Papalagis
Discursos de Tuiavii de Tiavea, jefe Samoano
INTRODUCCION
El escritor llama a estos
discursos Los Papalagi, que significa los Hombres Blancos o los Caballeros.
Estos discursos de Tuiavii de Tiavea no habían sido pronunciados aún, pero el
extracto había sido escrito en el idioma nativo, del cual se hizo la primera
traducción alemana.
Tuiavii nunca tuvo la intención
de publicar sus discursos para el lector occidental, ni en ningún otro lugar:
iban estrictamente dirigidos a su pueblo polinesio. Sin embargo, sin su consentimiento
y con clara transgresión de sus deseos, me he tomado la libertad de someter estos
discursos de un nativo polinesio a la atención del lector occidental,
convencido de que para la gente blanca con nuestra civilización merece la pena
averiguar cómo nos ve a nosotros y a nuestra cultura un hombre que aún está
estrechamente ligado a la naturaleza.
A través de sus ojos nos miramos
y nos vemos desde un punto de vista que de ningún otro modo podríamos
percibir. Ciertamente habrá gente, especialmente monstruos culturales, que
juzgarán su visión infantil, quizás incluso ignorante; pero aquéllos
que tenéis más mundo y sois más humildes, seréis movidos a la reflexión y a la
autocrítica por mucho de lo que se os va a decir. Porque su sabiduría es el
fruto de la simplicidad, la mayor de las gracias que Dios puede conceder a un
hombre, mostrándole las cosas que la ciencia no consigue comprender.
Estos discursos son un
llamamiento a todos los pueblos del Pacífico Sur para que corten sus ataduras
con la gente iluminada del tronco europeo, como se les llama. Absorto en esto,
Tuiavii, el despreciador de los europeos, se mantuvo firme en la convicción de
que sus antepasados habían cometido un grave error dejándose atraer por la
cultura europea. El
es como la doncella de Fagaasa, que sentada en lo alto de un acantilado vio
venir a los primeros misioneros blancos y con su abanico les hizo señas para
que se fueran: «¡Fuera, demonios criminales!». Él
también vio a Europa como a un demonio oscuro, el gran deshojador, del que el
género humano debe protegerse si quiere permanecer tan puro como los dioses.
Cuando me encontré por primera
vez con Tuiavii, él llevaba una vida pacífica, apartado del mundo occidental en
su diminuta isla fuera de camino llamada Upolu, una de las islas samoanas, en
el poblado de Tiavea, del cual era jefe. La primera impresión que me dio fue la
de un gran gigante de corazón amable. A pesar de que medía casi 1'90 metros y
de que era robusto como una casa de ladrillos, su voz era suave y delicada como
la de una mujer, y sus enormes y penetrantes ojos, sombreados por espesas
cejas, tenían una mirada levemente despreocupada. Cuando les hablabas, se iluminaban
y delataban a su corazón, cálido y soleado.
En ningún hábito exterior era
Tuiavii marcadamente diferente de sus hermanos. Bebía kava (1) iba al loto (2)
por la mañana, comía plátanos, toras y yams y observaba todas las costumbres
nativas y ritos. Sólo sus más íntimos amigos sabían qué estaba hirviendo en el
interior de su cabeza, luchando para llegar a la luz, cuando se tumbaba,
soñando, en la estera de su casa.
En general el nativo vive como
un niño, puramente en el mundo visible, sin interrogarse siquiera sobre sí
mismo o sobre su entorno; pero Tuiavii tenía un extraordinario carácter. Se
había elevado sobre sus compañeros, porque vivía conscientemente y por eso
poseía esa exigencia interior que nos separa de las gentes primitivas, más
que cualquier otra cosa.
Debido a su ser, propio de esta
clase de hombres, Tuiavii deseaba conocer más de esa lejana Europa. Ese deseo
ardía en su interior desde los días escolares en la misión marista, y
solamente fue satisfecho cuando llegó a adulto. Se unió a un grupo de
etnólogos que volvían tras acabar sus estudios y, visitó uno tras otro, la
mayoría de los estados de Europa, donde llegó a conocer su cultura y
peculiaridades nacionales. Una y otra vez me maravilló la exactitud con que
recordaba hasta los más pequeños detalles. Tuiavii poseía en alto grado el don
de la observación sobria e imparcial. Nada podía ofuscarle; nunca se permitía
ser apartado de la verdad por palabras. En realidad lo vio todo desde su
originalidad, aunque a lo largo de su visita nunca pudo abandonar su propio
punto de vista.
Fui su vecino durante algo más
de un año, siendo un miembro de la comunidad de su pueblo, pero Tuiavii sólo
me tomó como confidente cuando llegamos a ser amigos. Después de haber
superado, incluso olvidado, al europeo que hay en mí, cuando él se hubo
convencido de que yo estaba maduro para su sabiduría sencilla y de que no me
reiría de él (algo que nunca hice), solamente entonces decidió que merecía la
pena que escuchara algunos fragmentos de sus escritos. Me los leyó en voz
alta, sin ningún patetismo, como si fuera una narración histórica. Aunque
solamente fuera por esa razón, lo que estaba diciendo trabajaba en mi mente y
daba origen al deseo de retener las cosas que había oído.
Sólo mucho después me confió
Tuiavii sus notas y me dio permiso para traducirlas al alemán. Pensó que yo
quería usarlas para mis estudios personales y nunca supo que la traducción
sería publicada, como sucedió. Todos estos discursos no son más que toscos
borradores y juntos no forman un libro bien escrito. Tuiavii no los ha visto
nunca en ninguna otra forma. Solamente cuando tuvo todo el material archivado
cuidadosamente en su cabeza y todas las ideas claras, quiso empezar su “misión”,
como él la llamaba, entre los polinesios. Yo tuve que abandonar las islas antes
de que empezase su informe.
Aunque me he sentido obligado a
hacer la traducción tan literal como me fuera posible y no he alterado ni una
sílaba en la composición de los discursos, me doy cuenta de que la original
franqueza y el extraordinario vocabulario han sufrido profundamente. Cualquiera
que haya intentado alguna vez transformar algo de un idioma primitivo a uno
moderno, reconocerá inmediatamente los problemas que se plantean al reproducir
la expresión infantil de modo que no parezca estúpida o disparatada.
Tuiavii, el inculto habitante de
la isla, consideró la cultura europea como un error, un camino a ninguna
parte. Esto sonaría un poco pomposo si no estuviera dicho con la maravillosa
simplicidad que traicionaba el lado débil de su corazón. Es verdad que pone en guardia
a sus compatriotas y les dice que se libren de la dominación europea pero al
hacerlo su voz se llena de tristeza y delata que su ardor misionero nace de su
amor por la humanidad, no del odio. «Vosotros, compañeros, pensáis que podéis
mostrarnos la luz", me dijo cuando estuvimos juntos por última vez, pero
«lo que realmente hacéis es tratar de arrastrarnos a vuestra charca de
oscuridad". Él miraba el ir y venir de la vida con honestidad de niño y
amor por la verdad, y por eso encontraba discrepancias y defectos morales que,
y al acumularlos en su memoria, se convirtieron en lecciones de vida. No
entiende dónde radica el mérito de la cultura europea, que alinea a su propia
gente y los hace falsos, artificiales y depravados. Cuando resume lo que la
civilización nos ha aportado, empezando por nuestro aspecto, descrito como el
de un animal cualquiera; lo llama por su propio nombre, con una actitud muy
antieuropea e irreverente, describiéndonos de forma incompleta pero correcta,
de manera que acabamos sin saber quién es el que ríe, el pintor o su modelo.
En esta aproximación infantil a
la realidad, a corazón abierto, reside, pese a su falta de respeto, el
verdadero valor para nosotros los occidentales de los discursos de Tuiavii;
por eso siento que su publicación está justificada. Las guerras mundiales nos
han convertido en occidentales escépticos con nosotros mismos; empezamos a
preguntarnos sobre el valor intrínseco de las cosas y a dudar de si podemos
llevar a cabo nuestros ideales a través de nuestra civilización. Por ello
deberíamos considerar que no estamos, quizá, tan civilizados y descender de
nuestro nivel espiritual al pensamiento de este polinesio de las islas de
Samoa, que no está aún agobiado por una sobredosis de educación, que es todavía
original en sus sentimientos y pensamientos y que quiere explicarnos que
hemos matado la esencia divina de nuestra existencia, reemplazándola por
ídolos.
Erich
Scheurmann
(1) Bebida
popular de Samoa, hecha de raíces de la planta de IkIlá-11 7,111
(2) Servicio
religioso.
