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Combatieron al Sur de la Muralla

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A los que combatieron al sur del castillo
Anónimo, del s. II A. de C.
 
Combatieron al sur del castillo,
murieron del lado norte de la muralla,
en el pantano,
           y no fueron enterrados.

Su carne alimentó a los buitres.
         “Digan a los buitres que no les tememos,
         hemos muerto en el pantano y no fuimos enterrados,
         ¿cómo escaparían nuestros restos a sus picos?”


Las aguas corren rápidas, los juncos son oscuros.
Los jinetes dieron lo mejor de sí pero fueron abatidos y
sus caballos aún deambulan relinchando.


Más allá del puente había una granja.
¿Era al sur o al norte?
Nunca se llegó a cosechar el grano,
no esperemos ofrendas.

Sirvieron a su señor con valentía,
pero todo fue en vano.
Yo los recuerdo, valientes soldados,
vuestro servicio no será olvidado.
Por la mañana salieron a dar batalla,
ninguno de ustedes regresó esa noche.


 

 

Rocío sobre los echalotes
 
Sobre los echalotes
¡qué rápido se seca el rocío!
El rocío que se secó esta tarde nuevamente,
durante el crepúsculo,
                    aparecerá.
El hombre muerto... una vez ido,
                    ¿retornará?

 
 
Una vida de despedidas
(Anónimo)

Una y otra vez, siempre,
una y otra vez lejos tuyo,
partido por una vida que se va en partidas.
Yendo otra vez a diez mil leguas,
esta vez a la otra punta del mundo.
El camino que nos separa es largo y difícil,
¿cuándo volveremos a vernos cara a cara?
El caballo de los tártaros prefiere el viento norte,
El pájaro Yue anida en las ramas que dan al sur.
Tanto hace que nos despedimos,
cada día que pasa más suelta queda mi ropa,
nubes viajeras oscurecen el sol,
el viajero casi ha olvidado lo que es el hogar,
pensar en ti me convierte súbitamente en un anciano.
Meses y años corren rápidos a su fin,
el quejarme no disminuirá esta distancia,
más vale que comas tu arroz

y florezcas...

 
 
El pasto y la rivera del río
(Anónimo)

verde, verde
el pasto de la rivera
frondoso, frondoso
el sauce en el jardín.
Triste, triste,
la dama en la torre.
Blanca, blanca,
sentada en el marco de la ventana.
Agradable, tan agradable
su cara empolvada.
Pequeña, pequeña
saluda su mano pálida.
Alguna vez fue una bailarina
ahora es la esposa de un viajero.
El viajero se marchó y no regresa,
qué difícil es mantener una cama vacía estando sola...
 
 
Transitoria, la vida humana
(Anónimo)

Conduje mi carro hasta la entrada del Este,
de lejos contemplé el cementerio frente a la muralla norte,
Murmuran,
              murmuran los olmos blancos,
pinos y cipreses flanquean los senderos y
bajo ellos tiempo ha
              yacen hombres muertos.

Negra,
       negra es la noche extensa que los cobija.
Bien debajo de la primavera que verdea
hace miles de años que yacen quietos.
 
En una infinita sucesión de luz y sombras
los años se desvanecen como el rocío de madrugada.
La vida del hombre es transitoria,
carece de la firmeza de la piedra o el hierro.
Desde siempre y a su turno, sean santos o sabios,
a todos les ha tocado lamentarse–
todos estamos atrapados.
Buscando la inmortalidad en pócimas
al final terminan intoxicados,
mientras se pueda es preferible
darle a la botella de vino y
cubrirse con ropas agradables.
 
 
Siempre el miedo mordiéndonos los talones,
sentados miramos las tumbas o el vacío
que dejan seres queridos que mueren y
no sabemos muy bien qué hacer...
Buscamos algo firme y corremos a los placeres inmediatos,
traigan vino, comida, mujeres, música...
Nada de eso nos engaña, nada nos consuela,
las tumbas siguen con su canto mudo,
esperan al Norte de la muralla.
 
 
No hay camino de vuelta
(Anónimo)

Los muertos partieron y
ya no podemos conversar con ellos.
Los vivos están aquí y
a ellos debemos dar nuestro amor.
Dejo las murallas de la ciudad, miro adelante y
veo ante mí tan solo montículos y tumbas.
Las más viejas fueron aradas y
volvieron a ser campos cultivados,
sus cipreses y pinos derribados para hacer leña.
El viento triste en las casuarinas canta su canción,
su largo quejido estruja mi corazón,
quiero volver a casa,
correr a la puerta de mi hogar,
quiero volver atrás, pero
            no hay camino de vuelta...

