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Autobiografía

Ge Hong

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En los siglos tercero y cuarto, la vida política en China era excepcionalmente turbulenta, marcada por la guerra entre distintos reinados, golpes de estado internos, conspiraciones entre familias aristócratas y, como si fuera poco todo esto, la invasión desde el norte de distintas tribus no chinas. Dado este estado de las cosas varios estudiosos le dieron la espalda a la escuela Confuciana y a los intereses políticos, buscando un desarrollo intelectual y espiritual en otros entornos, poesía, taoísmo, misticismo y búsqueda de la longevidad a través de prácticas gimnásticas y diversas alquimias.

Ge Hong (283-343), de quien sigue un raconto autobiográfico, fue por varios motivos, una figura típica de este periodo. Provenía de una familia pudiente y cantidad de veces fue requerido para evaluar a familiares y conocidos antes de presentarse estos a los exámenes para ocupar un puesto oficial. También fue llamado en su momento a prestar sus servicios en la milicia. De todos modos, la vida de funcionario lo dejó insatisfecho, y aunque nunca renunció a las virtudes tradicionales del confucionismo, se fue interesando más y más en el taoísmo y en la búsqueda de elixires que ayudasen en la adquisición de la libertad espiritual y la longevidad.

El relato de su vida no fue publicado como una obra separada, sino como apéndice a sus obras completas. Todavía no habían desarrollado los chinos la costumbre de escribir una autobiografía ni el comentario de los propios progresos en el desarrollo espiritual. Pero, desde que Sima Quian escribió una breve autobiografía en el comienzo de su obra magna, algunos autores comenzaron a escribir de ellos mismos en tercera persona, como si lo hicieran acerca de otro. Aquí, dado que sabemos que el autor es el propio Ge Hong, ha sido cambiado su texto a primera persona.


* * *


Soy el tercero de los hijos de mi padre. Dado que nací tardíamente, mis padres me consintieron demasiado y no me mandaron a estudiar. Cuando contaba con trece años, mi padre murió, de modo que quedé sin guía y tuve que vérmelas con todo tipo de contratiempos, hasta pasar hambre y frío. Me dediqué yo mismo a las tareas de la granja. Al no haber heredado nada, tan solo tenía las estrellas para contemplar y el pasto para tirarme sobre él.

Como la biblioteca familiar se había perdido durante las continuas guerras, no había nada que pudiese leer en mi tiempo libre y luego de trabajar la tierra me veía obligado a cargar un hato sobre el hombro y caminar largas distancias para conseguir quien me prestase libros. Y como difícilmente podía conseguir un libro entero en una casa, esta actividad me consumía mucho tiempo. Más aun: tenía que procurar leña en un bosque y venderla como para tener el dinero suficiente como para comprar pinceles, papel y tinta para poder copiar textos a la luz de un fuego en el campo o en el jardín de alguna casa. Esta fue la razón por la que no accedí a la literatura en una edad temprana. Y como constantemente me quedaba sin papel, debía escribir en ambas carillas con lo que nadie podía descifrar qué decía allí.

Recién cumplidos mis dieciséis años pude leer los clásicos de la Piedad Filial, las Analectas, el Libro de las Odas y el Libro de los Cambios. Y como era muy pobre para viajar buscando quién me instruyese, ya sean maestros o amigos más ilustrados, mi interpretación de lo que leía era muy rudimentaria. Pero, aunque no entendía muy cabalmente lo que podía leer, me mantenía ávido de más lectura. Recitaba en silencio los textos y cuidadosamente memorizaba los puntos clave. El rango de libros por los que fui pasando va desde los clásicos a historias y cantidad de ensayos filosóficos y, juntando todo, sumarían unos diez mil capítulos. Como era lento y olvidadizo por naturaleza, y como tenía muy pocas ideas propias, mis conocimientos eran muy pobres y tenía dudas acerca de cantidad de puntos. No obstante esto, en mis escritos he tenido la posibilidad de citar mis fuentes de lectura.