NOTA DE LOS EDITORES:
LOS PAPALAGI son
una colección de discursos escritos por un jefe del Pacífico Sur, Tuiavii de
Tiavea, y destinados a su gente. Aparecieron por primera vez en una edición
alemana durante la segunda década de este siglo, en una traducción realizada
por su amigo Erich Scheurmann.
Erich Scheurmann los arregló para que su editorial,
De Voortgank, los publicara en lengua holandesa en 1929.
LOS PAPALAGI son
un estudio crítico orientado antropológicamente, en el que se describe al
hombre blanco y su modo de vida. Al leerlo se debe tener en cuenta que está
compuesto de discursos dirigidos a los nativos de las islas del Mar del Sur,
que habían tenido todavía pocos o ningún contacto con la civilización del
hombre blanco.
En la
preparación de esta edición se ha seguido el texto holandés de 1929 y la
traducción inglesa de Martín Beumer; a pesar de las faltas de ortografía y de
estilo, inevitables en las distintas versiones del original samoano –no se ha
podido encontrar la primera versión del alemán al holandés-, creemos que no le
restarán amenidad y, por otro lado, no dañarán su claridad y originalidad.
COMO CUBREN LOS PAPALAGI SU CARNE O
SUS NUMEROSOS TAPARRABOS Y ESTERAS
os Papalagi están siempre cavilando cómo cubrir
su carne del mejor modo posible. Un blanco, que tenía mucha influencia y estaba
considerado muy sabio, me dijo: «el cuerpo y todos sus miembros son carne;
es a partir del cuello donde empieza la verdadera persona». Creía que sólo
la parte del cuerpo
que alberga con sus atributos buenos y malos merece nuestra atención, refiriéndose
a la cabeza, naturalmente. Los blancos dejan descubierta la cabeza y algunas
veces las manos. Sin embargo, la cabeza y las manos están hechas de carne.
Quienes que muestran algo más de su carne no pueden alcanzar una perfecta
imagen moral.
Cuando un joven toma a una mujer para que sea su esposa, no puede estar
seguro de que le va a agradar, porque antes de esta ocasión nunca ha visto
su cuerpo'. Cada muchacha cubre su cuerpo, aunque tenga la figura de la más
bella Taopou2, de modo que nadie puede ver y disfrutar de
tan espléndida visión. La carne es pecado. Esto es
lo que los Papalagi dicen, porque para ellos sólo el espíritu cuenta. El brazo
que se alza a la luz del sol para lanzar un venablo... es una flecha de pecado.
El pecho al que las olas del aire envuelven, es una casa donde el pecado vive.
Los miembros, con los que la doncella ofrece el siva3, son
pecadores. Y con toda seguridad, aquellas partes del cuerpo dedicadas a hacer
nueva gente y a deleitar al mundo con ellas, ¡están llenas de pecado! Todo
lo que se considera carne es ur. pecado. Hay un veneno
viviendo dentro de cada músculo, un veneno traidor que salta de una persona
a otra. Aquellos que miran la carne absorben el veneno, son heridos por él
y se convierten en seres tan depravados como los que la estaban enseñando.
Esto es lo que la sagrada moral de los blancos nos dice.
Ésta es la razón por la que el cuerpo de los Papalagi va enteramente
cubierto de taparrabos, esteras y pellejos de animales, tan herméticamente
ajustados que ni siquiera un ojo humano ni los rayos del sol son capaces de
penetrarlos, tan apretados que su cuerpo se vuelve de un blanco descolorido
y parece cansado como una flor que crece en el bosque bajo pesados árboles.
¡Oíd cuán pesadas cargas lleva un solo Papalagi en su cuerpo, vosotros
hermanos, los más elegantes de muchas islas! Para empezar, el cuerpo desnudo
se envuelve con una piel blanca y gruesa, hecha de las fibras de una planta,
y llamada sobrepiel. Se lanza arriba al aire, y luego se deja caer deslizándola
hacia abajo por la cabeza, el pecho por encima de los brazos hasta las caderas.
De abajo a arriba, desde las piernas y caderas hasta el ombligo, se lleva
otra de estas sobrepieles (camisetas). Estas dos pieles están cubiertas por
una tercera que es más gruesa. Una piel tejida con los pelos lanosos de un
animal de cuatro patas, especialmente criado para este propósito. Esto es
el verdadero taparrabos. Usualmente se compone de tres partes: la primera
cubre la parte superior del cuerpo; la segunda, la sección media; y la tercera,
las caderas y las piernas. Las tres partes están unidas por
conchas y cuerdas hechas con savia seca del árbol del
caucho, por eso dan la impresión de ser una sola pieza. Normalmente este taparrabos
tiene el tono la gris de la laguna durante el húmedo monzón. No puede ser
nunca totalmente de colores, como máximo la parte media, y entonces sólo la
lleva la gente que tiene mala reputación y a la que le gusta perseguir al
otro sexo.
Finalmente, alrededor de los pies se atan una piel tal moldeable como
recia. Normalmente la piel suave es elástica y se moldea bien a la forma del
pie, pero la dura no lo hace en absoluto. Están hechas de gruesos pellejos
de animal que han sido puestos en remojo, deshollados con navaja, golpeados
y colgados al sol tanto tiempo que se han endurecido y curtido. Usando esto,
los Papalagi construyen una especie de canoa con los lados altos, lo suficientemente
grande para que el pie se ajuste. Una canoa para el pie izquierdo y otra para
el derecho. Estos pequeños «piesbarcos» están sujetos alrededor de los tobillos
con cuerdas y garfios para contener el pie dentro de una fuerte cápsula, como
el caracol en su casa. Los Papalagi llevan estas pieles desde el amanecer
al ocaso, los llevan incluso de malaga4 y cuando bailan, los llevan
incluso cuando hace tanto calor como antes de una tormenta de lluvia tropical.
Esto va contra la naturaleza y también lo entiende así el hombre blanco;
cansa sus pies hasta que parecen muertos y apestados, y como que han perdido
la habilidad de agarrar cosas o de trepar a los árboles, los Papalagi tratan
de esconder su vergüenza embadurnando el pellejo animal, que originalmente
parecía rojo, con una especie de grasa que lo hace brillar después de extenderla
frotando. Resplandecen con tanto brillo que a duras penas pueden los ojos
soportar el destello y tienen que desviar la mirada.
Vivió una vez allí, en Europa, un Papalagi que se hizo famoso y al que
mucha gente acudía porque les decía que no era bueno llevar estos pellejos
ajustados y pesados alrededor de los pies; en cambio caminar descalzo bajo
el cielo abierto, mientras el rocío de la noche todavía yace sobre los campos,
hace que todas las enfermedades desaparezcan de ti. Ese hombre era muy sabio
y de muy buena salud, pero la gente se rió de él y pronto fue olvidado.
Al igual que el hombre, la mujer también lleva esteras y taparrabos ajustados
a su cuerpo y tobillos; por eso su piel está llena de cicatrices
y cardenales. Sus senos se han vuelto fláccidos por la presión de una estera
que atan alrededor del pecho, desde la garganta hasta la parte baja del cuerpo
y también alrededor de la espalda, con un apuntalamiento suplementario de
espinas de pescado, alambre de hierro y cuerdas. La mayoría de las madres
dan a sus hijos leche de un tubo de vidrio que se cierra por la parte de abajo
y que tiene una tetilla artificial sujeta a la parte superior. Y no siempre
dan su propia leche, sino la leche de un animal feo con cuernos que ha sido
sacada tirando fuertemente de sus cuatro pezones del vientre.
Sin embargo, es común que los taparrabos de las hembras sean más finos
que los de los machos, y con más colorido y atractivo. Algunas veces se permite
que la carne de los brazos y de la garganta asome, enseñando de este modo
más carne que los machos. No obstante, se considera virtuoso que una chica
se mantenga completamente cubierta y entonces la gente dice: «ella es casta»,
lo que significa que sigue las reglas del comportamiento decente.
Por esto nunca he entendido por qué está permitido que mujeres y muchachas
muestren la carne de sus espaldas y cuello en las grandes fonos' sin caer
en desgracia. Quizás en ello resida la gran atención de la fiesta, en que
las cosas que han estado prohibidas todo el tiempo, se permiten ahora. Los
hombres siempre mantienen sus torsos y cuellos completamente cubiertos. Desde
sus gargantas hasta sus pectorales, los alii6
llevan un taparrabos
enyesado del tamaño de un aro blanco, también atiesado con yeso, y arrollado
al cuello. A través del aro, él hace salir una pieza de tela con colores doblada
como la cuerda de un bote; está atravesada por una aguja de oro o una perla,
y cuelga a lo largo del escudo blanco. Muchos Papalagi también llevan aros
de yeso alrededor de las muñecas, pero nunca en los tobillos.
