Indice

La Caza del Snark


Lewis Carrol

 

 

Una agonía en ocho paroxismos

 



Prefacio


Si alguna vez —y semejante ocurrencia es tremendamente posible—, si alguna vez se fuera o acusar de escribir necedades al autor de este breve pero instructivo poema, esta acusación, estoy convencido de ello, se fundaría en la frase: "Así el bauprés a veces se confundía con el timón".


En previsión de esta penosa eventualidad, no apelaré (como podría hacerlo), con aire indignado, a mis otros escritos para probar que soy incapaz de obrar así; no insistiré (como podría hacerlo) en la notoria intención moral del poema, en los principios de aritmética que en él se inculcan con tanta prudencia, ni en sus nobles enseñanzas de Historia Natural: seguiré el criterio más prosaico de explicar simplemente cómo ocurrieron las cosas.


De una sensibilidad casi enfermiza en lo tocante a las apariencias, el Hombre de la Campana tenía la costumbre de hacer desmontar el bauprés una o dos veces por semana a fin de hacerlo barnizar de nuevo; y más de una vez sucedió que, en el momento de volver a ponerlo en su lugar, ninguno de los que estaban a bordo pudo recordar a qué extremo de la nave pertenecía. Todos sabían que hubiera sido perfectamente inútil consultar al Hombre de la Campana. Se había referido simplemente a su Código Naval, o hubiera declamado, con tono patético, Instrucciones del Almirantazgo que jamás ninguno de ellos habría sido capaz de comprender; así, esto terminaba generalmente con un arrumaje a la buena de Dios, a través del timón. El timonel tenia la costumbre de asistir a la operación con lágrimas en los ojos: sabia que se cometía un perfecto desatino, pero ¡ay!, el Hombre de la Campana había juzgado conveniente completar el Articulo 42 del Código: Nadie hablará con el Hombre del Timón con estas palabras: y el Hombre del Timón no hablará con nadie. Así, en lo que respecta a objeciones, no había nada que hacer, y hasta el día del barnizado siguiente, era imposible timonear. Durante estos intervalos desconcertantes, el navío, por lo común, navegaba hacia atrás.
Dado que este poema presenta ciertas relaciones con la balada de jabberwock , quisiera aprovechar la ocasión para contestar una pregunta que a menudo me ha sido formulada, a saber: ¿Cómo pronunciar "slithy toves" La "i” de "slithy" es larga, como la de "writhe" (retorcer); y "toves" se pronuncia de manera que rime con "groves" (bosquecillos). Igualmente la primera "o" de "borogoves" se pronuncia como la "o" de "borrow" (tomar prestado). He sabido de gentes que han tratado de darle el sonido de la "o" de "worry" (incomodar). Tal es la Humana Perversidad.


Este parece ser también el momento de llamar la atención acerca de las demás dificultades verbales del poema. La teoría de Humpty-Dumpty —aquella de las dos significaciones encerradas en una palabra como dentro de una valija— me parece adecuada para dar una explicación.
Tomad por ejemplo las palabras: "humeante" y "furioso". Figuraos que queréis pronunciar las dos, pero dejad en la ambigüedad aquella que vais a decir en primer lugar. Ahora, abrid la boca y hablad. Si vuestros pensamientos se inclinan, por poco que sea, hacia el lado de "humeante", diréis: "humeante-furioso"; si se vuelven, aunque sea como el espesor de un cabello, del lado de "furioso", diréis: "furioso-humeante"; pero si poseéis ese don de los más raros, un espíritu perfectamente equilibrado, diréis: "Furmiante"


Así, cuando Pistol pronunció las célebres palabras:


"¿De qué rey, di, Piojoso? ¡Habla o muere!" , de suponerse que el juez Shallow hubiera tenido por seguro que era, o William o Richard, pero sin estar sin embargo en condiciones de especificar cuál de los dos, de tal suerte que no hubiera posibilidad de decir uno de los nombres antes que el otro, no dudamos un instante que, antes que morir, hubiera gritado: "¡Rilchiam!"