De acuerdo con el catálogo de la biblioteca imperial y al Tratado Bibliográfico, hay 13.299 libros en total (en la dinastía Han), y, desde la dinastía Wei se ha doblado tal número. Teniendo en cuenta esto, fui consciente de la cantidad de libros que hay y que jamás había visto. Como hay muy pocos de estos libros al sur del río Yang Tze, decidí marcharme a la capital en busca de libros raros y difíciles de conseguir. Pero, por aquel entonces se levantó una revuelta y tuve que regresar cuando ya estaba a mitad de camino, muy a mi pesar.

Ahora, que me aproximo a los cuarenta años, mis ambiciones de una vida larga se están desvaneciendo; tan solo pienso en ir disminuyendo aun más mis ambiciones y limitarme tan sólo a que los míos sean actos sin consecuencias (no-acción, Wu Wei). Todos mis esfuerzos están destinados a mantenerme con vida y cada día disminuyen más mis ansias de erudición. Soy una persona muy poco refinada, mi naturaleza es perezosa, mi charla muy pobre y mi apariencia poco agraciada. Nunca trato de ocultar mis falencias. Llevo un viejo sombrero, zapatos sucios y gastados y un traje raído pero no me avergüenzo por ello. Son muy frecuentes los cambios de moda. A veces veo a la gente llevar cinturones anchos y colgantes, y un tiempo después unas ropas muy sobrias con largas mangas y ajustadas al cuerpo. A veces las túnicas son tan largas que arrastran por el suelo mientras que otras veces no alcanzan a cubrir los pies. Yo, de todos modos, me mantengo en un solo estilo y no sigo los caprichos del mundo.

Cuando hablo voy derecho a lo que tengo que decir y nunca soy sarcástico ni hablo en broma. Si no estoy en la adecuada compañía, puedo mantenerme callado todo el día. Quizá por esto la gente me llame “El estudioso que gusta de la simplicidad”, un sobrenombre que yo adopté para firmar mis escritos.

Nací con un físico débil y por tanto padecí cantidad de enfermedades. Y, además de ser demasiado pobre como para tener caballo o carruaje, mi debilidad me impide hacer largos viajes a pie. Pero los viajes, por suerte, no son algo que me atraiga sobremanera. La perversa costumbre de descartar lo fundamental en pos de mantener lo trivial, el poner tanto énfasis en mantener amigos y visitarlos a menudo no me interesa. Por estos motivos he vivido recluido y apartado en mi humilde choza y no me he esforzado en visitar a la gente. Incluso no me he relacionado con mis vecinos ricos e influyentes.

Mis ropas no me protegen del frío, mi techo no me aísla de las lluvias, mi comida no alivia mi debilidad y soy desconocido fuera de mi casa. Y nada de esto me causa gran preocupación. Soy demasiado pobre como para tener un sirviente, las cercas de bambú se ha derruido, un yuyal crece en mi jardín y han cubierto la puerta de salida de modo que tengo que apartar los yuyos para salir. Para llegar a mi habitación debo esquivar el pastizal. La gente critica mi atención por lo lejano y mi abandono de lo inmediato, cuando en realidad lo que sucede es que no tengo a nadie que se ocupe de estas tareas en la casa.

Al ignorar las mínimas normas de etiqueta para visitar a un superior, nunca visito a los altos funcionarios. Pero sí hago el esfuerzo de realizar visitas para dar el pésame a familias que han perdido a alguno de sus miembros o a visitar a quienes se enferman. Pero a pesar de mi intención, no siempre puedo llevar a cabo mis deseos debido a mis propias enfermedades. Es frecuente que se me critique por ello y admito mis faltas, pero no me preocupa demasiado. Siento mucho el que se hayan enfermado, pero mis propios males me impiden expresarlo debidamente según es mi intención. Y mientras no tenga cargos de conciencia, ¿por qué habría de discutir con aquellos que no me entienden? Aquellos con dos dedos de frente entienden mis limitaciones y saben que no lo hago por creerme superior y darme aires de persona elevada.

