sal­tado» sin darnos cuenta. Hay que prestar atención al hecho de si estas soluciones de continuidad en la atención han sido apercibi­das inmediatamente de producirse o si, y durante cuanto tiempo, uno fue arrastrado por los pensamientos dispersos, etc., antes de reasumir el objeto original de la atención. Hay que tratar de notar estas interrupciones en seguida, y luego volver inmediatamente al objeto original. Esto nos servirá para apreciar el incremento de la vigilancia. La frecuencia de estas rupturas irá disminuyendo por sí misma al mejorar, a lo largo de la práctica, la quietud mental y la concentración. El dominio creciente de esta práctica de cons­cienciar inmediatamente las rupturas de la atención será de valio­sa ayuda para fortalecer el autocontrol y moderar las impurezas mentales (kilesa) tan pronto como surjan. Es evidente su importan­cia para el progreso en el Camino y para el desarrollo mental en general.

No hay que sentirse irritado, molesto o desanimado por la in­cidencia de pensamientos indeseables y distrayentes, sino, simple­mente, tomar estos pensamientos perturbadores como objetos de la atención (temporalmente), integrándolos así en la práctica (como Contemplación del Estado de la Mente). En el caso de que surjan y persistan sentimientos de irritación provocados por el es­tado de distracción mental, hay que tratarlos de la misma manera, es decir, tomarlos como una oportunidad para la Contemplación de los Objetos Mentales: el Obstáculo de la aversión o del desaso­siego y ansiedad. A este respecto dice el Maestro de Meditación: Dado que es inevitable en la vida ordinaria una multiplicidad de objetos del pensamiento, y con toda seguridad van a surgir en toda mente no liberada impurezas tales como avidez, aversión, etcétera, es de vital importancia encarar directamente esta varie­dad de pensamientos e impurezas y aprender a manejarlos. A su manera esto es tan importante como la adquisición de una mayor concentración. Por tanto, no hay que ver como «tiempo perdido» el que se emplee en afrontar estas interrupciones de la práctica metódica.

Debe aplicarse el mismo sistema con las interrupciones del ex­terior. Si hay, por ejemplo, un ruido perturbador, hay que rese­ñarlo brevemente como «sonido»; si ha sido inmediatamente se­guido por un sentimiento de irritación por la molestia, se registra­rá también el estado de «mente con ira». Después de lo cual se volverá a la meditación interrumpida. Si el primer intento no tie­ne éxito, habrá que repetir en seguida el mismo proceso. Si el rui­do es alto y persistente y nos impide atender al objeto de medita­ción, se debe, hasta que cese el ruido, continuar tomándolo como objeto de la atención, a saber, como Una de las seis bases sensoria­les, dentro del ámbito de la Contemplación de los Objetos de la Mente l (ver pág. 138). «Conoce el oído y el sonido, y conoce la atadura (molestia) que surge dependiendo de ambos...» En las fluctuaciones del sonido se observa el «surgir y desvanecerse» de las cosas; en las intermitencias de su manifestación se apreciarán con claridad su origen y desaparición y su naturaleza condicio­nada.

De esta manera, las perturbaciones de la práctica meditacio­nal pueden ser transformadas en objetos útiles para dicha prácti­ca, y lo que aparentaba ser un enemigo, puede convertirse en ami­go y maestro.

Sin embargo, cuando la mente se haya calmado o haya des­aparecido la perturbación exterior, se debe volver al objeto prima­rio de la meditación, dado que es su cultivo sostenido lo que nos proporcionará un progreso más rápido.

Tres o cuatro horas de atención continuada, o sea, sin que nos pasen inadvertidas las rupturas, es lo que se considera el mínimo para un principiante que siga un curso estricto de práctica. Esto, desde luego, no significa que tres o cuatro horas sean suficientes para todo un día de práctica. Si antes o después de este tiempo considerado como mínimo se «pierde el hilo» de la atención, se debe recuperar una y otra vez y continuar practicando la concen­tración sostenidamente tanto tiempo como sea posible.

Se recomienda un esfuerzo tranquilo y sostenido, sin darle de­masiada importancia a la incomodidad corporal, especialmente durante un curso de práctica intensivo. A menudo, cuando no se hace caso de la primera manifestación de fatiga, se descubren tras ella nuevas fuentes de energía, un «segundo aliento». Por otra parte, tampoco se debe ser extremista y conviene concederse un descanso cuando el esfuerzo deja de resultar útil. Estos intervalos de descanso también forman parte de la práctica (con un enfoque menos intenso) si uno se mantiene atento. Cuanto más natural y relajado sea el flujo de la atención siguiendo el continuo surgir y desaparecer de los objetos, tanto el elegido como principal como los diversos otros que vayan surgiendo, menos fatiga causará.