Este escudo y aros blancos son muy importantes. ¡Un Papalagi nunca se
presentaría ante una mujer sin sus ornamentos en el cuello! Si ese aro se
volviera sucio y no brillase, sería aún peor. Por esa razón los alii de alta
cuna cambian sus corazas y anillos de yeso cada día.
Por su parte, la mujer tiene muchas ropas de todos los colores, a menudo
llenando un gran número de canastas, y la mayoría de sus pensamientos están
dedicados a la elección de qué taparrabos llevar y cuándo, si debe llevar
uno largo o uno corto, y habla apasionadamente sobre los abalorios que supone
van de acuerdo con la prenda; el hombre sólo tiene un traje de fiesta y rara
vez habla sobre él. Éste es el llamado ropaje del pájaro: un largo taparrabos
negro que mengua en un punto de la espalda, como el rabo de un loro en la
selva7. Con este traje ceremonial, las manos también tienen que
ser cubiertas con pieles blancas, pieles que han de ser metidas en los dedos
y están tan ajustadas que hacen que la sangre se encienda y hormiguee en la
cabeza. A los hombres inteligentes se les permite, por consiguiente, llevarlos
en una mano o ponerlos en el taparrabos cercano a la glándula del pecho.
Cuando un hombre o una mujer dejan su choza y salen a la calle, se envuelven
en otra ropa muy ancha, que puede ser más gruesa o más fina, depende de cuánto
brille el sol. Entonces cubren también sus cabezas. Los hombres, con un recipiente
para beber, negro y rígido, que es redondo y hueco como los techos de nuestras
chozas samoanas. Las mujeres llevan grandes cesterías de mimbre o canastas
invertidas, plumas, tiras de tela, cuentas y otras clases de abalorios. Estos
cubre-cabezas se parecen mucho al tuigas de una Taopou, excepto
que son mucho más bellos y no se caen durante una tormenta o mientras se baila.
Cuando se encuentran con alguien, los hombres blanden sus pequeñas cabezaschozas,
mientras que las mujeres únicamente inclinan sus cargadas cabezas muy lentamente,
como un bote que está sobrecargado.
Sólo
por la noche, cuando el Papalagi va a la cama, se quita de verdad todos sus
taparrabos, aunque sólo para reemplazarlos inmediatamente por otro que se
abre por la parte de abajo y deja los pies desnudos. Por la noche usualmente
las mujeres y muchachas llevan una tela que tiene preciosos bordados en el
cuello, aunque rara vez se muestran mientras la llevan. Tan pronto como el
Papalagi yace en su estera, se cubre hasta el cuello con las plumas del estómago
de un gran pájaro, envueltas por una enorme pieza de tela que impide que vuelen
esparciéndose. Estas plumas hacen sudar al cuerpo y contribuyen a que el Papalagi
crea que yace al sol, aun cuando no brille en absoluto. Curiosamente por el
verdadero sol tienen muy poco interés.
Se
entiende fácilmente que haciendo todo esto el cuerpo de los Papalagi se vuelva
de un blanco pálido y carezca del color de la alegría. Pero eso es lo que
en realidad le gusta al hombre blanco. En especial las muchachas están continuamente
alertas para proteger su piel de la gran luz que podría quemarla y enrojecerla.
Tan pronto como salen al sol sostienen un gran toldo sobre su cabeza. ¡Como
si la palidez de la luna fuera más bonita que el color del sol! Los Papalagi
prefieren hacer estas cosas a su modo y están siempre redactando leyes para
respaldar sus puntos de vista. Aunque sus narices sean tan agudas como los
dientes del tiburón, ello no significa necesariamente que sean más bellas
que nuestras narices, que son redondas y suaves. ¿Creemos que son feos porque
pensamos de modo distinto sobre todo esto? Como los cuerpos de las mujeres
y muchachas están siempre cubiertos, vive dentro de los hombres el profundo
deseo de ver su carne. Algo que uno puede muy bien imaginar. Tienen eso en
su mente día y noche, y hablan mucho del cuerpo femenino de tal modo que vosotros
pensaríais cómo una cosa tan bella y natural puede ser pecado y debe esconderse
en la oscuridad. Sólo si empezaran a enseñar esa carne podrían centrar su
atención en otras cosas y sus ojos cesarían de murmurar palabras sucias cuando
pasa una chica.
¿Podéis
imaginar mayor locura, amigos míos que se considere la carne como un pecado,
un aitu9? Si tuviéramos que creer al hombre blanco, compartiríamos
su deseo de que nuestra came se convirtiera en lava congelada, sin el calor
benéfico que brota del interior. Sin embargo, nosotros queremos seguir divirtiéndonos,
seguir comunicándonos a través de nuestros cuerpos con el sol, guardando nuestra
habilidad de correr como caballos salvajes, porque estamos desembarazados
de taparrabos y no tenemos pielesprotege-pie que nos hagan retrasar los pasos
y no nos preocupamos de las cubiertas cayendo de nuestras cabezas. Disfrutemos
de la vista que nos ofrece una doncella esbelta de cuerpo y con los miembros
brillando al sol, o también bajo la luna. El hombre blanco que tiene que cubrirse
tanto para esconder su vergüenza está loco, ciego y no siente los verdaderos
placeres de la vida.
(1)
Aun después de convertirse en su mujer, raras veces se muestra a sí misma, y,
cuando lo hace, es por la noche o en la penumbra. (Nota de Tuiavii.)
(2) Reina de
Mayo.
(3) Danza
nativa.
(4) De viaje.
(5)
Festividades.
(6) Caballeros.
(7) Traje formal
de noche.
(8) Gran pañuelo
para la cabeza.
(9) Espíritu
maligno, demonio.
CANASTAS DE PIEDRA, ISLAS DE PIEDRA, GRIETAS
Y LAS COSAS QUE HAY EN ELLAS
os Papalagi viven como los crustáceos, en sus
casas de hormigón. Viven entre las piedras, del mismo modo que un ciempiés;
viven dentro de las grietas de la lava. Hay piedras sobre él, alrededor de
él y bajo él. Su cabaña parece una canasta de piedra. Una canasta con agujeros
y dividida en cubículos.
Sólo
por un punto puedes entrar y abandonar estas moradas. Los Papalagi llaman
a este punto la entrada cuando se usa para entrar en la cabaña y la
salida cuando se deja, aunque es el mismo y único punto. Atada a este
punto hay un ala de madera enorme' que uno debe empujar fuertemente hacia
un lado para poder entrar. Pero esto es sólo el principio; muchas alas de
madera tienen que ser empujadas antes de encontrar la que verdaderamente da
al interior de la choza.

En
la mayoría de estas cabañas vive más gente que en un poblado entero de Samoa.
Por consiguiente, cuando devuelves a alguien la visita, debes saber el nombre
exacto de la aigal que quieres ver, ya que cada aiga tiene su parte propia
en la canasta de piedra para vivir: la superior o la inferior, la central
o la de la derecha, la izquierda o la de enfrente. A menudo, un aiga no sabe
nada de la otra aiga, aunque sólo estén separadas por una pared de piedra
y no por Manono, Apolina o Sauaii2.
Generalmente,
apenas conocen los nombres de los otros y cuando se encuentran en el agujero
por el que pasan furtivamente, se saludan con un corto movimiento de la cabeza
o gruñen como insectos hostiles, como si estuvieran enfadados por vivir tan
cerca.
Cuando
un aiga vive en la parte más alta de todo, justo debajo del tejado de la choza,
el que quiera visitarlos debe escalar muchas ramas que conducen arriba, en
círculo o en zig-zag, hasta que se llega a un sitio donde el nombre de la
aiga está escrito en la pared. Entonces, ve delante de sus ojos una elegante
imitación de una glándula pectoral femenina, que cuando la aprieta emite un
grito que llama a la aiga. La oiga mira por un pequeño atisbadero para ver
si es un enemigo el que ha tocado la glándula; en ese caso, no abrirá. Pero
si ve a un amigo, desata el ala de madera y abre de un tirón. Así el invitado
puede entrar en la verdadera cabaña a través de la abertura.
Incluso
esta cabaña está dividida por paredes de piedra en pequeños cubículos. Para
pasar de una parte a otra, entras en cubículos cada vez más pequeños. Cada
cubículo, llamado habitación por los Papalagi, tiene un agujero en la pared,
y los mayores a veces tienen dos o tres para dejar pasar la luz. Estos agujeros
están tapados con una pieza de vidrio que puede ser movida cuando ha de entrar
aire fresco en la habitación, lo cual es muy necesario. Hay también muchos
cubículos sin agujeros para la luz y el aire.