Siento una natural aversión a molestar funcionarios y superiores. En el transcurso de mi vida he ayudado a cantidad de amigos que pasaban por un mal momento, y en tales casos me he obligado a mí mismo a hablar con funcionarios con poder como para ayudarlos. De todos modos me cuidé de que mis amigos no supieran qué había hecho yo por ellos ya que no tolero verlos apesadumbrados porque yo los haya asistido en secreto. Pero cuando mis amigos o parientes cercanos han ocupado algún puesto y hubieran aceptado ayudarme con buenas intenciones, jamás los molesté con ningún tipo de pedidos. Es cierto que cuando me he quedado sin qué comer o he necesitado medicinas con urgencia he pedido ayuda a mis amigos y la he aceptado de muy buen grado cuando ellos la han ofrecido. Y siempre que he recibido favores, he tratado de devolverlos de distintas y pocos notorias maneras durante largos períodos de tiempo de modo que tales personas no lo percibiesen. Así y todo, no acepto regalos si no es de la correcta persona y apropiada tal conducta. Cuando he acumulado alimentos como para diez días, lo comparto con quienes pasan necesidad, pero si no tengo suficiente para mí, no doy lo poco que tengo en orden de no hacer alharaca de mi virtud. A veces, gente común y con buen modo me ofrecen de comer y beber. Aunque no sean mis pares, no rechazo sus invitaciones y luego devuelvo las atenciones recibidas. Cierta vez expliqué mi proceder haciendo hincapié en que, el rechazo de alimentos de Shi Yun a sus propios hermanos, y el modo en que el maestro Hua se mantuvo aislado de sus amigos, no fueron sino actos hipócritas con la intención de ganar reputación, conducta que no está de acuerdo a lo esperado en personas de tal rango.

Rechazo a aquellas personas carentes de principios, que no trabajan con diligencia en las ocupaciones primordiales como los trabajos en el campo y la producción de seda y que se valen de procedimientos arteros para conseguir beneficios. Tales personas controlan la opinión pública y venden sus recomendaciones por dinero. En ocasiones aceptan sobornos de quienes son culpables y así dejan sin castigo a quien lo merece y sin justicia a quien tiene razón. En otras ocasiones se aprovechan de los recursos del gobierno para sus propios fines estafando así al erario público, o acumulan moneda y bienes en orden de manejar a su antojo el mercado y en otras ocasiones se apropian de tierras de huérfanos o indefensos y recorren uno tras otro funcionario buscando negocios que aumenten su riqueza. Así impresionan a sus esposas y concubinas, consiguen fama y puestos en el gobierno. Yo no quiero tener nada que ver con tales personas. Por tanto estas personas no simpatizan conmigo y se vuelve natural el que permanezca así aislado. Frente a mi casa no hay huellas de carros ni de caballos, en mi sala no hay gente que yo no estime, mi patio es tan tranquilo que allí anidan los pájaros y sobre mis pocos muebles una capa de polvo se acumula.

Desde que tengo la edad suficiente como para entender las cosas, jamás dije palabra que hiciera referencia a las faltas cometidas por otro o concerniente a sus asuntos privados. Es algo natural para mí y por ello jamás hice bromas a los sirvientes ni me reí de los niños. Jamás discuto acerca del carácter de la gente, ni critico a la gente por los amigos que eligen. Cuando me veo forzado por mis mayores a dar mi opinión, solo hablo de lo bueno que tiene aquella persona sobre la que me preguntan, o, si me preguntan por algún escrito suyo, alabo aquellos puntos acertados. Porque nunca critiqué las carencias de los demás, a nadie he ofendido de este modo. Ciertas veces altos funcionarios piden mi opinión sobre otros funcionarios, dependientes o ciudadanos comunes. Si la persona es superior en cuanto a su moral y sus habilidades, hablo de ellas y de sus logros; si la persona por la que me preguntan es ambicioso, violento, estúpido o un holgazán, digo que no sé nada de él. Así he sido criticado por se excesivamente pudoroso o por no saber distinguir lo bueno de lo malo, lo blanco de lo negro. De todos modos, nunca me preocupé de cambiar esta costumbre mía. Tengo presente que aquellas personas que se detienen a criticar la personalidad de los demás, no siempre son justos ni acertados en sus pareceres. Y aquellos que son alabados por ellos, no se tornan agradecidos mientras que aquellos ofendidos, se tornan furiosos por las críticas que recibieron y dispuestos a que corra un río de sangre. Me he vuelto aun más cauteloso y hasta evito hablar de otra personas. Hasta evito evaluar a los miembros más jóvenes de mi familia. Cuando me critican por esto, respondo de este modo: “Debiera de ser lo más fácil para mí evaluarme a mí mismo. Pero si alguien me pide que me compare con otro hombre, de la antigüedad o de la actualidad, no sé a quien me consideraría semejante. ¿Cómo, entonces, habría de poder evaluar a otra persona?”