Cuando haya aumentado la capacidad de estar alerta se debeprestar también una atención particular a los pensamientos o sen­timientos de satisfacción o insatisfacción, incluso a los más suti­les. Ellos son las semillas de formas más fuertes de atracción o aversión y de los sentimientos de orgullo o inferioridad, alegría o depresión. Por tanto, es importante conocerlos, notarlos y dete­nerlos cuanto antes. Se debe evitar también pensamientos inútiles sobre el pasado o el futuro, dado que el Satipatthána sólo se inte­resa por el presente.

El objeto primario y los secundarios de los que hemos hablado (o sea, los movimientos abdominales y el contacto de estar senta­do, caminando, etc.) se mantienen durante toda la práctica, es de­cir, durante el curso intensivo, y también después, sin añadir nada a manera de nuevos recursos. Si insistimos en su aplicación, estos sencillos ejercicios son aptos para conducirnos gradualmente a los más altos resultados. El énfasis principal radica en el objeto pri­mario, es decir, en el movimiento del abdomen.

Comentarios diversos

Dada su importancia, hacemos de nuevo hincapié en que los objetos de la atención son los procesos corporales y mentales, ellos mismos, como se presentan. No se debe, durante la práctica, desviar uno del objeto principal con reflexiones o sentimientos acerca de ellos. Si surgen tales pensamientos o sentimientos, se deben tratar como hemos recomendado y volver luego al objeto original de la atención. Sin embargo, tenemos que hacer una sal­vedad. Puede suceder que, al progresar satisfactoriamente en la práctica, la mente del meditador sea de pronto inundada por una rápida sucesión de pensamientos que iluminen poderosamente ciertos aspectos del Dhamma o ciertas palabras del Maestro; tam­bién pueden surgir fuertes emociones: felicidad y rapto, una pro­funda confianza en el Buda o una gran veneración por él, etc. Es­tas experiencias originarán una gran satisfacción emocional e in­telectual (que uno debe reconocer objetivamente como tal, al me­nos retrospectivamente). En tales momentos, el meditador juzgará por sí mismo cuanta latitud, puede útilmente conceder a tales pen­samientos y sentimientos. Aunque puedan ser de gran valor para su progreso general, y desde luego que no deben ser suprimidos por la fuerza, el meditador debe saber que no son sino derivacio­nes de la práctica en la que se halla envuelto. Tras haber remitido las oleadas de estos pensamientos y sentimientos, debe volver a los objetos primarios y secundarios y, con su ayuda, seguir hacia logros más altos, en el campo de la Visión Cabal.

Como señalamos anteriormente, los ejercicios prin­cipales deben practicarse en primer lugar por ellos mismos, como instrumentos para el fortalecimiento de la atención y de la con­centración. Primero hay que familiarizarse ampliamente con los procesos que forman la base de estos ejercicios, y no deben pre­tenderse «resultados rápidos», salvo el aumento de la tención. Los demás resultados, en el campo de la Visión Cabal, aparecerán en el momento adecuado. Cualquier esfuerzo intelectual prematuro para alcanzarlos no servirá más que para interferir en la tranquili­dad y unidireccionalidad de la mente necesarias para prestar aten­ción satisfactoriamente a los objetos primarios y secundarios. Por tanto, al comienzo de la práctica es aconsejable no hacer caso de las pocas indicaciones sobre los resultados en la Visión Cabal que hemos tenido que incluir aquí, pero que no se dan en las instruc­ciones orales.

Ocurre lo mismo con respecto a la práctica de la atención ge­neral (todo el día) en el tiempo que no se está intensamente dedi­cado a los objetos primarios y secundarios. El propósito principal es crear un nivel generalmente elevado de penetrante vigilancia, con lo que se beneficiará grandemente lo que podemos llamar las «horas punta» de la atención (o sea, los períodos de atención a los ejercicios principales). Esta actitud procura a la mente el equili­brio adecuado y hace que pueda acometer mucho más eficazmen­te el «ataque decisivo» en esas «horas punta». La influencia bené­fica se sentirá también a la inversa: los resultados obtenidos de la concentración y la Visión Cabal durante las «horas puntas» forta­lecerán la concentración y el poder de penetración durante los pe­ríodos de cognición general; puede muy bien suceder que mani­festaciones importantes sobre la Visión Cabal se produzcan por primera vez, no con relación al objeto principal, sino en cualquier otro momento del día de práctica.