L. C.




Paroxismo primero


El desembarco

 


¡Buen sitio para el Snark! -gritó el Hombre de la Campana, mientras desembarcaba con cuidado a la tripulación. Sostenía a sus hombres sobre la superficie, asidos por los cabellos, cada uno con un dedo-. ¡Buen sitio para el Snark!, ya lo dije dos veces, esto podría bastar para animarles. ¡Buen sitio para el Snark!: ya lo dije tres veces. Y lo que digo tres veces es verdad.

La tripulación completa comprendía: un camarero, un vendedor de bonetes y capelinas, un abogado, para zanjar sus diferencias, un ropavejero práctico, para evaluar sus bienes.

Un Apuntador de Billar, de habilidad sorprendente, hubiera bastado tal vez para esta función, pero un banquero, conseguido a costa de grandes gastos, administraba sus finanzas. Había también un Castor, que se paseaba sobre el puente, o tejía encaje sentado sobre el castillo de proa, y que a menudo (decía el Hombre de la Campana) los había salvado del naufragio. Aunque ninguno de los navegantes sabía cómo.

Había allí un hombre famoso por el número de cosas que había olvidado al tomar el barco: su reloj, sus joyas, su paraguas, sus anillos, y los trajes comprados para el viaje. Poseía cuarenta y dos baúles, cuidadosamente confeccionados, con su nombre claramente pintado sobre cada uno de ellos; pero, como había omitido mencionar su existencia, se habían quedado esperando en la playa.

La pérdida de sus trajes no tuvo mayores consecuencias, porque, a su arribo, tenía puestos siete chaquetas y tres pares de zapatos, pero lo peor de todo era que había olvidado totalmente su nombre.

Respondía, al llamado de "¡ Eh!" o cualquier otra exclamación: a "¡Que me cuelguen!" a "¡Rayos y truenos!", a "¡Al diablo su nombre!", a "¿Cómo se llama?", pero en particular a "¡Zingumbob!". Para aquellos que preferían una palabra más enérgica, nuestro héroe tenía, a elección, otros dos nombres: para sus simpatizantes era "Cabos de Vela" y para sus adversarios, "Queso al horno".

"Físico desgraciado, mezquina inteligencia -decía a menudo, hablando de él, el Hombre de la Campana-, ¡pero perfecta valentía! Y es eso, en resumen, lo que más importa cuando se trata de cazar el Snark".

Le gustaba molestar a las hienas, contestando a su mirada con un movimiento de cabeza impertinente; también se paseó un día, codo con codo, con un oso: "A fin de levantar su moral", explicó.

Vino en calidad de Panadero, aunque confesó, un poco tarde -y eso puso fuera de sí al pobre Hombre de la Campana-, que no sabía hacer más que Tortas de Bodas, para las cuales la materia prima, por supuesto, faltaba.

El último de la tripulación merece una mención especial, aun cuando tuviese un aspecto increíblemente estúpido. No tenía más que una idea, pero siendo ésta "el Snark"; el valiente Hombre de la Campana lo contrató en el acto.

Vino como Carnicero, pero declaró, muy gravemente, después de una semana de navegación, que sólo mataba castores. El Hombre de la Campana gimió y se quedó casi mudo de espanto.

Al fin, con voz temblorosa, explicó que no había más que un solo Castor a bordo, y que era uno suyo, domesticado, cuya muerte le sería sumamente deplorable.

Nuestro Castor, al oír esta observación, protestó indignado y con lágrimas en los ojos. ¡Que aun hasta el placer de ir a cazar el Snark no podría compensar un golpe tan terrible!

Aconsejó con vehemencia hacer viajar al Carnicero a bordo de un barco particular; a lo que el Hombre de la Campana objetó que eso no concordaba con los planes trazados para la expedición: navegar era ya un arte difícil con un navío y una campana. Por su parte, mucho temía tener que declinar la responsabilidad de comandar una segunda embarcación. Lo mejor para el Castor era, sin duda alguna, comprar una cota de mallas usada, a prueba de cuchillos: tal fue el parecer del Carnicero; y, además, asegurarse en seguida la vida en una Compañía responsable. Esto fue el Banquero quien lo sugirió, al tiempo que se ofrecía a alquilar (a precio razonable), o mejor aún vender, dos excelentes Pólizas, una Contra Incendio y la otra Contra los Danos Causados por el Granizo.

No obstante, a partir de este penoso día, cada vez que el Carnicero aparecía en cubierta, el Castor miraba en sentido contrario, y daba muestras de una inexplicable timidez.