Durante la época llamada Taian (302-303), Shi Bing comandó una revuelta en seis provincias que comenzó con la declinación de la dinastía. Se levantó un ejército rebelde en contra del leal a los gobernantes. El comandante en jefe me ofreció comandar las tropas leales. Luego de varios pedidos, al fin acepté pensando que mi país corría peligro, y que la obligación de los ancianos era actuar en las emergencias, y que no podía ser desobedecida la ley marcial gratuitamente. Entonces reuní a varios cientos de hombres y junto a varios regimientos, atacamos a los rebeldes. Ese mismo día entramos en la ciudad en donde se habían hecho fuertes. Monedas y seda se apilaban en el suelo junto a otras cosas de valor. Los otros regimientos habían dado permiso de saqueo, y los soldados llenaban carro tras carro con lo que querían. Solo yo ordené a mis soldados que no abandonasen sus puestos, ni dejasen las armas. Tal como lo sospeché, era una emboscada que nos tendían los rebeldes. No había tropas disponibles para enfrentarlos, y los que andaban por ahí, estaban con los brazos cargados con su botín y en lo último que pensaban era en pelear. Asustados y confundidos corrían de un lado a otro y fueron muertos y heridos y la batalla parecía perdida definitivamente. Solo mis hombres mantuvieron la disciplina como para evitar mayores desgracias y gracias a su disciplina pudimos ayudar a los demás regimientos y evitar una derrota desastrosa. Un poco más tarde, durante una refriega, murió uno de los jefes rebeldes y se capturaron muchas armas así como se cortaron cantidad de cabezas. Cuando reporté el triunfo en el cuartel general, el comandante en jefe me otorgó el título de General Gran Conquistador. Todos los generales fueron recompensados, como era costumbre, con cientos de rollos de telas que pronto vendieron o enviaron a casa. Yo fui el único que distribuyó su ganancia entre mis oficiales, tropa y amigos necesitados. Cambié los últimos diez rollos de seda por alimentos y vino y agasajé a mis hombres con un festín.

Cuando la rebelión fue eliminada, dejé las armas y me dirigí hacia Luoyang con la esperanza de conseguir algunos libros difíciles de encontrar. Nunca pretendí ser recompensado por mi desempeño siendo que siempre admiré a Lu Lian por no haber aceptado el oro ofrecido por Liaocheng, y a Baoxu por renunciar a la recompensa por haber salvado Chu. Pero sucedió que, estando yo en camino, la capital se vio envuelta en otra rebelión, por lo que se cortó el camino al norte. Más aún, el rebelde Chen Min se levantó en Jiangdong cortando mi posible ruta de regreso. Por aquella época un amigo, Ji Jundao, había sido nombrado gobernador de Guangzhou, y había pedido al trono que yo fuese nombrado consejero militar. Y aunque no era lo que yo más quería, me brindó una vía de escape al sur, de modo que me obligué a aceptar el puesto. Se me ordenó partir de inmediato para reunir tropas. Ni bien marché, Ji Jundao fue asesinado, de modo que permanecí en Guanzhou en donde las autoridades me ofrecieron distintos puestos en el gobierno. Renuncié a tales ofertas pensando que las riquezas así como los logros, han de conseguirse muy pausadamente, además de que las trivialidades de las que uno tiene que ocuparse en tales cargos, son sumamente cansadoras.