Dado el valioso y recíproco soporte de la atención a lo largo de todo el día y su aplicación a los ejercicios principales, es acon­sejable que la práctica del Satiptthána comience con unas sema­nas dedicadas exclusivamente a él, tal y como hemos indicado. Para acostumbrarnos gradualmente a esa estricta disciplina men­tal se puede comenzar por un día o dos (un fin de semana), luego aumentarlo a una semana y, finalmente, dedicarle todo el tiempo que nos resulte posible. Este período de entrenamiento intensivo nos servirá de fuerte impulso para continuar la práctica regular­mente durante nuestra vida normal.

Si las circunstancias de la vida son tales que, incluso en los días de práctica intensiva, no pueden evitarse totalmente los con­tactos sociales, se puede, durante ese tiempo, dejar a un lado deli­berada y atentamente la práctica y contentarse con una actitud de atención general (por ejemplo, la Clara Comprensión al hablar). Cuando se haya recuperado el aislamiento, se debe, de la misma forma deliberada y atenta, reasumir la práctica, «de la misma for­ma que se recupera un equipaje, que se había abandonado tempo­ralmente» (Comentario).

Dadas las condiciones de vida de una ciudad moderna puede, sin embargo, algunas veces, ser dificil, o incluso imposible, hacer los arreglos adecuados para dedicarse a un período de práctica in­tensiva, incluso con las limitaciones y ajustes que hemos sugerido. Se preguntó al Maestro de Meditación si se podía esperar y hasta qué punto, un progreso si la práctica tenía que ser limitada a los escasos ratos de ocio que proporciona la rutina diaria, sin un pe­ríodo previo de entrenamiento estricto. El Maestro de Meditación respondió que algunos de los discípulos laicos habían practicado de esa manera, mientras seguían sus profesiones, y habían, en par­te, obtenido buenos resultados. Pero el progreso en lo que se refie­re al aspecto específicamente budista de la práctica será más lento y más difcil, y dependerá también de la capacidad y perseveran­cia del individuo. En tales circunstancias es imprescindible una práctica muy regular, aunque el tiempo del que se disponga sea corto. Tal práctica restringida también resultará beneficiosa para el desarrollo general de la mente, tal y como indicamos en la par­te principal del libro, y dichos resultados, una vez más, nos con­ducirán a un progreso ulterior.

A continuación detallamos un programa que tendrá que ser adaptado a las circunstancias, tanto para una forma restringida de práctica como para continuarla tras un entrenamiento intensivo: 1. Circunspección y moderación, durante todo el día, en la medi­da en que lo permitan las exigencias de la vida profesional y fami­liar. Durante las horas de trabajo también se debe ser capaz, aun­que sea por unos segundos de dirigir la atención a la postura o a la respiración, y el mismo trabajo saldrá beneficiado con ello (ver pá­gina 100). 2.,Se dedicará a la práctica propiamente dicha con los obje­tos primarios y secundarios todo el tiempo que uno consiga aislar­se, por la mañana temprano y por la noche. Al comenzar con la práctica sistemática es recomendable, por corto período de tiem­po, y en la medida de lo posible, dejar de lado cualquier otra ocu­pación privada (incluyendo lectura, etc.) y restringir la vida social al mínimo. Esto puede servir como sustitutivo del período inicial de práctica estricta exclusiva.

Por razones espirituales y prácticas, cuando se pretenda la práctica de la meditación en el entorno normal, debe hacerse lo más discretamente posible. La práctica de la Atención y la Clara Comprensión debe mostrarse por sus frutos, y no con una con­ducta externa que pueda parecer poco usual a los demás. Habrá, por tanto, que elegir los ejercicios regulares en consecuencia, re­servando las prácticas más estrictas para las ocasiones en las que sea posible estar solo.

Posición de la práctica metódica del Satipatthána en el sistema de la meditación budista

1. El sistema de la meditación budista se divide en dos gran­des partes:

a) Desarrollo de la Tranquilidad (samatha—bhávana), y

b) Desarrollo de la Visión Cabal (vipassaná—bhávaná).