 


Paroxismo segundo

El discurso del Hombre de la Campana

 

Al Hombre de la Campana todos lo ponían por las nubes: ¡una apostura tan perfecta, tanta desenvoltura y gracia! ¡Un aire tan solemne! Se adivinaba en él un sabio, ¡nada como la expresión varonil de su rostro!

Había comprado un gran mapa que representaba el mar, sin los menores vestigios o mención de tierra alguna; y los tripulantes, complacidos, encontraron que era un mapa que por fin todos podían entender.

-¿Para qué los Polos, los Trópicos, los Ecuadores, las Zonas y los Meridianos de ese viejo Mercator? -declaraba resueltamente el Hombre de la Campana. Y la tripulación respondía: -¡Son convenciones que no sirven para nada! ¡Los demás mapas son tan complicados, con sus islas y sus promontorios! Pero debemos agradecer a nuestro valiente Capitán -proclamaba la tripulación- el habernos comprado el mejor: ¡uno perfecta y absolutamente en blanco!

Por cierto, era encantador, pero pronto descubrieron que el Capitán en quien confiaban tanto no tenía, sobre la manera de atravesar los mares, más que una idea: la de tocar la campana.

Siempre grave y pensativo, las órdenes que daba hubieran bastado para enloquecer a la tripulación. Cuando gritaba: "¡Todo a estribor y firme sobre babor!", ¿qué diablos debía hacer entonces el timonel?

Así el bauprés a veces se confundía con el timón: lo que -como hizo observar el Hombre de la Campana- ocurre a menudo en los climas tropicales, cuando un navío está -digamos "esnarkinado". Pero el principal punto débil se reveló en la navegación de vela, y el Hombre de la Campana, perplejo y afligido, ¡dijo que "había" esperado, al menos, que si el viento soplaba del Este, el barco no corriera así hacia el Oeste!

Pero el peligro había pasado: por fin desembarcaban, con sus baúles, sus valijas y sus mochilas; no obstante, en un primer momento, la tripulación no se declaró encantada por el paisaje, que sólo era de grietas y de rocas cortadas a pico. Al ver que la moral decaía, el Hombre de la Campana, con voz musical, se consagró a repetir algunas bromas que reservaba para los tiempos de aflicción: pero los tripulantes no hicieron más que gemir. Distribuyó ponche generosamente, e invitó a todos a sentarse sobre la arena; y debemos convenir en que el Capitán se veía muy apuesto, de pie, cuando pronunciaba su discurso:

-Amigos romanos, conciudadanos, escuchadme! -Todos aficionados como eran a las nobles citas, que les devolvían la salud, lanzaron tres hurras, en tanto él vertía raciones suplementarias-. Navegamos muchos meses, navegamos muchas semanas (cuatro semanas por mes, os ruego observar), ¡pero nunca hasta aquí (es vuestro jefe quien habla) hemos capturado ni la sombra de un Snark!

Navegamos muchas semanas, navegamos muchos días (siete días por semana, admito que esto es verdad), ;pero un Snark, un verdadero Snark, para alegría de nuestros ojos, no lo hemos visto hasta ahora!

Vamos, escuchad, muchachos, que yo os repito las cinco inconfundibles características por las cuales, en todas partes, podréis reconocer a los Snarks garantizados auténticos.

Considerémoslas en su orden. La primera es el sabor, que es magro y pérfido, pero crocante, como un traje demasiado estrecho en la cintura, con no sé qué fragancia de Fuego Fatuo.

Su manía de levantarse tarde, que es la segunda, convendréis que la lleva un poco lejos cuando os diga que el Snark, muy a menudo, desayuna a la hora del té, y no almuerza nunca antes del día siguiente.

La tercera es su lentitud para comprender los chistes. Ante él, si por azar arriesgáis alguno, el Snark suspirará como un alma afligida y jamás reirá ante un juego de palabras.

La cuarta es su pasión por las casillas de baño, que arrastra consigo en cualquier ocasión. Las cree una contribución a la belleza de los paisajes, opinión discutible y sujeta a caución. La quinta es la ambición. Será conveniente describir en seguida cada especie particular, distinguiendo aquellas que tienen plumas y muerden de aquellas que usan bigotes y disponen de garras. Porque si los Snarks comunes son sumamente inofensivos, creo que es mi deber decirlo ahora: algunos son Bujúms... -El Hombre de la Campana, alarmado, calló, porque nuestro Panadero se había desvanecido.