Honor, puestos elevados, poder y beneficios son como las visita de duelo, no hay modo de conservarlos con uno cuando han decidido marcharse. La prosperidad y la gloria llegan a su fin, tal como les sucede a las flores primaverales que tan pronto se marchitan. Cuando los he tenido nunca me he regocijado de los logros; tampoco me lamenté al perderlos. No valen la pena que causan, las preocupaciones y ansiedad que generan. Más aún, me creo por naturaleza un holgazán sin talentos. Con estas dos características, por más que me esfuerce y preocupe en obtener tales mundanalidades, no lograría fama y cargos importantes, más allá de que jamás podría obligarme a hacerlo. Mucho mejor para mí es practicar el camino taoísta y depender tan solo de mí.

Solo espero subir a una de las montañas afamadas y quedarme allí a regular mi dieta y cultivar mi naturaleza. No es que quiera abandonar los deberes mundanos, pero sin hacerlo, ¿cómo practicar la difícil y quieta vía? Además, comprender tales asuntos es cosa harto difícil, requiere de considerables esfuerzos. Por tal razón no visitaré ni mantendré correspondencia con poderosos gobernantes. Como quiera que sea, aquellos estudiosos que buscan refugio nunca se ven libres de recibir visitantes que consultan sus dudas y dificultades lo que es un obstáculo para mantener la concentración adecuada. No es que el Camino solo se halle en montañas y bosques; el motivo por el cual los practicantes a lo largo de la historia se han dirigido a bosques y montañas, es para mantenerse alejados del ruido del mundo y así mantener en paz sus mentes. Ahora estoy cerca de lograr un viejo deseo; abandonaré mi ciudad natal y me dirigiré al monte Song para seguir los pasos de Fangping y del maestro Liang.

Afortunadamente he logrado centrar mi mente en esto y completado mis trabajos filosóficos, incluidos sus capítulos interiores y los exteriores y hoy tan solo necesito terminar de ordenar la disposición de los capítulos como para que los futuros lectores lo encuentren más sencillo. Fueron escritos durante una época de guerras y rebeliones. Y como deambulé de lugar en lugar sin un hogar fijo, cantidad de mis obras se perdieron. De todos modos, nunca abandoné mis pinceles. Esto continuó así por más de una década, hasta el año 304, en que finalmente pude terminar mis trabajos. Consisten en veinte capítulos de los Interiores, cincuenta de los Exteriores, cien de inscripciones en piedras, elegías, poesía y verso libre, treinta capítulos que versan en estrategias militares y proclamas memorables así como sus comentarios. También escribí diez capítulos con biografías de Inmortales, diez que tratan de aquellos que usualmente no se los recuerda y diez con biografías de reclusos famosos, aquellos con elevadas mentalidades que huyeron de los puestos oficiales. Como apéndice, agregué extractos de los Cinco Clásicos, algunas historias, tratados filosóficos y militares, habilidades esotéricas, misceláneas y sucesos extraños. Esto suma un total de 310 capítulos. También armé un índice aparte para mi antología. Los capítulos Interiores de mi obra versan sobre la escuela Taoísta y sus temas, inmortales, longevidad, medicina, fantasmas y demonios, transformaciones, la naturaleza y extensión de la vida humana y la aversión al mal y la mala suerte. Los capítulos Exteriores tratan de los éxitos y caídas del hombre, lo bueno y malo que hay en el mundo, y pertenecen a la escuela Confucionista.