 

 
 
Un cantar triste
(Anónimo)

¿Puede una canción tomar el lugar del llanto?
¿Puede el mirar a la distancia tomar el lugar del regreso a casa?
Con gran pena recuerdo mi vieja aldea,
mi ánimo decaído, maltratado, desolado.
Quiero volver a casa pero allí no hay nadie,
Quiero cruzar el río, pero ya no hay bote-
Pensamientos para los que no puedo encontrar palabras
¡como si ruedas de carro rodaran dentro mío!

 
 
Le di de beber a mi caballo junto a la muralla
Ch´ien Lin (d. 217)
 
Di de beber a mi caballo junto a la muralla.
El agua está tan fría que se le hielan hasta los huesos.
Fui y pedí hablar con el Jefe:
“Somos soldados de Tai Yuan, le dije,
¿nos tendrán aquí para siempre?”
“El trabajo público se ejecuta según las órdenes,
mueve tu maza, guarda tus palabras,
ve con el resto de los trabajadores!”
Para un hombre es preferible morir en batalla
que masticar su corazón junto a esta muralla.
La Gran Muralla, curva tras curva, sigue y sigue,
sube y baja colinas por miles de leguas.
 
Aquí, en la frontera, cantidad de muchachos saludables,
en sus casas, cantidad de mujeres solas y viudas.
Le escribí a mi mujer una carta:
“Mujer, es mejor que me olvides y te vuelvas a casar,
sirve con cariño a tu nueva familia
y de vez en cuando recuerda al marido que alguna vez tuviste”.
Llegó hasta la frontera una carta suya respondiendo
“Que estupideces me escribes?
ahora, cuando estás en tu peor momento
¡¿cómo podría buscar refugio junto a otro hombre?!”
Le digo:
“Si parieras un varón, no lo alimentes,
si fuera mujer sí, dale buena carne para que coma.
¡Si vieras junto a la muralla
pilas de huesos de los hombres que caen!”
Me dice:
“Cortaré mi pelo y me reuniré contigo,
constante, constante es lo que siento en mi pecho.
demasiado bien imagino tus problemas en la frontera
y yo... crees que yo soportaré esto mucho más?”


 
 


 
Soportando el frío (Tsao Tsao, 155 -220)
 
Al norte, subimos las montañas T'ai Hang,
¡es lento el progreso por sus escapadas laderas!
Los caminos son imposibles,
los barrancos y zanjas
rompen los ejes de los carros.
 
Desolados, cubiertos de nieve los bosques,
el viento norte tiene un tono tristísimo;
osos pardos detrás de las ramas espían nuestro paso;
leopardos y tigres aúllan un poco más allá de la senda.
 
Estos montes escarpados y valles cubiertos por nieve
están desiertos, nadie vive por aquí.
Doy un largo quejido y estiro mi cuello,
una campaña tan distante da mucho en qué pensar.
 
¿Por qué mi corazón está tan entristecido?
Todo lo que quiero es volver al este,
pero las aguas son profundas y los puentes fueron derribados.
A mitad de camino no sé si seguir adelante.
 
Confundido y sin guías perdimos el camino,
nos ha alcanzado la noche y no tenemos un lugar en que refugiarnos,
seguimos y seguimos, cada día nos alejamos un poco más,
hombres y caballos hambreados, tal como yo.
Cargando a nuestras espaldas leña que juntamos a nuestro paso,
cortamos hielo para hervir nuestro potage.
Aquella canción sobre Las Montañas del Este…
es triste,
un relato triste que me llena de pena...
 
 

 

Dando de beber a los caballos frente a la Muralla
Tsai Yung (133-192)
 
Verde,
        verde el pasto de las orillas,
madejas,
        madejas de memorias para el largo camino.
El largo camino junto al que no puedo soportar la añoranza.
Por la noche, acostada, lo veo en mis sueños,
en sueños lo veo a él a mi lado.
De repente me despierto en otra ciudad,
una ciudad apartada de la mía,
lo busco, doy vueltas y más vueltas,
pero no lo vuelvo a ver.
Las flores secas conocen lo que es el viento helado,
las aguas del océano conocen la helada que baja del cielo.
Entro en casa,
todo el mundo ocupado en sus cosas,
¿quién querría hablar conmigo?
Un viajero llega de muy lejos
y trae para mí un sobre.
Llamo a los niños y lo abro,
dentro hay un mensaje escrito sobre seda.
Me arrodillo y leo sus palabras sobre la seda blanca.
¿Y qué es lo que dice la carta, entonces?
A comienzo dice:
          “Esfuérzate y come!”,
Al final:
           "Siempre te amaré!”.

 


 
Quiyue
 
El hombre –-bicho miserable--
deja la puerta aterrado por la muerte,
un cadáver tirado en el desfiladero,
huesos blancos que nadie junta.
 

 


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