 


Paroxismo tercero

El relato del Panadero

 

Lo reanimaron con compresas, lo reanimaron con hielo; lo reanimaron con mostaza y berros; lo reanimaron con confituras y buenos consejos; le hicieron adivinanzas.

Cuando por fin volvió en sí y pudo hablar, se ofreció a relatar su lamentable historia. Ante lo cual el Hombre de la Campana ordenó: -¡Silencio! ¡También está prohibido aullar!- y muy excitado, hizo sonar su campana.

¡Fue un silencio supremo! Ningún aullido, ningún chillido: apenas, por aquí, por allá, un mugido o un gemido, en tanto este hombre a quien llamaban "¡Eh!" contaba su historia de miseria con un tono antediluviano:

-Mi padre y mi madre eran honestos, aunque pobres...

-¡Salta eso! -gritó el Hombre de la Campana, apresurado.- Una vez que sea de noche, ya no habrá posibilidades de cazar el Snark: ¡no tenemos un minuto que perder!

-Salto cuarenta años -dijo el Narrador, con lágrimas en los ojos- y llego en seguida y sin otra explicación al día en que me habéis metido a bordo del barco a fin de que os ayude a cazar vuestro Snark. Un tío, muy querido por mí, cuyo nombre llevo, me advirtió, cuando fui a despedirme…

-¡Salta el tío muy querido! -aulló el Hombre de la Campana, mientras hacía sonar rabiosamente su campana.

-Me advirtió entonces -dijo el más dulce de los hombres-: si tu Snark es un Snark vulgar, perfecto; llévatelo a tu casa por cualquier medio; puedes servirlo acompañado por legumbres frescas, y puedes servirte de él a guisa de yesquero. Puedes perseguirlo armándote de dedales, y también perseguirlo armándote de precaución, puedes cazarlo con tenedores y esperanzas, puedes amenazar su vida con una acción del ferrocarril, puedes atraerlo con sonrisas y jabón…

-¡Es de esta manera -declaró perentoriamente, abriendo un rápido paréntesis, el Hombre de la Campana-, es de esta manera, me lo dijeron siempre, cómo debe esforzarse uno en capturar los Snarks!

-Pero, oh, radiante sobrino, ¡guárdate del día en que tu Snark sea un Bujum! ¡Porque entonces, dulce y repentinamente, desaparecerás, y nunca, nunca más se te verá otra vez! ¡Y es esto, es esto lo que abruma mi alma cuando pienso en esas últimas palabras de mi tío, y mi corazón no es nada más que una escudilla rebosante de leche cuajada y temblorosa!

-"Es esto, es esto"... ¡Ya conocemos el refrán! -replicó indignado el bravo Hombre de la Campana. Y el otro respondió:

-Déjenme decirlo una vez más. ¡Es esto, es esto lo que temo! Cada noche, en las sombras, entablo con el Snark un extravagante combate de pesadilla; lo sirvo acompañado por legumbres frescas en esas escenas sombrías. ¡Y me sirvo de él también a guisa de yesquero! Pero si alguna vez encuentro un Bujum, ese día, en un instante (de esto estoy seguro), dulce y repentinamente desapareceré, ¡y no puedo soportar esta idea!

 


Paroxismo cuarto

La caza

 

-El Hombre de la Campana adoptó un aire de suficiencia y frunció el entrecejo:

-¿Qué diablos espera para hablar así? ¡Es excesivamente torpe contar eso ahora, cuando el Snark está, por así decir, a nuestras puertas! Todos nos sentiremos afligidos, puede usted creerlo, si nunca, nunca más le volviéramos a ver; pero, amigo mío, ¿por qué al comienzo del viaje, no nos habló de lo que le atormentaba? Es excesivamente torpe contar eso ahora, como ya creo haberlo hecho observar. Y el hombre al que llamaban "¡Hep!" replicó con un suspiro:

-Os he prevenido desde el día en que nos embarcamos. Podéis acusarme de homicidio, o de falta de buen sentido (tenemos nuestras vueltas, todos, así como somos): ¡pero la más débil traza de simulación, jamás se contó entre mis pecados! ¡ Ya lo dije en hebreo, lo dije en holandés, lo dije en alemán, también lo dije en griego; pero olvidé, y eso me mortifica mucho, que es el inglés la lengua que vosotros habláis!