La
gente como nosotros se sofocaría rápidamente en canastas como éstas, porque
no hay nunca una brisa fresca como en una choza samoana. Los humos de las
chozas-cocina tampoco pueden salir. La mayor parte del tiempo el aire que
viene de afuera no es mucho mejor. Es difícil entender que la gente sobreviva
en estas circunstancias, que no se conviertan por deseo en pájaros, les crezcan
las alas y vuelen para buscar el sol y el aire fresco. Pero los Papalagi son
muy aficionados a sus canastas de piedra y ni siquiera sienten lo malas que
son.
Cada cubículo tiene su propia función.
El mayor y mejor iluminado sirve a la familia para el fono3 y la
recepción de invitados, y otro cuarto está reservado para dormir. Allí yacen
las esteras para dormir, o mejor dicho, están extendidas sobre un andamiaje
de madera que se levanta sobre altas patas, de modo que el aire circula bajo
las esteras. Un tercer cubículo se usa para ingerir comida y producir olas
de humo. En el cuarto se guarda la comida, el quinto está usado para su preparación
y el último cubículo, el más pequeño, se usa para bañarse. Ésta es la habitación
más bonita. En las paredes están colgados espejos, el suelo está decorado
con llamativas baldosas y en el centro se yergue un enorme recipiente, hecho
de metal o piedra y lleno de agua, caldeada o no. A este recipiente, quizá
más grande que la tumba de un rey, sube el Papalagi para lavarse y quitarse
las arenas de las canastas de piedra. Naturalmente hay canastas con incluso
más cubículos. En algunas cada niño tiene también su propio criado, e incluso
sus perros y caballos.
Entre estas canastas, los Papalagi
pasan su vida entera. Ahora en una canasta, después en otra, dependiendo de
la posición del sol. Sus ni-. ños crecen en el interior
de estas canastas, por encima del suelo, más arriba que la palmera más alta.
De vez en cuando los Papalagi dejan sus canastas privadas, como ellos las
llaman, para ir a una canasta donde hacen sus trabajos y no quieren ser molestados
por la presencia de esposa y niños. Mientras tanto, las mujeres y las muchachas
están atareadas en la cabaña-cocina preparando los platos, abrillantando las
pieles de los pies o lavando taparrabos. Cuando son lo suficientemente ricos
para mantener criados, entonces éstos hacen el trabajo, mientras ellos van
devolviendo visitas o salen a comprar comida fresca.
Tanta gente como hay viviendo en
Samoa, vive de este modo en Europa, y quizás incluso más. Con todo, hay poca
gente que anhele el sol, la luz y los bosques, pero como norma esto se considera
una enfermedad contra la cual uno tiene que defenderse. Cuando uno se siente
infeliz en esta vida pedregosa, los demás dicen que no es natural, con lo
que dan a entender que él no sabe lo que Dios ha querido que fuera.
Actualmente estas canastas se yerguen
a menudo unas cerca de otras, en enormes cantidades, ni siquiera separadas
por una palmera o un arbusto, como la gente de pie, hombro contra hombro.
Dentro de cada canasta vive tanta gente como habitantes hay en un pueblo entero
de Samoa. Y directamente enfrente, sólo a un tiro de piedra, una segunda fila
de canastas aparece, también hombro contra hombro y con gente viviendo en
su interior. Por consiguiente, entre las dos filas hay apenas una grieta estrecha
que los Papalagi llaman calle. Algunas veces estas grietas son tan largas
como ríos y están cubiertas de duras piedras. Uno tiene que andar hasta muy
lejos para encontrar un lugar abierto, y en este lugar abierto confluyen muchas
otras grietas. Éstas también son largas como riachuelos de agua fresca e intercomunicadas por grietas de igual longitud.
Durante días sin fin puedes caminar por estas grietas sin salir a un bosque
o ver un poco de cielo azul. Mirando hacia arriba desde estas grietas, difícilmente
puedes ver un poco de espacio claro, porque dentro de cada choza arde como
mínimo un fuego y la mayor parte del tiempo muchos a la vez. Por eso los firmamentos
están siempre llenos de humos y cenizas, como después de una erupción del
volcán en Sauaü. Las cenizas llueven sobre las grietas, por eso las canastas
de piedra han tomado el color del barro de los pantanos de mangle y la gente
tiene hollín negro en el ojo y el pelo, y arena entre los dientes.
A pesar de todo, los Papalagi caminan
entre estas grietas desde la mañana hasta la noche. Hay algunos que incluso
lo hacen con cierta pasión. He visto grietas en las que había agitación todo
el tiempo y por las que una masa de gente fluía como grueso estiércol húmedo.
Han construido en estas calles enormes cajas de cristal en las que toda clase
de cosas están expuestas, cosas que el Papalagi necesita para vivir: taparrabos,
pieles para pies y manos, ornamentos para la cabeza, cosas de comer, carne
y también frutas reales y legumbres, y muchas otras cosas más. Estas cosas
están expuestas para que todo el mundo puede verlas
y además aparecen muy tentadoras. Pero no se permite a nadie coger nada de
allí, aunque lo necesite con urgencia, hasta después de pedir permiso y de
hacer un sacrificio.
Hay
muchas grietas en las que el peligro acecha por todas partes, porque la gente
no sólo camina una contra otra, sino que se embisten también desde dentro
de enormes cajas de vidrio que se deslizan en correderas de metal. Hay un
ruido tremendo. Nuestras orejas empiezan a silbar a causa de los caballos
que golpean el pavimento con sus pezuñas y de la gente que patea con fuerza
con sus pieles de los pies; a causa de los niños berreando y de los hombres
chillando. Y todos ellos gritan, por alegría o por miedo. Es imposible hacerte
oír, a menos de que grites tú también. Hay un repiqueteo, retumbar, crujir
y aporrear continuo, como si estuvieras de pie ante los acantilados de Sauaü
durante una gran tormenta. Pero ese ruido al menos es agradable y no te roba
la voz como sucede con el ruido de estas grietas de piedra.
Estas
canastas de piedra con toda esa gente, estas profundas grietas de piedra entrelazándose
como largos ríos, la actividad febril y el movimiento, el humo negro y la
suciedad flotando en lo alto sin un simple árbol, sin una mancha de cielo
azul o bellas nubes, todo esto junto es llamado «ciudad» por los Papalagi.
La ciudad es su creación y su orgullo. La gente que está viviendo allí no
ha visto nunca un árbol o un bosque, jamás han visto el cielo claro ni han
encontrado al Gran Espíritu cara a cara, son gente que vive omo los reptiles
en las lagunas o en los arrecifes de coral, aunque estos animales, al menos,
son bañados por la clara agua del mar y besados por los labios cálidos de
los rayos del sol. ¿Están los Papalagi orgullosos de haber reunido tanta piedra?
No lo sé. Los Papalagi son gente con gustos raros. Sin ninguna razón en especial,
hacen toda clase de cosas que les ponen enfermos, pero aún se sienten orgullosos
de ellas y cantan odas a su propia gloria.
Así llaman ciudad a lo que he descrito.
Y hay muchas ciudades semejantes, pequeñas y grandes. En la más grande vive
uno de los jefes del país. Las ciudades están dispersas sobre las tierras,
como nuestras islas están dispersas en el mar. Algunas veces no hay
más que la distancia de un baño entrE ellas, otras veces un día de viaje.
Todas estas islas de piedra están muy bien comunicadas por caminos. Pero también
puedes viajar en un barco de tierra, largo y estrecho como un gusano, despidiendo
humo todo el tiempo y deslizándose muy rápido sobre caminos de hierro, más
rápido que una canoa con doce hombres remando al límite de velocidad. Pero
si quieres llamar a un «tafola», a un amigo que está lejos, no necesitas caminar
o desplazarte hasta él, puedes soplar tus palabras en una cuerda de metal
que corre entre una isla de piedra y otra como una larga enredadera. Más rápido
de lo que un pájaro puede volar llegarán a su destino.
Entre
estas islas de piedras se encuentra la verdadera tierra llamada Europa. Fuera
de allí, hay regiones tan bellas y fértiles como nuestras islas, donde hay
pájaros, ríos y bosques y también pueblos de verdad.
En
estos pueblos vive otra gente que en las ciudades, gente de carácter diferente.
Se les llama gente de campo. Tienen manos más grandes y taparrabos más sucios.
Su vida es mucho más saludable y hermosa que la de la gente de las grietas,
pero no se dan cuenta. Están celosos de la gente de la ciudad, a los que llaman
huesos gandules porque no trabajan la tierra, ni plantan las frutas
o las recogen. Viven en animosidad unos contra otros porque tienen que darles
comida de sus tierras, coger las frutas para que la gente de las grietas se
las coma y criar y cuidar al ganado hasta que haya engordado y entonces compartirlo
con los otros. Naturalmente, es difícil proveer a toda esa gente de la ciudad
de comida y no entienden, con razón, por qué esos huesos-gandules llevan taparrabos
más limpios y por qué tienen manos más bellas y blancas que ellos, y por qué
no tienen que sudar al sol y tiritar en la fría lluvia.