a) El Desarrollo de la Tranquilidad aspira a la plena concen­tración de la mente, conseguida en las Absorciones meditativas (jhána). Estas absorciones se logran, en diferentes grados, con la práctica sistemática de cualquiera de los 38 «objetos de medita­ción conducentes a la Tranquilidad» (samattha—kammatthñna) tradicionales. Gracias al alto nivel de unificación y tranquilidad mental obtenido en esas Absorciones, se eliminan temporalmente las percepciones de los cinco sentidos corporales, mientras que las funciones mentales de la ideación y la reflexión, débiles en el pri­mer estadio de Absorción, están totalmente ausentes en los esta­dios posteriores. Basta este último hecho para deducir que, en las enseñanzas del Buda, el desarrollo de la Tranquilidad, o sea, las Absorciones meditativas, no son sino medios para un fin, y no pueden, por sí solas, llevar a la más alta meta de la liberación, la cual sólo se puede obtener a través de la Visión Cabal. Se reco­mienda, por consiguiente, que, una vez concluido uno de estos es­tados de Absorción, el meditador prosiga su meditación con el Desarrollo de la Visión Cabal.

b) Desarrollo de la Visión Cabal.—Aquí los fenómenos men­tales presentes en la Absorción y los procesos corporales en los que se basa son analizados a la luz de las Tres Características. Este procedimiento que se adopta en la medi­tación budista nos protege de interpretaciones fantásticas o espe­culativas de la experiencia meditacional. El grado de concentra­ción que caracteriza la Visión Cabal, y que hay que conseguir para practicarla con éxito, se denomina Concentración de Acceso o Cercanía (upacára—samádhi). En ella las funciones mentales de ideación y reflexión mantienen toda su fuerza, pero debido a la concentración mental lograda no se distraen fácilmente en una multiplicidad de objetos, sino que siguen firme y eficazmente el curso que se les fija.

La práctica combinada de la Tranquilidad y la Visión Cabal es la que con más frecuencia se describe en las escrituras budistas. Pero también encontramos, y no raramente, un método que, en la terminología posterior, se denomina la práctica de la Visión Ca­bal Pura (sukkha—vipassaná), esto es, la práctica directa y exclusi­va de ella sin una previa obtención de las Absorciones. El método del Satipatthána que describimos aquí y las directrices de la prác­tica señaladas en las páginas precedentes pertenecen a esta cate­goría de Visión Cabal Pura.

Aunque el término «Visión Cabal Pura» (sukkha—vipassaná) no se menciona en la Colección canónica de los Sermones del Buda (Sutta—Pitaka), hay muchos textos en dicha colección que ilustran este método de meditación, es decir, instrucciones y ejem­plos en los que la visión cabal penetrante de la realidad es seguida por el acceso a los estados de santidad, sin una previa obtención de las Absorciones.

Dejando a un lado los caracteres que, por su propia naturale­za, tienden fuertemente al ejercicio de la Visión Cabal Pura, no hay duda de que el método preferible es aquel en el que la obten­ción de las Absorciones precede a la práctica sistemática de la Vi­sión Cabal. En las Absorciones, la mente adquiere un grado muy alto de concentración, pureza y calma, y profundiza en las fuentes subconscientes de la intuición. Con esta preparación, el período subsiguiente de la práctica de la Visión Cabal proporciona más fácilmente resultados rápidos y estasbles. Por tanto, todo aquel que tenga buenas razones para creer que está capacitado para hacer rápi­dos progresos en el camino, hará ciertamente bien en seleccionar un «objeto primario de meditación» (mida—kammatthána) que pueda también conducir al logro de las Absorciones, como lo es la Aten­ción en la Respiración.

También tenemos que enfrentarnos al hecho de que, en esta edad febril y ruidosa que nos ha tocado vivir, la quietud natural de la mente, la capacidad para niveles más altos de concentración y las condiciones externas para cultivar ambas cosas, han desmejorado considerablemente en comparación con épocas pasadas. Esto es valedero no sólo para Occidente, sino también, aunque en menor grado, para Oriente, e incluso afecta a un considerable sec­tor de la orden budista. Las condiciones principales que se requie­ren para cultivar las Absorciones son retiro y silencio, cosas am­bas muy dificiles de conseguir hoy día. Por añadidura, el entorno y la educación producen un número cada vez mayor de personas que se sienten naturalmente más atraídas por el Desarrollo directo de la Visión Cabal y que tienen más aptitud para ella.

En tales circunstancias, insistir rígidamente en un acercamien­to exclusivamente a través de las Absorciones equivaldría a des­perdiciar buenas ocasiones de progresar, en vez de aprovechar un método recomendado enfáticamente por el mismo Buda: un mé­todo que se adapta más fácilmente a las condiciones internas y ex­ternas del mundo actual y que conduce igualmente a la meta aspi­rada. Utilizarlo será una aplicación práctica de la Clara Com­prensión de la Idoneidad.