-Es una historia conmovedora -dijo el Hombre de la Campana, cuyo rostro se había estirado cada vez más a cada palabra-; pero, ahora que ha expuesto su caso sin ocultarnos nada, discutir por más tiempo sería por cierto absurdo. El fin de mi discurso -gritó a sus hombres lo escucharéis cuando tenga oportunidad de pronunciarlo; pero el Snark está al alcance de la mano, ¡tengo todavía que decíroslo! ¡Vuestro glorioso deber es darle caza! ¡Perseguirlo armados de dedales, perseguirlo armados de precaución, perseguirlo con tenedores y esperanzas, amenazar su vida con una acción del ferrocarril, atraerlo con sonrisas y jabón! Porque el Snark es una criatura singular, que de ningún modo se deja capturar según los métodos ordinarios. ¡Haced todo lo que sepáis, ensayad todo lo que no sepáis: ninguna oportunidad debe ser desperdiciada hoy! ‘Porque Inglaterra espera:’... me abstengo de proseguir: la fórmula es pomposa, además de trivial, y lo mejor será desempacar lo que sea necesario para pertrecharse con miras al gran combate.

Entonces el Banquero, endosando un cheque en blanco (que cruzó), convirtió en billetes todo su dinero líquido; el Panadero peinó con cuidado sus bigotes y sus cabellos, y sacudió el polvo de sus siete chaquetas. El Camarero y el Ropavejero afilaron una azada cada uno haciendo mover a su vez la muela; pero el Castor continuó tejiendo su encaje, sin mostrar el menor interés por la empresa. Aunque el Abogado trató de apelar a su orgullo, y sin ningún éxito se puso a citarle numerosos casos en que hacer encaje había constituido una infracción al derecho.

Con ferocidad, el Vendedor de Bonetes proyectó un nuevo arreglo de nudos, en tanto que con mano temblorosa, el Apuntador de Billar se frotaba con tiza la punta de la nariz.

Pero el Carnicero se puso nervioso y, vistiéndose con una elegancia que acentuaban un cuello duro y guantes de cabritilla, dijo que sentía deseos inconfundibles de ir a cenar, lo que -según declaró el Hombre de la Campana- no era más que pura infatuación.

-Presénteme -dijo-, si le encontramos un día estando juntos. Se lo agradeceré.

El Hombre de la Campana, asintiendo sagazmente con la cabeza, respondió con aire vago:

-Eso dependerá de las condiciones del tiempo.

El Castor, tontamente, se puso a corretear en todos sentidos, al ver al Carnicero tan temeroso y preocupado; hasta el Panadero, ese zopenco gordo y estúpido, hizo un loable es fuerzo por guiñar un ojo.

-¡Sé hombre! -gritó, furioso, el Hombre de la Campana, en tanto el Carnicero estallaba en sollozos-. Si llegamos a encontrar al Jubjub, ese pájaro terrible, ¡no van a ser demasiadas todas nuestras fuerzas para la faena.

 


Paroxismo quinto

La lección del Castor

 

Lo persiguieron armados te dedales, lo persiguieron armados de precaución; lo persiguieron con tenedores y esperanzas, amenazaron su vida con una acción del ferrocarril, lo atrajeron con sonrisas y jabón.

Fue entonces cuando el carnicero concibió el ingenioso proyecto de efectuar él solo una salida, y eligió un lugar no frecuentado por el hombre, en el fondo de un valle lúgubre y desolado.

Pero al castor se le había ocurrido la misma idea: y había elegido precisamente ese mismo lugar; no obstante, ninguno de los dos, ni con una palabra ni con la menor señal, demostró el disgusto que revelaban sus rostros.

Cada uno de ellos se decía que no pensaba más que en el "Snark" y en la gloriosa empresa del día y cada uno de ellos simulaba no haber advertido que el otro iba siguiendo el mismo rumbo.