A
la gente de las grietas no les importa mucho todo
esto. Están convencidos de que tienen más derechos que la gente del campo
y de que su trabajo es más importante que plantar legumbres en la tierra.
A pesar de todo, este conflicto entre los Papalagi no es lo suficientemente
serio para acabar en guerra. Pero ya vivan en el campo o en las grietas, a
los Papalagi les gustan en general las cosas tal como son. El hombre del campo
admira las viviendas de la gente de las grietas cuando ocasionalmente va allí,
y la gente de las grietas gorgea y canta todo su poderío cuando pasa por un
pueblo. La gente de las grietas permite a la gente del campo cebar sus cerdos
artificialmente, y la gente del campo les deja construir sus canastas de piedra
y regocijarse en ello.
Pero
nosotros, niños libres del sol y de la luz, permaneceremos leales al Gran
Espíritu y no oprimiremos nuestros corazones con piedras pesadas. Sólo gente
enferma y perdida que se ha alejado de la mano de Dios puede vivir en grietas,
donde el sol, el viento y la luz no pueden entrar. Con placer dejamos al Papalagi
su dudosa felicidad, pero nos defenderemos contra sus esfuerzos de construir
canastas de piedra también en nuestro soleado país y de matar la alegría de
la vida con rocas, grietas, suciedad, ruido, humo y polvo, como es su intención.
(1) Familia.
(2) Tres islas
pertenecientes al grupo de Samoa.
(3)
Salutaciones.
EL METAL REDONDO
Y
EL PAPEL TOSCO
scuchadme con mente abierta, mis más sensibles hermanos,
y estad agradecidos de no conocer los pecados y horrores del hombre blanco.
Todos vosotros sois mis testigos de que el misionero dijo: «Dios es amor».
Un buen cristiano ha de mantener siempre la imagen del amor ante sus ojos.Ésta
es la razón, según él, por la que el hombre sólo
reza al Gran Dios. Hermanos, él nos ha mentido y nos ha estafado; él fue sobornado
por los Papalagi para conducimos por el mismo camino con las palabras del
Gran Espíritu. Porque ellos adoran el papel tosco y el metal redondo, invocan
al dinero como a un Dios.
Cuando hablas a un Europeo sobre el Dios del Amor, sonríe y pone cara divertida.
Sonríe por tu estupidez. Pero tan pronto como le muestres una pieza de metal
redondo y brillante o una hoja de papel tosco, entonces sus ojos se iluminan
y la saliva empieza a babear por sus labios. Dinero es su único amor, el dinero
es su Dios. Esto es en lo que todos los blancos piensan, incluso cuando duermen.
Hay algunos cuyas manos se han vuelto retorcidas y han tomado la apariencia
de las patas de una termita, como resultado del continuo esfuerzo por obtener
el metal y el papel. A otros se les han vuelto ciegos sus ojos de tanto contar
el dinero. Existen aquéllos que han dado su alegría a cambio de dinero, su
risa, su honor, su alma, su felicidad; sí, incluso su esposa y niños. Casi
todos ellos han dado su salud por dinero. Lo llevan consigo en sus taparrabos,
doblado junto, entre duras pieles. Por la noche lo ponen bajo su envuelve-camas,
de modo que nadie pueda llevárselo. Piensan en él noche y día, cada hora,
cada minuto. Y todo el mundo ¡todo el mundo! ¡los niños también! Se lo llevan a casa. Sus madres se lo enseñan
y lo ven de sus propios padres. Cuando caminas por las grietas de Siamanisi,
oyes gritar por todas partes. ¡mark! Y un momento después otra vez ¡mark! En todas partes oyes este grito,
ya que es el nombre local del metal redondo y del papel tosco. En Fafali2,
se le llama franc, en Peletania3, shilling, y
en Italia, lira. Mark, franc, shilling, lira, todo es lo mismo. Todo significa
dinero, dinero, dinero. Dinero es el único Dios verdadero de los Papalagi,
al menos si consideras que Dios es lo que más amas.
Y así, en la tierra de los blancos
es imposible estar sin dinero, ni siquiera por un momento, entre el amanecer
y el ocaso, ¡sin nada de dinero! No podrías satisfacer tu hambre, tu sed,
serías incapaz de encontrar una estera para la noche. Te encerrarían en la
más sombría pfui-pful4 y difamarían tu nombre en muchos
papeles5, porque no tienes dinero. Tienes que pagar, que significa
dar dinero, por el suelo en el que permaneces de pie, por el punto donde quieres
construir tu cabaña, por la estera para la noche, por la luz que brilla en
el interior de tu cabaña. Cuando quieres cazar al gorrión o ir a un sitio
en el que la gente se divierte, donde cantan y bailan, o si quieres pedir
consejo a tu hermano, debes pagar por todo. En todas partes tu hermano permanece
con una mano extendida y te despreciará y maldecirá si la dejas sin llenar.
Una sonrisa de excusa o una mirada amistosa no ayudan a ablandar su corazón.
En lugar de eso abrirá su boca y te gritará: «¡Granuja,
huesos-gandules, mendigo!», que significa todo lo mismo y está considerado
como un grave insulto. Incluso para nacer tienes que pagar y, cuando mueres,
tu aiga debe pagar, puesto que tú estás muerto y debes pagar para obtener
permiso para depositar tu cuerpo en la tierra y por la gran piedra que ponen
encima de tu tumba como recordatorio.
He descubierto una única cosa por
la que no se pide dinero y de la que todo el mundo puede tomar tanto como
quiera: el aire para respirar. Pero sospecho que eso ha escapado meramente
a su atención y no dudo en decir que, si mis palabras pudieran ser oídas en
Europa, inmediatamente pedirían metal y papel tosco por eso también. Porque
cada europeo siempre está a la búsqueda de una razón para pedir continuamente
más dinero.
Estar en Europa sin dinero es como
ser un hombre sin cabeza, sin miembros, un cero. Debes tener dinero. Necesitas
dinero como necesita la comida, beber y dormir. Cuanto más dinero tienes más
fácil es la vida. Cuando posees dinero puedes comprar tabaco, anillos y hermosos
taparrabos. Puedes comprar tanto tabaco, anillos y taparrabos como quieras,
tanto como tu dinero te permita. Si tienes mucho dinero, puedes comprar muchas
cosas. Por consiguiente todo el mundo quiere más del que tiene el otro. Por
eso todos van tras el dinero y los ojos de todo el mundo lo persiguen constantemente.
Cuando tiras una pieza de metal redondo en la arena, los niños se arrojan
detrás y luchan por él, y el que lo coges es el vencedor y está muy feliz.
Sin embargo no se tiran regularmente piezas de dinero en la arena. ¿De dónde
viene el dinero?, ¿Cómo puedes obtener mucho? Oh, de todas las formas, fácil
y difícil. Cuando cortas el cabello a tu hermano, cuando quitas la suciedad
de enfrente de su casa, cuando vas en una canoa por el agua y cuando tienes
un gran pensamiento. Sí, en este documento debe mencionarse que no sólo se
pide el metal redondo y el papel tosco para casi todo; también puedes obtenerlo
haciendo casi nada. Lo único que tienes que hacer es realizar una acción que
en Europa es llamada «trabajo». «Trabaja y tendrás dinero», es la norma común
europea. Existe, sin embargo, una gran injusticia que el Papalagi tiende a
ignorar, y que no considerará porque
significaría reconocer esta injusticia. No toda la gente que tiene mucho dinero
también trabaja mucho. (Naturalmente a todo el mundo le gustaría tener mucho
dinero sin tener que trabajar por ello). Así es como funciona; tan pronto
como un blanco tiene suficiente dinero para su comida, su cabaña y su estera,
y un poco para ahorrar, por ese poco deja a su hermano trabajar con
él. Empieza dejándole hacer el trabajo que pone sus manos toscas y sucias.
Le deja que limpie la suciedad que él hace. Y si es una mujer, alquila una
muchacha para hacer el trabajo por ella. La chica debe limpiar las esferas
sucias, los utensilios para la comida y las pieles de los pies. Debe remendar
los taparrabos rasgados y no puede hacer nada que no sea agradable o útil
a la señora. De este modo él o ella ganan tiempo para hacer un trabajo mayor,
más importante o más agradable, por el que reciben más dinero y no tienen
que ensuciarse las manos o fatigar sus músculos. Si él es un constructor de
botes, ellos tienen que ayudarle a construir botes. Del dinero que él gana
con el trabajo de otro hombre, dinero que con todo derecho debiera pertenecer
a este hombre, aparte la mayor parte y tan pronto como puede, alquila a otro
hombre para trabajar por él y más tarde a un tercero; más y más hermanos están
construyendo botes para él, algunas veces hasta más de cien. Finalmente ya
no hace nada más que tumbarse en su estera, beber kaua europea y quemar esas
cañas humeantes. Él da los barcos cuando están listos y recibe el metal redondo
y el papel tosco, que los otros ganaron por él. La gente dice que es rico.