Al final de sus notas autobiográficas, el emperador Wen de Wei (202-227), menciona artes tales como estrategias de ajedrez y esgrima. Esto me dio la idea de hacer algo similar. Pero, más que orgulloso de mis habilidades que son por cierto muy modestas, haré un raconto de lo que no sé. Soy físicamente débil y lento por naturaleza y tengo muy pocos pasatiempos y habilidades. De niño no podía lograr lo que otros niños en sus juegos. Durante toda mi vida jamás participé de peleas de gallos, carreras de perros o de caballos. Cuando veía gente abocada a juegos de azar trataba de evitarlos, pero si no me quedaba más remedio, no prestaba atención a lo que hacían. Así, hasta hoy en día ni sé cuantos cuadros hay en un tablero de ajedrez o los nombres de las piezas. Otro de los motivos por los que me mantuve alejado de esto es por observar el modo en que estos juegos alteran la vida de las personas, como pierden el tiempo y disturban sus pensamientos, haciendo que los gobernantes dejen sus tareas pendientes, los estudiantes olviden sus estudios, granjeros pospongan sus trabajos, mercaderes pierdan sus negocios. Cuando se trenzan en un juego en la plaza, los jugadores están perturbados internamente y así se los ve de afuera. Pierden su sentido de lo que es correcto y la vergüenza y se transforman en enemigos. Se quitan el dinero unos a otros creando resentimientos y deudas. Tiempo atrás, el duque Min de Song y el príncipe de Wu, tremendos jugadores, terminaron muertos de manera violenta en medio de una rebelión que derivó en guerra que estuvo a punto de arrasar con toda una dinastía. Ese ejemplo debería ser más que suficiente para la posteridad.

Me he detenido a observar a los jugadores de ajedrez. Desbordados por la vergüenza y el odio, se empujan y patean, se gritan groserías y se maltratan de manera que terminan con su amistad. Y dado que el resentimiento puede comenzar en pequeñeces, no vale la pena una actividad que puede causar tantos arrepentimientos. Confucio nos prevenía acerca de lo malo que podía resultar de dormir durante el día, algo que no comparto totalmente. Si bien dormir durante el día no trae beneficios, tampoco trae males. Incluso los santos han debido estudiar tres veces los clásicos antes de verse familiarizados con ellos por completo. ¿Cuánto le llevaría entonces al común de la gente en nuestros días? Yo creo que dedicarse a jugar trae menos beneficios que leer un ensayo. Así, como no hallo ningún placer en el juego, no me dedico a ello. Solo la gente vulgar puede verse atraída por ellos.

Cuando era joven aprendía arquería, pero no tenía la fuerza suficiente como para tensar el arco al estilo de Yan Gao. Lo practiqué porque la arquería es uno de los seis artes de un caballero y permite a uno defenderse de malandras y ladrones además de poder cazar algún animal para comer. Estando en el campo de batalla le di al conductor del carro que me perseguía. Y al matar a dos rebeldes y a un caballo, escapé de la muerte. También recibí instrucción en el uso de la espada y el escudo. También aprendí palabras y habilidades necesarias como para vencer a un oponente y los métodos secretos, tan eficaces como la magia, que garantizan la victoria. También aprendí el arte de manejar el palo de dos metros que puede servir para peleas con hombres armados de puñales o lanzas. Pero, de todos modos, estas son artes triviales no muy necesarias, tan poco utilizables como el cuerno del unicornio. Además de lo antes mencionado, nada más sé.

Debido a que carezco de talento y de conocimientos, por más que me esfuerzo, mis prácticas están siempre a contramano de los tiempos, mis acciones se enfrentan a las de todo el mundo, mis palabras desentonan con las acostumbradas y mi paso va cambiado con el de la mayoría. En casa, no tengo las ventajas de ser rico, como lo eran Jin y Zhang; en el mundo no tengo amigos influyentes. Aunque los caminos que he recorrido son extensos, carezco de los miembros de un unicornio; aunque el universo es amplio, no tengo las alas del gran ave. De modo que no puedo elevarme a las alturas como lo hace un halcón y así ayudar en el gobierno del país, ni tampoco podré acarrear gloria a mis ancestros o ser recordado por la posteridad. Mis cualidades no serán registradas por historiadores, mis palabras no se grabarán en campanas y paredes. Por todo ellos es que, al terminar mis escritos, compuse estas notas autobiográficas que, aunque no evitarán mis debilidades, son un intento de que algo quede en un futuro.

 


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