Pero el valle se fue haciendo cada vez más estrecho, y al atardecer se oscureció y el aire se puso más frío, hasta que (por miedo y no por su agrado) los dos caminaron hombro con hombro.

Entonces un largo y agudo grito desgarró el cielo tembloroso, y supieron que algún peligro estaba próximo: nuestro Castor palideció hasta la punta de la cola, y también el Carnicero se sintió muy incómodo.

Revivió los tiempos lejanos de su infancia -esa edad de inocencia y de ingenua felicidad-: ¡el sonido le recordaba, de manera tan precisa, la punta de un lápiz que rechina sobre la pizarra!

-¡Es la voz del Jubjub! -gritó de pronto-, el que se llama vulgarmente "Quijada de caballo". Como le habrá dicho el Hombre de la Campana -agregó con orgullo- yo sugerí esta opinión una vez. ¡Es el grito del Jubjub! Cuente, se lo ruego; verá usted que se lo dije dos veces. ¡Es el canto del Jubjub!, y si se lo dije tres veces, ya no cabe duda.

El Castor contó con escrupuloso cuidado, prestando a cada palabra una profunda atención: pero perdió completamente el valor, y brambó de desesperación, tan pronto como trató de sumar uno más dos. Sintió que, no obstante sus esmerados esfuerzos, no había conseguido más que olvidar su cuenta, y que hubiera sido necesario devanar sus pobres sesos para reconstruir de memoria el total.

Dos más uno: ¡Si, al menos -gimió-, se pudiera contar con los dedos y los pulgares! -pensando, con lágrimas en los ojos, que en los años de su juventud había descuidado el estudio del cálculo.

-Opino que se puede hacer eso -dijo el Carnicero-. Se debe hacer, estoy persuadido. ¡Vamos a hacerlo! ¡Traiga papel y tinta: los mejores que se puedan conseguir!

El Castor trajo papel, un secante, plumas y tinta en profusión, en tanto que seres horrorosos, saliendo de sus guaridas, espiaban a nuestros héroes con ojos asombrados.

El Carnicero, absorto, no los vio, mientras, a la vez que escribía con una pluma en cada mano, explicaba en un estilo popular que el Castor podía comprender fácilmente:

-Siendo tres el sujeto sobre el que razonamos, cifra sumamente cómoda de plantear, sumemos Siete y Diez, luego multipliquemos por Mil menos Ocho. El resultado lo dividimos por Novecientos Noventa y Dos: restamos Diecisiete: el resultado debe ser exacta y perfectamente justo . Explicar mi método sería un placer, ya que lo veo tan claro en mi cabeza, si tuviésemos, yo tiempo y usted inteligencia Pero todavía queda mucho por decir. En un instante he visto lo que hasta este día permanecía envuelto en un misterio impenetrable, y sin aumentar el precio le voy a dictar in extenso un curso de Historia Natural.

En forma jovial, el Carnicero continuó (olvidando todas las leyes de las buenas costumbres, porque instruir a la gente, así, sin preámbulos, hubiera causado no poco escándalo en el Gran Mundo):

-En cuanto al carácter, el Jubjub es un pájaro furioso, ya que vive en un estado de incesante cólera. En cuanto a vestimenta, sus gustos son sumamente absurdos: se encuentra varios siglos adelantado a la moda. Pero reconoce a todo amigo que le hayan presentado una vez; no acepta jamás el menor vaso de vino, y en las fiestas de beneficencia se queda en la puerta para colectar el dinero, aunque él no dé nada. El sabor de su carne es muy superior al del cordero, de las ostras y de los huevos: algunos creen que se conserva mejor en una jarra de marfil; otros lo meten en barriles de caoba. Se le hace hervir en aserrín de madera, se le sala con cola fuerte, se le espesa con langostas y cintas, sin olvidar jamás la finalidad esencial, que es conservar su forma simétrica.

De buena gana el Carnicero hubiese hablado hasta el día siguiente, pero consideró que la lección debía terminar, y lloró de placer al tratar de decir que consideraba al Castor su mejor amigo, en tanto el otro declaraba, con miradas tiernas, más elocuentes aún que las lágrimas mismas, que en diez minutos había aprendido mucho más de lo que los libros le habrían enseñado en setenta años.