En tanto que la repetida falta de progreso por el camino de la Tranquilidad (debida algunas veces a las condiciones externas desfavorables) tenderán a desanimar al meditador, los resultados iniciales relativamente rápidos que pueden obtenerse a través del Desarrollo de la Visión Cabal supondrán un estímulo y alentarán poderosamente a perseverar en el esfuerzo. Además, una vez lo­grada la concentración de Acceso (pág. 116), gracias al desarrollo meditacional de la Visión Cabal, el que así lo desee tendrá posibi­lidades mucho mayores de lograr la plena concentración de las Absorciones.

Todos estos motivos han contribuido, sin duda, al hecho de que el Satipatthána haya obtenido en la Birmania de hoy tan gran arraigo en muchas mentes. La firme aplicación del Camino de la Atención y la entusiástica propagación que los devotos birmanos han hecho de ella están basadas en la convicción que proporcio­na la experiencia personal. Sin embargo, el énfasis que esta prácti­ca del Satipatthána recibe en Birmania y en las páginas de este li­bro no significa que se desaprueben o menosprecien otros méto­dos o sistemas. El Satipatthána no seria el Camino Unico si no los abarcara a todos.

El método descrito en las «Instrucciones» previas está basado en el primer Satipatthána, la Contemplación del Cuerpo (kaya nupassaná). Los procesos corporales que se toman en esta Con­templación como objetos principales de la Atención nos sirven para el desarrollo sistemático de la Visión Cabal durante toda la práctica, desde los primeros pasos del principiante hasta la culmi­nación de la más alta meta. Las otras tres Contemplaciones del Satipatthána (sensaciones, estado de la mente y contenido mental) no se practican de una manera sistemática, sino que se ejercen cada vez que se manifiestan los objetos corespondientes, ya sea en conexión con el objeto primario y los secundarios o bien en el ámbito de la atención general (durante todo el día). De esta manera se abarca totalmente el campo entero del Satipatthána.

Cuando los objetos mentales aparecen en íntima conexión con uno de los objetos corporales, es menos dificil discernir su natura­leza sutil; no se toman, separadamente, como objetos para el de­sarrollo sistemático de la Visión Cabal, debido precisamente a su sutileza, dado que sólo ofrecen posibilidades de éxito en el caso de meditadores que hayan logrado las Absorciones (jhána).

La importancia que se da a la Contemplación del Cuerpo se basa en las palabras del Buda en sus Sermones y también por la tradición establecida en los comentarios.

El Iluminado dijo:

«Monjes, cualquiera que haya desarrollado y practicado con frecuencia la Atención del Cuerpo tendrá incluidas en ella todas las cosas provechosas que conducen a la sabiduría» (Majjh, 119, Káyagatásati Sutta).

«Si no se domina el cuerpo (por la meditación, abhávito), no se dominará la mente; si se domina el cuerpo, se domina la men­te» (Majjh, 36, Mahá—Saccaka Sutta).

El «Sendero de la Pureza» (Visuddhi Magga) dice:

«Si, tras haber prestado atención a los procesos corporales, se examinan los procesos mentales, y éstos no se muestran con clari­dad, el meditador no debe abandonar la práctica, sino que debe una y otra vez comprender, considerar, aprehender y determinar los procesos corporales. Cuando los corporales se le presenten plenamente distintos, inconfusos y claros, los procesos mentales que tengan estos procesos corporales como objeto se aclararán por sí mismos.

«Dado que los procesos mentales sólo serán claros para aquel que haya comprendido los corporales con plena nitidez, todo es­fuerzo para comprender los procesos mentales debe ser hecho sólo mediante la concienzuda comprensión de los corporales, y no de otro manera... Si se procede así, la práctica del objeto de meditación (kammatthána) crecerá, se desarrollará y madurará.»

Vamos a ofrecer ahora una pequeña explicación con respecto al «objeto primario» (movimiento abdominal) introducido por el Venerable U Sobhana Mahathera. Podría objetarse que esta prác­tica no se encuentra en el Satipatthána Sutta ni en otros textos; pero hay muchos otros procesos fisicos y mentales que tampoco se mencionan expresamente en las escrituras y, sin embargo, per­tenecen al terreno de la atención, que todo lo abarca. No obstan­te, nuestro «objeto primario» puede muy bien considerarse inclui­do en el pasaje del Sermón que dice: «tal y como se halla su cuer­po, así mismo lo comprende», o, alternativamente, en la sección de las Seis Bases Sensoriales: «comprende el órgano del tacto y los objetos táctiles». Efectivamente, la amplia red de la atención debe abarcar todos los objetos del tacto a medida que suceden y son no­ tados. Bien dijo un eminente monje de nuestros días: «Todos los fenómenos condicionados (sankharas), bien sean corporales o mentales, son objetos legítimos de la práctica de la Visión Cabal».

