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Gracias

Yasunari Kawabata

 


 

 

Sería un buen año para los caquis. El otoño en las montañas era hermoso.

La ciudad portuaria estaba en la punta meridional de la península. El chofer del ómnibus bajó del primer piso de la terminal a la sala de espera, donde se suce­dían humildes puestos de venta de golosinas. Su uni­forme amarillo tenía un cuello púrpura. Ahí adelante estaba estacionado el gran ómnibus rojo con una ban­dera púrpura.

La madre de la niña se puso de pie, apretando el pa­pel de una bolsa con caramelos, y se dirigió al chofer que se arreglaba los cordones de los zapatos.

—tAsí que hoy es su turno? Si es usted quien la lle­va hasta allá, hay que agradecerlo, seguramente va a te­ner suerte. Es una señal de que algo bueno va a suceder.

El chofer miró a la muchacha que estaba al lado de la mujer y guardó silencio.

—No podemos seguir aplazando esto para siem­pre... Además, el invierno está casi sobre nosotros. Sería una pena enviarla con el frío. Si de todos modos de­bemos hacerlo, me parece que es conveniente hacerlo con este tiempo todavía agradable. Y he decidido acom­pañarla hasta allí.

El chofer asintió sin decir palabra, caminó con el aplomo de un soldado hasta el ómnibus, para acomo­dar el almohadón del asiento.

—Por favor, tome asiento aquí adelante, señora. No hay tanto traqueteo. Tienen un largo viaje por delante.

La mujer iba a una aldea por donde pasaba el ferrocarril, y que quedaba a sesenta kilómetros al norte, pa­ra vender a su hija.

Sacudida a lo largo del camino de montaña, la jovencita clavaba los ojos en la espalda del chofer que estaba justo delante de ella. El amarillo del uniforme colmaba su visión como si fuera un mundo en sí mismo. Las montañas que iban apareciendo se partían y pasaban de un hombro a otro del hombre. El ómnibus atravesó dos pasos muy elevados...

Se cruzó con un carro tirado por caballos, y éste se hizo a un costado.

—Gracias.

La voz del chofer era clara cuando saludaba con una agradable inclinación de cabeza, como un pájaro carpintero.

El ómnibus se encontró con una carreta llena de trastos que también se corrió con sus caballos y le cedió el paso.

—Gracias.

Un carretón.

—Gracias.

Un rickshaw.

—Gracias.

Un caballo.

—Gracias.

Si bien el chofer ya se había cruzado con treinta ve­hículos en diez minutos, nunca dejaba de ser cortés. Y aunque tuviera que manejar durante cientos de kilóme­tros, nunca descuidaba su conducta y era como un ce­dro bien erguido, simple y natural.

Habían partido a eso de las tres. El chofer había tenido que encender las luces a mitad de camino. Pero cada vez que se encontraba con un caballo, las apagaba.

—Gracias.

—Gracias.

—Gracias.

Durante todo el trayecto, fue el chofer con mejor re­putación entre los conductores de carretas, carretones y los jinetes.

 

Cuando el ómnibus llegó a la plaza de la aldea en medio de la oscuridad, la muchachita empezó a temblar y se sintió mareada, como si le flotaran las piernas. Se afe­rró a su madre.

—Un momento —le dijo ésta a su hija y corrió tras el chofer para implorarle—. Mi hija dice que lo quiere. Se lo pido, se lo ruego con mis dos manos en oración. Mañana ella será juguete de un hombre cualquiera, por eso... Si hasta una muchacha de buena posición de la ciudad... con sólo viajar unos kilómetros con usted...

 

A la mañana siguiente, al amanecer, el chofer dejó la modesta pensión y cruzó la plaza con apostura de soldado. La madre y la hija corrieron tras él. El ómnibus rojo, con su bandera púrpura, salió del garaje y quedó a la espera del primer tren.

La jovencita subió primero y acarició el asiento de cuero negro del chofer mientras se mordía los labios. La madre se defendía del frío cerrando el cuello de su kimono.

—Y ahora debo llevarla de nuevo a casa. Esta ma­ñana ella lloró, usted me increpó... Compadecerme de ella ha sido un error. Voy a llevarla a casa, ¿bien? Pero sólo hasta la primavera. Sería una pena enviarla ahora que va a iniciarse la temporada de frío. Puedo arreglarme. Pero cuando el tiempo mejore, ya no podré tenerla en casa.

 

El primer tren le lanzó tres pasajeros al ómnibus.

El chofer acomodó su almohadón. Los ojos de la mu­chachita se fijaron en la cálida espalda que tenían ante sí. La brisa matinal del otoño se deslizaba sobre esos hombros.

El ómnibus quedó enfrentado a un carro tirado por caballos. Y éste se hizo a un lado.

—Gracias.

Un carretón.

—Gracias.

Un caballo.

—Gracias.

—Gracias.

—Gracias.

—Gracias.

El chofer regresaba, lleno de gratitud, cruzando los se­senta kilómetros de montañas y campos hasta la ciudad portuaria en el extremo meridional de la península.

Era un buen año para los caquis. El otoño en la mon­taña era bello.

 

 


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