Volvieron tomados de la mano, y el Hombre de la Campana, abrumado, por un instante, por una noble emoción, dijo:

-¡Henos aquí compensados por todos los malos días que pasamos en el oleoso océano!

Amigos tales como el Castor y el Carnicero llegaron a ser, si los hubo alguna vez, pocos se han conocido. En invierno como en verano, era siempre igual: nunca podía encontrarse al uno sin el otro. Y cuando surgían conflictos -como suele ocurrir en este mundo, no obstante los esfuerzos que se hagan- el canto del Jubjub volvía a sonar en sus almas y fortalecía su amistad para siempre.

 


Paroxismo sexto

El sueño del Abogado

 

Lo persiguieron armados de dedales, lo persiguieron armados de precaución, lo persiguieron con tenedores y esperanzas, amenazaron su vida con una acción del ferrocarril, lo atrajeron con sonrisas y jabón.

Pero el abogado, cansado de probar en vano que el Castor no tenía derecho a hacer encaje, se durmió, y en sueños, vio la criatura que desde hacía tanto tiempo ocupaba su espíritu. Soñó que residía en un Tribunal oscuro, donde el Snark, vestido con toga, alzacuello y peluca, monóculo en el ojo, trataba de defender a un cerdo al que se acusaba de haber desertado de su pocilga. Los testigos declaraban, sin error ni lagunas, que la pocilga estaba vacía en el momento de la comprobación; y el juez explicaba sin cesar el sentido de la ley con un dulce y monótono murmullo.

La acusación jamás había sido muy clara; parecía que el Snark había abierto el debate, y hablado durante tres horas, sin que se adivinara qué podía haber hecho el desgraciado cerdo.

Los miembros del jurado se habían formado una convicción diferente cada uno (mucho antes de que se leyera el acta de acusación) y hablaban todos a la vez, de manera que ninguno de ellos comprendió una sola palabra de la exposición de los otros.

-Es necesario que sepáis.. comentó el juez, pero el Snark exclamó: ¡Bah! ¡La ley ha caído en completo desuso! Reconozcámoslo, amigos míos, la cuestión está ligada enteramente a un derecho señorial muy antiguo. En cuanto a Traición, el Cerdo parecería haber prestado su concurso, pero no instigado: en tanto que el cargo de Insolvencia es nulo, sin duda si se admite la calificación de “irremisible". No contestaré en cuanto a Deserción, pero creo anulada la culpabilidad (por lo menos con respecto a las costas del proceso) porque el Descargo prueba que ha sido instigada.

La suerte de mi pobre cliente ahora depende de vuestros votos.

Con estas palabras, el orador se sentó otra vez en su lugar; luego sugirió al Juez consultar sus anotaciones y recapitular brevemente el asunto.

Pero el Juez declaró que carecía de competencia; de modo que fue el Snark quien recapituló, ¡y recapituló tan bien que superó con exceso todo lo que los Testigos hubieran podido decir!

Cuando se solicitó el veredicto, los Jurados se excusaron, por ser la palabra demasiado difícil de pronunciar; pero por otra parte se atrevieron a esperar que el Snark quisiera también encargarse de esta tarea.

En consecuencia, el Snark se encargó de ella, aunque, declaró, los esfuerzos de ese día le habían agotado; todos los jurados, cuando dijo: "¡CULPABLE ! ", gimieron, y algunos cayeron desvanecidos.

Luego el Snark pronunció la sentencia -el juez estaba demasiado nervioso para decir palabra-: cuando se levantó, se hizo un silencio igual al de la noche, y se hubiese podido oír volar una mosca.

-Trabajos forzados de por vida -indicó la sentencia- y cuarenta libras de multa pagaderas a la expiración de la condena. Los Jurados aplaudieron, aunque el Juez dijo temer que la sentencia no fuese legalmente válida.

Pero su entusiasmo se moderó de pronto cuando el carcelero, con lágrimas en los ojos les dijo que una sentencia así no podía tener efecto porque el cerdo había muerto hacía muchos años.

El Juez, con aire de profundo disgusto, abandonó la Corte, pero Maese Snark, si bien un poco consternado, en tanto abogado a cargo de la defensa, no dejó de vociferar hasta el fin.