La forma en que el ejercicio se inició, así como el espíritu que inspira al Maestro de Meditación al enseñarlo, han sido muy bien definidos por un seglar que lo practicaba en Birmania: «Este ejer­cicio no ha sido "inventado" por el Maestro de Meditación, no ha sido arbitraria o deliberadamente "ideado" por él. Es mejor decir que el proceso corporal al que se refiere no escapó a su aten­ción.» Habiéndolo encontrado beneficioso, lo cultivó y recomen­dó a los demás. No tiene ningún «significado místico», sino que es un simple y sobrio factor de nuestra experiencia corporal, como tantos otros. Pero atendiendo a él con paciente aplicación pode­mos hacer que revele todo lo que tiene que decirnos y darle una oportunidad de encender la llama de la Visión Cabal penetrante.

Este ejercicio tiene algunas ventajas que se confirmarán con la práctica real: 1. El movimiento abdominal es un proceso automá­tico y está presente constantemente; no hace falta provocarlo y, por tanto, se presta fácilmente para una observación constante y objetiva. 2. Al ser un movimiento ofrece oportunidad para nume­rosas observaciones conducentes a la Visión Cabal, por ejemplo, la observación del incesante surgir y desvanecerse, «nacimiento y muerte», de este proceso. Son estas dos ventajas que tiene en co­mún con la «Atención a la Respiración», y, de hecho, estos dos parecen ser los únicos procesos corporales que poseen estas carac­terísticas y son, al mismo tiempo, objetos idóneos para la observa­ción meditacional (en tanto que los latidos del corazón, por ejem­plo, no lo son). Una tercera ventaja, ésta propia sólo del movi­miento abdominal, es que produce siempre una sensación relati­vamente «basta», lo cual (al facilitar la percepción) es una ventaja positiva para las observaciones conducentes a la Visión Cabal; en tanto que la respiración en los estados avanzados de la práctica meditacional tiende a hacerse más y más sutil y difícilmente per­ceptible. Todo el que haya practicado la meditación de la Visión Cabal o comprenda sus fines se convencerá fácilmente de que estas tres ventajas de la toma de consciencia del movimiento abdominal hacen de él un instrumento eminentemente adecuado al fin que se persigue.

 

 


 

CAPITULO VI

Atención a la Respiración (ánápána-sati)

Instrucciones para la práctica

Puede, sin embargo, haber quien, por diversas razones, prefie­ra elegir la respiración como objeto primario de la atención, bien sea para obtener previamente las Absorciones o para el desarrollo directo de la Visión Cabal. Incluimos en su beneficio unas breves instrucciones sobre la «Atención a la Respiración» (ánápána—sati). Están basadas en la sección correspondiente del Satipatthána­Sutta. En El Sendero de Purificación (Visuddhi Magga) se ofrece otro método de práctica en el que se comienza por contar las res­piraciones.

Hemos dicho anteriormente que para practicar la Atención a la Respiración es preferible la postura del Loto, con las piernas totalmente entrelazadas, aunque no sea de absoluta necesidad. Hemos advertido también que no debe haber ningún tipo de in­terferencia en la respiración; en la práctica budista no hay ningu­na retención o detención del proceso respiratorio, ni una profun­dización deliberada ni ningún intento de imponerle un ritmo de­terminado. Lo único que hay que hacer es seguir el flujo natural de la respiración atenta y continuadamente, sin rupturas de la atención o sin que éstas pasen desapercibidas. El punto en el que se fija la atención son las ventanas de la nariz, que es donde roza el aire al respirar, y no se debe abandonar este punto de observa­ción porque en él se siente fácilmente la entrada y la salida del aire. No se debe, por ejemplo, seguir el aire en su recorrido de ida y vuelta dentro del cuerpo, puesto que ello distraería la atención desviándola hacia las varias etapas del recorrido respiratorio. Pue­de haber fluctuaciones en lo que se refiere al punto en que se per­cibe con claridad el contacto del aire; puede haber variaciones en­tre una y otra ventana de la nariz; pueden existir también deter­minadas diferencias individuales según la longitud de la nariz o lo anchas que sean sus ventanas. Uno debe simplemente notar estas fluctuaciones y diferencias sin entrar en más detalles, limitándose a atender a la respiración en sí misma dondequiera que vaya ha­ciéndose sucesivamente más perceptible.