Todo el mundo le envidia, le adula, le habla de un modo amistoso. Porque en
la tierra de los blancos un hombre no es respetado por su nobleza o su valor,
sino por la cantidad de dinero que tiene, cuánto gana en un día y cuánto puede
recoger en sus cajas fuertes de hierro, que son tan pesadas que ni siquiera
un terremoto puede menearlas. Hay muchos blancos que ahorran todo el dinero
que los otros ganan para ellos; entonces lo llevan a un sitio donde está muy
bien guardado. Siempre llevan más dinero allí, hasta que ni siquiera necesitan
ya a los otros para hacer el trabajo por ellos, porque el dinero hace el trabajo
por sí solo. Cómo una cosa así es posible, sin nada en absoluto de hechicería,
nunca me resultó del todo claro, pero parece que el dinero llama
al dinero; como las hojas creciendo
en un árbol, así un hombre se va haciendo cada vez más rico, incluso cuando
está dormido.
Ni siquiera cuando alguien tiene
mucho dinero, mucho más del que la mayoría de gente tiene, tanto que cientos
de miles de trabajadores podrían reducir con él su aflicción, cede nada de
él. Cubre el metal redondo con sus manos y se sienta sobre el papel tosco;
avaricia y avidez arden en sus ojos. Y cuando le preguntas qué proyecta hacer
con todo ese dinero, dándote cuenta de que no puedes hacer mucho más en la
tierra que vestirte y saciar tu hambre y tu sed, entonces no sabe qué decir
o contesta: «Quiero ganar más dinero, siempre más y más». Entonces pronto
te percatas de que el dinero le ha vuelto enfermo, que su sentido común ha
escapado ante la enfermedad del dinero.
Él está enfermo y poseído, porque
su alma ha sido atrapada por el metal redondo y el papel tosco, y ya nunca
parará de acumular tanto como sea posible. Nunca puede razonar: quiero dejar
éste mundo sin haber hecho ninguna maldad y sin llevar lastre alguno, porque
así es como el Gran Espíritu me envió al mundo, sin metal redondo o papel
tosco. De este hecho sólo unos pocos se dan cuenta. La mayoría permanecen
enfermos para siempre, nunca vuelven a estar sanos de corazón otra vez y sólo
se complacen en el poder que las enormes cantidades de dinero les proporcionan.
Se hinchan con orgullo, como la fruta tropical tras un chaparrón. Con júbilo
dejan a sus hermanos ejecutar la labor pesada, mientras ellos crecen gordos
y echan carnes. Hacen eso sin entrar en conflicto con su conciencia. Muy orgullosos,
miran sus dedos limpios, que nunca volverán a ensuciarse otra vez. El conocimiento
de que continuamente roban la fuerza de los otros para añadirla a la suya
propia, no les preocupa o les roba el sueño por la noche. No entra en sus
mentes compartir con los otros el dinero para aliviar su carga.
Por eso hay dos clases diferentes
de gente en Europa: el primer tipo tiene que trabajar duro y el segundo trabaja
sólo un poco, o nada en absoluto. Un grupo nunca tiene tiempo para sentarse
al sol, mientras que los otros no hacen nada más. El Papalagi dice: «No toda
la gente puede tener tanto como tienen algunos». En este refrán basa el derecho
a ser cruel cuando trafica con dinero. Su corazón es como una piedra y su
sangre es fría. Sí, él engaña, miente, y es siempre deshonesto y peligroso
cuando sus manos van a conseguir dinero. Ocurre a menudo que un Papalagi mata
a otro, sólo por dinero. O le mata con el veneno de sus palabras o le droga
para despojarle después de todo. Usualmente es ésta la razón por la que uno
no confía en el otro; todos ellos conocen su debilidad. También por eso es
imposible averiguar si un hombre con mucho dinero tiene también buen corazón.
Es posible que sea muy malo. Nunca puedes averiguar cómo y dónde ha amasado
sus riquezas.
Pero por esta misma razón, un hombre
rico nunca sabe si los honores que se le hacen son por su metal redondo o
por él; normalmente es por su metal redondo. Por consiguiente, tampoco entiendo
por qué las personas que no poseen metal redondo y papel tosco se sienten
avergonzadas y envidian a las otras, en lugar de dejar a las otras envidiarlas
a ellas. Porque no es ni honorable ni bueno llevar muchos cordeles con conchas.
Tampoco es bueno ser bendecido con tanto dinero. Deja a la gente sin aliento
y estorba los movimientos naturales del cuerpo.
Pero ni un simple Papalagi osa
despreciar el dinero. Aquellos que no aman el dinero son ridiculizados, son
ualea6. Riqueza es tener mucho dinero, es ser feliz, esto es lo
que el Papalagi dice. Y también dice: el país más rico es el más feliz.
Mis hermanos de piel luminosa,
todos nosotros somos pobres. Nuestra tierra es la más pobre de todas las tierras
bajo el sol. No tenemos suficiente metal redondo o papel tosco para llenar
ni siquiera un cofre. De acuerdo con las normas de los Papalagi somos desdichados
mendigos. Y todavía, cuando miro a vuestros ojos y los comparo con
aquéllos de los ricos allí, encuentro los suyos cansados, mortecinos y perezosos,
mientras que los vuestros brillan como la gran luz, emitiendo rayos de felicidad,
fuerza, vida y salud. Sólo he visto ojos como los vuestros en los niños
de los Papalagi, antes de que puedan hablar. Porque antes de esa época no
tienen todavía conocimiento del dinero. ¡Qué poderosa es la gracia del Gran
Espíritu, que nos protege de ese aitu! El dinero es un aitu, porque todo lo
hace malo y a todo el mundo hace malo. Incluso si sólo tocas el dinero, caes
bajo su hechizo y aquél que lo ama debe servirlo y consagrarle toda
su fuerza durante el resto de su vida. Amemos nuestras formas nobles y despreciemos
al hombre que pide una afola7 a cambio de su hospitalidad
o por cada fruto que te da. Respetemos nuestras normas que no permiten a uno
tener mucho más que a otro, o a alguien tener mucho y al otro no tener nada
en absoluto. Así no llegaremos a ser como los Papalagi y no estaremos felices
y contentos cuando nuestro hermano, al lado, se sienta infeliz y triste.
Pero, sobre todo, pongámonos a
salvo del dinero. Los Papalagi también agitan el metal redondo y el papel
tosco delante de nuestros ojos, para despertar nuestra codicia. Declaran que
nos harán más ricos y felices. Muchos de entre nosotros hemos sido casi tocados
y cegados por esta espantosa enfermedad.
Pero vosotros creéis las palabras
de vuestro humilde y sabéis que cuento la verdad cuando digo que el dinero
no hace nunca más o menos feliz, sino que lanza el corazón a la confusión
infinita, que con dinero nadie es nunca ayudado por sí mismo, que no os hará
más contentos, más fuertes, más felices; odiad el metal redondo y el papel
tosco, del mismo modo que odiáis a vuestro peor enemigo.
(1) Alemania
(2) Francia (3)
Inglaterra
(4) Cárcel,
prisión (5) Periódicos (6) Estúpido
(7) Regalo o
recompensa

LOS PAPOLOGI
SON POBRES
A CAUSA DE SUS MUCHAS COSAS
También
podéis reconocer al Papalagi por su deseo de hacernos sabios y porque nos
dice que somos pobres y desdichados y que estamos necesitados de su ayuda
y comprensión, porque no poseemos nada.
Permitidme explicaros, hermanos
queridos de las muchas islas, qué es UNA COSA.
Un coco es una cosa: un matamoscas,
un taparrabos, la concha, el anillo del dedo, el recipiente para la comida
y el tocado, todo ello son cosas. Pero hay dos clases de cosas. Hay cosas
hechas por el Gran Espíritu sin que lo veamos y que nosotros, los niños de
la tierra, no tenemos dificultad en obtener. Como, por ejemplo, el coco, la
banana y la concha de mar.