Esto soñó el Abogado, en tanto que las vociferaciones parecían crecer a cada momento en fuerza y claridad, hasta que despertó al toque furioso de una campana, que el Hombre de la Campana hacía sonar junto a su oreja.

 


Paroxismo séptimo

La suerte del Banquero

 

Lo persiguieron armados de dedales, lo persiguieron armados de precaución, lo persiguieron con tenedores y esperanzas, amenazaron su vida con una acción del ferrocarril, lo atrajeron con sonrisas y jabón.

Y el Banquero, demostrando una valentía tan nueva, que fue para todos materia de comentario, se adelantó insensatamente y se perdió de vista en el ardor de su celo por descubrir al Snark.

Pero, en tanto lo perseguía armado de dedales y de precaución, de pronto un Bandersnatch surgió como un relámpago y atrapó al Banquero, que lanzó un aullido de desesperación porque sabia que era inútil huir.

Ofreció un fuerte rescate, ofreció un cheque (pagadero "al portador") de siete libras diez, pero el Bandersnatch, con sólo estirar el cuello, asió más fuertemente con sus garras al Banquero.

Sin tregua, en tanto que las furmiantes mandíbulas lanzaban salvajes mordiscos a su alrededor, el hombre saltó, forcejeó, luchó, se debatió, hasta que cayó extenuado al suelo. El Bandersnatch huyó cuando aparecieron los demás, guiados por el alarido desgarrador del Banquero. El Hombre de la Campana dijo:

-¡Es lo que me temía!

Y, solemnemente, hizo sonar su campana.

A duras penas pudieron, en ese hombre de rostro ennegrecido, encontrar uno solo de sus rasgos de antes. Bajo el efecto del miedo, además, su chaleco -fenómeno increíble- ¡se había vuelto blanco!

Ante el espanto de los que se hallaban presentes, se levantó vestido de gala y, por medio de señas insensatas, trató de decir lo que su lengua ya no podía expresar. Se desplomó en una silla, hundió los dedos en sus cabellos, y cantó con melodía frivolente , palabras cuya total inanidad demostraba su insanía, mientras hacía sonar dos castañuelas de hueso,

 

-¡Se hace tarde: abandonémosle a su suerte! -exclamó, presa del pánico, el Hombre de la Campana-. Hemos perdido la mitad del día; si perdemos tiempo ahora, ¡no atraparemos al Snark antes que sea de noche!

 


Paroxismo octavo

La desaparición

 

Lo persiguieron armados de dedales, lo persiguieron armados de precaución, lo persiguieron con tenedores y esperanzas, amenazaron su vida con una acción del ferrocarril, lo atrajeron con sonrisas y jabón.

Temblaron al pensar que la caza pudiera ser un fracaso, y el Castor, interesado por fin, se puso a brincar sobre la punta de su cola, porque el día ya casi tocaba a su término.

¡Es Zingumbob el que grita! -dijo el Hombre de la Campana- ¡Grita como un demente, escuchad, escuchad! Agita las manos, mueve la cabeza: ¡sin duda ha descubierto algún Snark!

Contentos, abrieron más los ojos, en tanto el carnicero exclamaba:

-¡Ese ha sido siempre un tremendo bromista!

Lo vieron, a su Panadero, su héroe anónimo, en la cima de un peñasco vecino, sublimemente erguido, por espacio de un segundo. Un segundo después, ¡ay!, esta loca figura (como presa de un espasmo) se precipitaba en un abismo, en tanto escuchaban, tensos y jadeantes:

-¡Es un Snark! -tal fue el sonido que hirió primero sus oídos, y que parecía demasiado hermoso para ser verdad. Entonces hubo un torrente de risas, de hurras; luego las palabras de mal augurio:

Y después, nada más. Algunos creyeron escuchar, en el aire, un suspiro errante y fatigado que hubiera podido ser: "...jum!"; los otros declararon que sólo era la brisa que pasaba.

Buscaron hasta la noche, pero no encontraron una pluma, un botón, un indicio cualquiera que permitiese afirmar que hollaban el terreno donde el Panadero había encontrado al Snark.

En medio de esa palabra que trató de decir, en medio de su alegría y de su risa dementes, dulce y repentinamente había desaparecido.

Porque el Snark, por cierto, era un Bujum, ¿os dais cuenta?

 

 

 

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