Aunque la atención se mantiene en su puesto de observación habrá, sin embargo, debido a la ligera presión del aire, una cons­ciencia más o menos clara del paso de la respiración a través del cuerpo, pero no debemos prestarle directa atención. De la misma manera que el ojo, aunque esté enfocado sobre un objeto determi­nado, abarca en su campo de visión otros objetos cercanos, así también tiene la atención una cierta extensión de su radio de acción más allá del centro elegido. En la antigua literatura budista existe un símil muy adecuado: si un hombre sierra un tronco de madera, su atención estará concentrada en el «punto de contacto» de los dientes de la sierra y el tronco, pero será también conscien­te de las idas y, venidas de la sierra más allá de ese punto, sin pres­tarles, empero, ninguna atención especial.

Los principiantes cometen a menudo el error de estar dema­siado tensos o cohibidos cuando dirigen su atención a la respira­ción. Si la atención se fuerza de este modo, dando una especie de salto interno, como si se abalanzase uno sobre una presa, se estará totalmente desconectado del delicado proceso respiratorio. Lo que hay que hacer, tras acabar la contemplación o haber formulado la aspiración iniciales, es dirigir la atención tranquilamente hacia el flujo natural de la respiración y seguirle, participando de su ritmo regular. No se requiere ningún acto enfático de la voluntad. (¡Voy a captar la respiración!), pues sólo serviría de obstáculo.

En la sección pertinente del Sermón se dice en primer lugar: «Al hacer una respiración larga (o corta) sabe "estoy haciendo una respiración larga (o corta)".» Esto no quiere decir que se deba deliberadamente alargar (o hacer más profunda) o acortar la respiración, sino que se debe, simplemente, notar si es relativamente más larga o más corta en el momento de observarla. El meditador, con absoluta naturalidad, llegará a ser consciente de estas diferencias que se producen en el proceso respiratorio, así como de otros muchos detalles, una vez que se haya acostumbra­do a vigilar atentamente la respiración. Sucede lo mismo que con cualquier percepción, por ejemplo, la de un objeto visual; cuanto más íntima y sostenida sea la observación, muchos más detalles se revelarán que habían pasado desapercibidos en una mirada super­ficial.

Con una práctica regular y diligente, el meditador debe capa­citarse, en primer lugar, para mantener la atención en el flujo res­piratorio durante un periodo de tiempo cada vez más largo, sin` rupturas o (al principio) sin que esas rupturas pasen desapercibi­das. Cuando pueda mantener la concentración durante veinte mi­nutos con una cierta facilidad, podrá notar todavía más detalles del proceso observado. Se distinguirá mejor el hecho de que inclu­so el momento más efimero de una sola respiración tiene una duración temporal, un inconfundible principio, medio y final del movimiento. Esta observación llevará a un perfeccionamiento ul­terior de la práctica.

Es posible que el meditador se dé entonces cuenta de que su atención no es igualmente clara y aguda durante las tres fases de una respiración. Las naturalezas lentas, por ejemplo, tras observar la fase final de una respiración, pueden perder la primera fase de la siguiente al no ser lo suficientemente rápidas como para acudir a ella inmediatamente; o, debido a la ansiedad de no perder el co­mienzo de la siguiente respiración, uno puede, inconscientemen­te, distraerse de la fase final de la precedente. Nos puede servir de ejemplo un consejo de múltiples aplicaciones que encontramos en las escrituras budistas: «Ni quedarse corto ni pasarse de la raya».

Puede considerarse que se ha dado un paso adelante en el de­sarrollo de la atención y la concentración cuando se noten estas sutiles diferencias en la vigilancia y claridad de la atención. Estas observaciones proporcionarán además al meditador un útil auto­conocimiento, que le ayudará a ajustar sus disposiciones mentales tal y como se requieren para un esfuerzo bien equilibrado que evi­te tanto la desidia como la tensión.

Junto con la percepción de las fluctuaciones en la aplicación de la atención surgirán en el meditador el deseo y el esfuerzo para remediar las deficiencias. Procurará mantener su atención a un nivel uniforme durante las tres fases de la respiración. Cuando lo consiga, el meditador habrá practicado según el tercer ejercicio del Sermón: «Consciente de todo el cuerpo (respiración), inspira­ré—espiraré».

El doble esfuerzo —de vigilar sin interrupción la secuencia respiratoria y de prestar igual atención a todas las fases de la res­piración— puede dejar trazas de tensión o de vibración en el pro­ceso respiratorio y en la mente que lo observa, lo cual será notado cuando aumente nuestra capacidad de estar alerta. Y de nuevo, implícitos en esta observación, estarán el deseo y el esfuerzo de calmar aún más los procesos mental y respiratorio involucrados. Esto constituye el cuarto y último escalón de la práctica tal y como se menciona en el Sermón: «Calmando la función corporal (de respirar), inspiraré—espiraré (20)». Se necesitará, sin embargo, perseverancia en la práctica para que todos estos estadios sean un logro seguro del meditador y pueda entrar en ellos con relativa facilidad. Una vez obtenido esto puede esperarse realizar nuevos progresos.

