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El Pabellón de las Orquídeas

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De esta famosísima caligrafía que terminó en manos del emperador Tang Taizong se cuenta una historia muy interesante acerca de cómo logró hacerse con ella. Taizon era un gran admirador de las buenas caligrafías y se propuso encontrar y conseguir para su colección la original de Xi-zhi. Los investigadores que mandó por todo su imperio le informaron que estaba en manos de un monje llamado Biancai, un viejo que vivía en un monasterio del sur. Pero, cuando se le mandó pedir el manuscrito, tres veces Biancai aseguró que el original se había perdido durante la guerra. El emperador entonces pensó en otro modo de lograr el documento, y mandó a Xia Yi, nieto de uno de los monarcas del sur con la misión de, a toda costa, conseguir el texto.

Xia Yi pensó en un plan: se disfrazó de literato confuciano como para dar la impresión de que era un letrado que nada tenía que ver con el gobierno. Comenzó a visitar al monje, con regalitos, vino, algunas cosas ricas para comer y fue ganándose la confianza y amistad de Biancai. Luego de un tiempo, Xia Ji le llevó al monje una copia maravillosa que había conseguido, una excelentísima versión del prefacio. El monje la estudió y le dijo:
–Es una versión excelente, pero nada que ver con el original...
–Ah, Biancai, has tomado demasiado vino, ¿cómo podés decirme eso?
–¡Porque yo tengo la versión original!, le contestó orgulloso y en un susurro el viejo, medio achispado.
–No te creo, ¡me estás mintiendo!
–Mañana te lo muestro...
Al otro día Xia llegó con sus ´ofrendas´ habituales y luego de tomar unas copas y hablar de cualquier cosa, el monje mostró a Xia el documento. Xia lo miró detenidamente y le dijo
–¡Ya lo sabía! ¡Es falso!, y lo arrojó a un rincón.
El monje se puso furioso y comenzaron a discutir. Tal como había calculado Xia, llegó la hora en que el monje debía cumplir con sus obligaciones y tuvo que dejar la habitación. En ese momento, Xia tomó la caligrafía y huyó a la capital.

El emperador Tang se puso tan contento que lo ascendió a Xia a la quinta categoría y le dio importantes regalos en agradecimiento. Pensó en castigar a Biancai por miserable y mentiroso, pero se contentó con enviarle de regalo arroz y telas para el monasterio.

Taizong mandó hacer varias copias del original, alguna de las cuales, supuestamente, llegaron a nuetros días, y luego la hizo tallar en piedra para que se conserve. El original lo guardó celosamente y ordenó que fuera enterrado con él. Nunca más se lo volvió a ver.
 
Así las cosas, en uno de los tantos libros que se apilan encima de mi escritorio, se cuenta que un grupo de amigos se reunió el 22 de abril del año 353 con el simple propósito de tomar vino y escribir poemas al costado del río. Y gracias a su gesto, tomar el pincel y dejar anotado lo que sentía, puedo compartir aquel momento con ellos: estar sentados a orillas de un arroyo y sufrir con raro placer, con raro dolor, el sobrecogimiento ante el paso del tiempo. Nosotros, una figura más entre todo lo que genera este sol al ir muriendo en un rincón perdido del cosmos:
 

Prefacio a la Recopilación del Pabellón de las Orquídeas
Wang Xi-chih (321-379)
 

 
 

En el noveno año de la era Yung-ho, al comienzo del último mes de la primavera, cuando el calendario señalaba kuei-chou, nos reunimos en el Pabellón de las Orquídeas en Kuan-ji, para celebrar la Festividad de la Inmersión. Fue una reunión de todos hombres honorables, los jóvenes junto a los viejos. Rodeados por altísimas montañas y empinadas colinas, espesos bosques y enormes bambúes, junto al arroyo de aguas cristalinas sobre el que se reflejaba todo el paisaje de alrededor, y que había sido reencausado para poder jugar al juego de las copas de vino flotantes, todo a lo largo de su curvado curso. Nos sentamos según fuimos llegando. Y aunque no estábamos acompañados por los magníficos sonidos de flautas y cuerdas, apenas unas copas de vino y luego un poema, fueron suficientes para remover nuestros más íntimos sentimientos. El cielo estaba despejado y puro el aire. Corría una brisa muy agradable. Al contemplar hacia arriba apreciamos la inmensidad del universo; hacia abajo la abundancia de seres vivos. Dejamos vagar la mirada, y nuestras emociones fueron emergiendo de modo que disfrutamos más aún de todo aquel entorno pleno de rincones y sonidos maravillosos. ¡Qué gran felicidad, ciertamente! Los hombres se reúnen en grupos de amigos durante lo que dura su vida. Algunos se contentan con liberar sus más íntimos sentimientos sólo en conversaciones privadas mantenidas en habitaciones. Otros, en cambio, no dudan en dar rienda suelta a sus deseos y viven alocada y salvajemente. Y aunque los temperamentos y preferencias sean tan distintos, ambos tratan de obtener placer de cada circunstancia, entregándose a ello felices, abstraídos por el momento y sin darse cuenta de cómo la vejez se aproxima. Y cuando la fiesta termina, dejan seguir curso a sus sentimientos y quedan inmersos en una profunda melancolía. Lo que tanto placer les brindó ha desaparecido en lo que dura un suspiro, ¿cómo sus corazones no van a sentirse destrozados? Más aún, la longevidad depende de la naturaleza y su constante transformación: y todo llega a un fin. Un viejo dicho asegura que “La vida y la muerte son las únicas cuestiones importantes”. ¿No es razón suficiente como para sentirse triste? Cada vez que leo en sus escritos cómo los antiguos se veían afectados por esta misma tristeza, siento que se reúnen dos mitades. Siempre me conmuevo al leerlos y no me doy bien cuenta de por qué. No me brinda mucho consuelo afirmar que vida y muerte son lo mismo; ni que tratar de alcanzar la longevidad de los inmortales es un disparate. Lectores del futuro volverán a estos días de hoy del mismo modo que nosotros ahora miramos al pasado. ¡Qué triste que es todo! Así pues, he recolectado lo que han escrito mis compañeros y lo he trascrito aquí. Aunque las circunstancias cambian, y los hombres habitan en mundos diferentes, lo que mueve a la melancolía y lleva a componer poemas, es lo mismo. Quizá los lectores del futuro también se sentirán conmovidos por estos escritos.
 
 

Pabellón de las Orquideas (Wang Shi-chi)

Miro arriba: el ilimitado cielo azul.
Miro abajo: el arroyo de aguas verdes.
Profunda soledad, todo es paisaje.
Ante los ojos se despliega a sí mismo el Modelo,
¡Inmensa transformación!
Un millón de notas y ninguna desafinada,
todo tipo de flautas,
y todas acompasan,
                   y no es extraño.

 

Pabellón de las Orquídeas (Sun Cho)

Una suave brisa armoniza el islote
Se juntan nubes; su sombra sobre las lagunas.
El canto de las alondras entre los bambúes.
Los peces juegan en los rápidos.
Con un pincel -atrapar el foliage de nubes.
Palabras sutiles -develar el instante.
No es que los platos exóticos no sean sabrosos,
la música de Shao nos distrae del gusto.

 Pabellón de las Orquídeas (Wang, Pin Chi)

Entre el mato, tantas flores.
Peces saltarines en los rápidos.
En el banco, tiro una línea:

Felíz, pesque o no.

 

 

 

 


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