Después, hay cosas hechas por la
gente a base de mucho trabajo y privación, cosas como anillos para los dedos,
matamoscas y recipientes de comida. Pues bien, los al¡¡
piensan que tenemos necesidad de las cosas hechas por sus manos, porque ciertamente
no piensan en las cosas con las que el Gran Espíritu nos provee. Porque, ¿quién
puede ser más rico que nosotros? y ¿quién puede poseer más cosas del Gran
Espíritu que justamente nosotros? Lanzad vuestros ojos al horizonte más lejano,
donde el ancho espacio azul descansa en el borde del mundo. Todo está lleno
de grandes cosas: la selva, con sus pichones salvajes, colibrís y loros; las
lagunas, con sus pepinos de mar, conchas y vida marina; la arena, con su cara
brillante y su piel suave; el agua crecida, que puede encolerizarse como un
grupo de guerreros o sonreír como una Taopou; y la amplia cúpula azul que
cambia de color cada hora y trae grandes flores que nos bendicen con su luz
dorada y plateada. ¿Por qué ser tan locos como para producir más cosas, ahora
que tenemos ya tantas cosas notables que nos han sido dadas por el mismo Gran
Espíritu? De cualquier forma, nunca seremos capaces de mejorar sus trabajos,
porque nuestro espíritu es débil y endeble, y el poder del Gran Espíritu es
enorme; comparadas a sus enormes y omnipotentes manos, las nuestras son pequeñas
y débiles. Las cosas que pueden hacer son endebles y no vale la pena hablar
de ellas. Podemos hacer más largo nuestro brazo con un palo y agrandar el
hueco formado por nuestras manos con un tanoal pero todavía no ha habido un
samoano o un Papalagi que triunfara en hacer una palmera o una planta de kaua.
Actualmente esos Papalagi piensan
que pueden hacer mucho y que son tan fuertes como el Gran Espíritu. Por esa
razón, miles y miles de manos no hacen nada más que producir cosas, del amanecer
al crepúsculo. El hombre hace cosas, de las cuales no conocemos el propósito
ni la belleza. Y los Papalagi inventan cada vez más cosas. Sus manos arden,
sus rostros se vuelven cenicientos y sus espaldas están encorvadas, pero todavía
revientan de felicidad cuando han triunfado haciendo una cosa nueva. Y, de
repente, todo el mundo quiere tener tal cosa; la ponen frente a ellos, la
adoran y le cantan elogios en su lenguaje.
¡Oh, hermanos!, confirmad mis creencias
porque he observado al Papalagi y he visto sus intenciones tan claras como
si las iluminase el sol del mediodía. Porque él destruye todas las cosas del
Gran Espíritu. Donde quiera que vaya, quiere volver a la vida de nuevo, por
su propio poder, aquellas cosas que primero ha matado, y quiere luego considerarse
a sí mismo el Gran Espíritu porque produce tantas cosas.
Hermanos, tratad de imaginar que
en este mismo momento se levantase una tormenta y arrasara todas las selvas
y montañas, que también las conchas y cangrejos fuesen arrastrados de la laguna
y ni siquiera quedase una flor de hibisco para que nuestras chicas la llevasen
en el cabello, tratad de imaginar que todo lo que vemos a nuestro alrededor
desapareciese repentinamente, de modo que nada quedase y la arena y la tierra
llegasen a ser como la palma de nuestra mano o la colina sobre la que el magma
se ha deslizado. Entonces tendríamos que llorar a la palmera, a las conchas
y a la selva, tendríamos que afligirnos por todo. Donde se congregan todas
las chozas que ellos llaman una ciudad, allí la tierra está tan desnuda como
la palma de vuestra mano y ésta es una de las razones por las que a los Papalagi
se les han ablandado los sesos y juegan a ser el Gran Espíritu en persona:
para no pensar en todas las cosas que han perdido. Porque están despojados
y porque su tierra se ha vuelto tan triste que coleccionan cosas como un loco
colecciona hojas muertas y llena su cabaña con ellas hasta que todo espacio
libre queda ocupado. Ésta es la razón de que nos envidie y espere hacernos
tan pobres como él es.
Es signo de gran pobreza que alguien
necesite muchas cosas, porque de ese modo demuestra que carece de las cosas
del Gran Espíritu. Los Papalagi son pobres porque persiguen las cosas como
locos. Sin cosas no pueden vivir. Cuando han hecho del caparazón de una tortuga
un objeto para arreglar su cabello, hacen un pellejo para esa herramienta,
y para el pellejo hacen una caja, y para la caja, una caja más grande. Todo
lo envuelven en pellejos y cajas. Hay cajas para taparrabos, para telas de
arriba y para telas de abajo, para las telas de la colada, para las telas
de la boca y otras clases de telas. Cajas para las pieles de las manos y las
pieles de los pies, para el metal redondo y el papel tosco, para su comida
y para su libro sagrado, para todo lo que podáis imaginar. Cuando una cosa
sería suficiente, hacen dos. Si entras en una cabaña europea para cocinar,
ves tantos recipientes para la comida y herramientas que es
imposible usarlos todos a la vez. Y por cada plato hay un tanoa distinto:
uno para el agua y otro para el kaua europeo, uno para los cocos y otro para
las uvas.
Hay tantas cosas dentro de una
choza europea, que si cada hombre de un pueblo samoano se llevase un brazado,
la gente que vive en ella no sería capaz de llevarse el resto. En cada choza
hay tantos objetos que los caballeros blancos emplean muchas personas sólo
para ponerlos en el sitio que les corresponde y para limpiarles la arena.
Incluso las taopou de alta cuna emplean gran cantidad de su tiempo
en contar, rearreglar y limpiar todas sus cosas.
Todos vosotros sabéis, hermanos,
que cuento la verdad que he visto con mis propios ojos, sin añadir a mi historia
ninguna opinión. Por eso creedme cuando os cuento que hay gente en Europa
que presionan un palo de fuego en sus frentes y se matan, porque prefieren
no vivir a vivir sin cosas. Los Papalagi turban de todos los modos posibles
sus mentes y enloquecen pensando que el hombre no puede vivir sin cosas, como
no puede vivir sin comida.
También por eso, nunca he sido
capaz de encontrar una choza en Europa donde pudiera descansar del modo apropiado
en mi estera, sin nada que estorbara mis miembros cuando quería estirarme.
Todas aquellas cosas lanzan destellos de luz o gritan chillonamente con las
voces de sus colores, de tal modo que no podía cerrar mis ojos en paz. Nunca
hallé el verdadero reposo allí ni fue mayor mi nostalgia por mi cabaña samoana;
esa cabaña en la que no hay nada más que una estera para dormir y un envuelve-cama,
y donde nada te turba salvo la suave brisa del mar.
Los que tienen pocas cosas se llaman
a sí mismos pobres o infelices. Ningún Papalagi canta o va por la vida con
un destello en su mirada cuando su única posesiones un recipiente de comida
como hacemos nosotros. Si los hombres y mujeres del mundo de los blancos residieran
en nuestras cabañas, se lamentarían y afligirían, e irían a buscar rápidamente
madera de los bosques y caparazones de tortuga, vidrios, fuerte alambre y
llamativas piedras y mucho, mucho más. Y moverían sus manos de la mañana hasta
la noche, hasta que la choza samoana estuviese llena de objetos enormes y
pequeños que se rompen fácilmente y son destructibles por el fuego y la lluvia,
y que por esto deben sustituirse todo el tiempo.
Cuantas más cosas necesitas, mejor
europeo eres. Por esto las manos de los Papalagi nunca están quietas, siempre
hacen cosas. Ésta es la razón por la que los rostros de la gente blanca parecen
a menudo cansados y tristes y la causa de que pocos de ellos puedan hallar
un momento para mirar las cosas del Gran Espíritu o jugar en la plaza del
pueblo, componer canciones felices o danzar en la luz de una fiesta y obtener
placer de sus cuerpos saludables, como es posible para todos nosotros2.
Tienen que hacer cosas. Tienen
que seguir con sus cosas. Las cosas se cierran y reptan sobre ellos, como
un ejército de diminutas hormigas de arena. Ellos cometen los más horribles
crímenes a sangre fría, sólo para obtener más cosas. No hacen la guerra para
satisfacer su orgullo masculino o medir su fuerza, sino sólo para obtener
cosas.
No obstante se dan cuenta del gran
derroche que es su vida o no habría tantos Papalagi de alta posición que no
hacen durante su existencia nada más que sumergir cabellos en zumos coloreados
y con ellos formar bellas representaciones-espejo sobre esteras blancas. Escriben
todas las buenas palabras de Dios, tan brillantes y llenas de color como pueden.
También moldean gente con arcilla blanca, sin ningún taparrabos; muchachas
de movimientos libres, encantadoras como la taopou de Matautu e imágenes
de hombres, blandiendo garrotes y acechando al pichón salvaje en el bosque.