(20) Algunos de los comentarios que acabamos de hacer relativos a la «Aten­ción, a la Respiración», se aplican también a la atención dirigida al movimiento abdominal, especialmente la que se refiere a las tres fases de un solo movimiento.

Es también al llegar a este punto de Calmar la Respiración que se separan temporalmente las dos ramas principales de la medita­ción budista (Samatha y Vipassaná).

Si el meditador aspira el logro de las absorciones (jhána) pro­fundizando en la Tranquilidad (samatha), debe continuar el pro­ceso de Calmar y hacer la respiración todavía más tenue y sutil y su flujo más suave. Aunque debe asegurarse de que su atención abarca siempre las tres fases de la respiración, no debe prestarles una atención individualizada. En este punto, cualquier examen y observación discriminativa sería un obstáculo. Cuando se aspira a la Absorción, uno debe, por decirlo así, dejarse flotar con el flujo ondulante de la respiración. Si se persevera en esta práctica, se in­crementará la concentración de la mente y en su momento podrá aparecer una imagen mental simple (nimitta), como una estrella, etcétera, anunciando la plena absorción. Ahora bien, la aparición de imágenes complicadas y diversas o de visiones no es signo de progreso y cuando se produzcan habrá que limitarse a notarlas y descartarlas.

Cuando se dedica un día entero, o medio día, a la práctica que aspira a la Absorción, la atención debe estar presente constante­mente, pero sólo de una manera muy general, sin fijarse en los de­talles. Por ejemplo, al caminar debe hacerse con atención, pero sin subdividirlo en fases como hacíamos en la práctica de la Vi­sión Cabal. Con un escrutinio minucioso de los detalles, la mente se dedica con demasiado interés y ahínco a una multiplicidad de objetos, en tanto que aquí el propósito debe ser la unificación y tranquilidad de la mente.

Pero si, tras haber llegado al estado de Calma, el meditador de­sea seguir el camino directo de la Visión Cabal, entonces debe prestar una atención muy marcada a cada una de las fases de la respiración, en particular al principio y al final, y deben observar­se atentamente todos los objetos secundarios y generales de la atención, tal y como explicamos anteriormente (ver pág. 108). No es, pues, más que un ligero cambio en el enfoque de la atención lo que señala las diferencias entre los métodos del desarrollo del Jhána (Absorción) y el de la Visión Cabal.

Cuando, en la práctica de la Visión Cabal, el meditador haya. obtenido cierta destreza en lograr el estado de Calma, llegará un momento en que tendrá consciencia de que están involucrados dos procesos: el proceso fisico (rúpa) de la respiración o del movi­miento del abdomen y el proceso mental (ni ma) de su conoci­miento. Aunque en teoría esto es totalmente evidente, la mente, antes de obtener facilidad para la concentración, estará demasiado ocupada con el objeto de la atención como para ser consciente de su propia actividad. Si mediante la repetición la consciencia de esos dos procesos se ha fortalecido, ambos se manifestarán con re­gularidad como una progresión de los fenómenos físico y mental: respiración—conocimiento, respiración—conocimiento.

Al continuar con el esfuerzo llegará un momento en el que la fase final de cada respiración o del movimiento del abdomen re­saltará con fuerza, mientras que las otras fases pasarán a segundo término. La línea divisoria entre el final de una respiración o mo­vimiento y el comienzo de la siguiente estará muy marcada y el he­cho de la cesación hará profunda impresión en la mente del meditador. A partir de este punto se puede de nuevo esperar realizar nuevos progresos.

Estos dos grados —la progresión pareja y la premininencia de la fase final— se desarrollan naturalmente al progresar la meditación. No se pueden «forzar mientras esté en marcha el proceso observado, pues ello supondría una ruptura de la atención, sino que son el resultado legítimo de una práctica diligente. En las instrucciones orales, el maestro de meditación no habla de estados no alcanzados todavía por el discípulo, pero en esta exposición escrita hay que hacerlo para ofrecer algunos hitos o criterios de progreso al meditador que carezca de contacto personal con un maestro. Aunque la guía del maestro experto es preferible, un meditador serio puede perfectamente progresar en su esfuerzo solitario si se dedica a la práctica con vigilancia y rigor crítico.

 


|Top|