Gente hecha de piedra, para la que los Papalagi construyen enormes cabañas
festivas, a las que la gente viaja desde enormes distancias para disfrutar
de su gracia y belleza. Permanecen de pie enfrente de ellas, apretadamente
cubiertos con sus taparrabos y tiritando. Yo he visto a los Papalagi lamentarse
cuando admiraban la belleza que ellos mismos habían perdido.
Ahora el hombre blanco quiere hacernos
ricos trayéndonos todos sus tesoros, sus cosas. Pero esas cosas son como flechas
envenenadas, que matan a aquéllos en cuyo pecho se han introducido. Una vez
oí, por casualidad, decir a un hombre que conoce bien nuestras islas: «Vamos
a forzar nuevas necesidades en ellos». ¡Las necesidades son cosas! Y aquel
sabio dijo más: «Entonces podemos ponerles a trabajar también fácilmente».
Quería decir que tendríamos que usar la fuerza de nuestras manos para hacer
cosas, cosas para nosotros mismos, pero principalmente cosas para los Papalagi.
Debemos estar también cansados, encorvados y grises.
Hermanos de muchas islas, debemos
mantener nuestros ojos muy abiertos, porque las palabras de los Papalagi saben
como los dulces plátanos, pero están llenas de flechas escondidas que saldrán
para matar toda la luz y alegría que hay en nosotros. No olvidemos nunca eso.
Aparte de lo que nos ha dado el Gran Espíritu, precisamos muy poco. Él nos
dio ojos para ver las cosas, pero necesitáis más que todo el tiempo de nuestra
vida para verlas todas. Y nunca pasó mayor mentira por los labios de un ser
humano como cuando el hombre blanco nos dice que las cosas del Gran Espíritu
tienen muy poco valor, pero que las cosas que ellos producen son más útiles
y valiosas. Sus propios objetos, son numerosos, resplandecientes y brillantes,
lanzan miradas seductoras a nuestro sistema de vida y se nos imponen, pero
nunca hacen el cuerpo de un Papalagi más bello, sus ojos más brillantes o
sus mentes más agudas. Ésta es otra razón por la que sus cosas tienen poco
valor y las palabras que pronuncian y fuerzan violentamente nuestra consciencia,
son pensamientos empapados de veneno, las eyaculaciones de un espíritu maligno.
(1) Recipiente
de madera de 3 o 4 patas , usado para la preparación
de la bebida nativa.
(2) Muy a menudo,
los samoanos van a jugar y bailar juntos. Aprenden a bailar a muy temprana
edad. Cada pueblo tiene sus canciones y poetas. Por la noche se puede oír
cantar dentro de cada cabaña. El canto es melodioso, principalmente porque
el idioma es muy rico en vocales, pero también a causa del delicado «buen
oído» de los isleños.
LOS PAPALAGI
NO TIENEN TIEMPO
os Papalagi adoran el metal redondo y el papel
tosco; les da mucho placer poner los zumos del fruto muerto y la carne de
los cerdos, bueyes y otros animales horribles dentro de sus estómagos. Pero
también sienten pasión por algo que no podéis comprender, pero que a pesar
de esto existe: el tiempo. Lo toman muy en serio y cuentan toda clase de tonterías
sobre él. Aunque nunca habrá más tiempo entre el amanecer y el ocaso, esto
no es suficiente para ellos.
Los
Papalagi nunca están satisfechos con su tiempo y culpan al Gran Espíritu por
no darles más. Sí, difaman a Dios y a su gran sabiduría dividiendo cada nuevo
día en un complejo patrón, cortándolo en piezas, del mismo modo que nosotros
cortamos el interior de un coco con nuestro machete. Cada parte tiene su nombre.
Todas ellas son llamadas segundos, minutos u horas. El segundo es más pequeño
que el minuto y el minuto más pequeño que la hora. Pero todos ellos ensartados
juntos forman una hora. Para hacer una hora, necesitas sesenta minutos y muchos,
muchos segundos.
Ésta es una historia increíblemente
confusa, de la cual yo mismo no he entendido todavía los puntos más sutiles,
puesto que es difícil para mí estudiar esta tontería más allá de lo necesario.
Pero los Papalagi le atribuyen mucha importancia. Hombres, mujeres y hasta
niños demasiado pequeños para andar, llevan una máquina pequeña, plana y redonda,
dentro de sus taparrabos. atada a una cadena de metal
pesado, colgando alrededor de la garganta o alrededor de la muñeca; una máquina
que les dice la hora. Leerla no es fácil. Se les enseña a los niños arrimándolos
a sus orejas, para despertar su curiosidad.
Estas máquinas son tan ligeras
que puedes levantarlas con los dedos y llevan una maquinaria dentro de sus
estómagos, como los grandes barcos que todos vosotros conocéis. Hay también
grandes máquinas del tiempo, que permanecen de pie en el interior de sus cabañas,
o colgando de una gran casa para así ser más visibles. Ahora bien, cuando
una parte del tiempo ha pasado, queda indicado por dos pequeños dedos sobre
la cara de la máquina y, a la vez, grita y un espíritu hace chocar el hierro
en su interior. Cuando en una ciudad europea ha pasado cierta parte del tiempo,
estalla un espantoso y clamoroso estrépito.
Al sonar este ruido del tiempo,
los Papalagi se lamentan: «¡Terrible, otra hora esfumada!».
Y entonces, como una norma, ponen el rostro sombrío de alguien que tiene que
vivir una gran tragedia. Asombroso, pues inmediatamente después empieza una
nueva hora.
Nunca he sido capaz de comprender
eso, pero creo que debe ser una enfermedad. Lamentos comunes a la gente blanca
son: el tiempo se desvanece como el humo, el tiempo corre y dame sólo un
poco más de tiempo.
He dicho que probablemente es alguna
clase de enfermedad; porque cuando el hombre blanco siente deseos de hacer
algo, cuando por ejemplo su corazón desea ir caminando por el sol, navegar
en un bote por el río o hacer el amor a su amiga, usualmente se priva de su
propia dicha al ser incapaz de encontrarlo. Mencionará miles de cosas que
se llevan su tiempo. Malhumorado y farfullando soporta un trabajo que no siente
ganas de realizar, que no le da ningún placer y al que nadie más que él mismo
le obliga. Y cuando, repentinamente, descubre que en verdad tiene tiempo o
cuando otros se lo dan -los Papalagi se dan a menudo unos a otros tiempo y
ningún regalo es más preciado que ése- entonces descubre que no sabe qué hacer
durante ese tiempo en particular, o que está demasiado cansado de su trabajo,
sin alegría. Y siempre está determinado a hacer esas cosas mañana, porque
hoy no tiene tiempo.
Hay Papalagi que dicen no tener
nunca tiempo. Caminan aturdidos como si hubieran sido tomados por un aitu
y dondequiera que se muestren provocan desastres, porque han perdido su tiempo.
Estar poseído es una terrible enfermedad que la medicina del hombre no puede
curar y que contagia a muchos otros, volviéndolos profundamente infelices.
Porque los Papalagi siempre están
asustados de perder su tiempo, no sólo los hombres, sino también las mujeres
y hasta los niños pequeños; todos saben exactamente cuántas veces el sol y
la luna se han levantado desde el día en que vieron la gran luz por primera
vez. Sí; juega un papel tan importante en sus vidas, que lo celebran a intervalos
regulares, con flores y fiestas. Muy a menudo he observado que la gente tenía
que avergonzarse por mí, porque me preguntaban mi edad y yo empezaba a reírme
y no la sabía. «Pero tú tienes que saber tu propia edad». Entonces guardaba
silencio y pensaba: es mejor para mí no saberla.
¿Cuántos años tienes?, significa
cuántas lunas han vivido. Examinar y contar de ese modo está lleno de peligros,
porque así se ha descubierto cuántas lunas suele vivir la gente. Entonces
guardan eso en la mente y cuando han pasado una gran cantidad de lunas, dicen:
«Ahora tengo que morir pronto». Se vuelven silenciosos y tristes y, en efecto,
mueren después de un corto período.
En Europa hay realmente poca gente
que tenga tiempo. Puede incluso que ninguna. Ésa es la razón por la que la
gente corre por la vida como una piedra lanzada. Casi todos mantienen sus
ojos pegados al suelo cuando caminan y balancean sus brazos para llevar mejor
el paso. Cuando alguien les para, le gritan malhumoradamente: «¿Por qué me has parado? No tengo tiempo,
¡Haz buen uso de tu propio tiempo!»
Parece que piensan que un hombre que camina rápido es más valiente que uno
que camina despacio.
Una vez vi la cabeza de un hombre casi explotar, sus ojos girar sobre sí mismos, su gaznate hacerse ancho, abierto como el de un pez moribundo, y pegar con sus manos y pies, sól