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Se fueron los Han

Casi nunca duró mucho una época de paz en China. Al finalizar la dinastía Han también cayó la influencia de los confucionistas que la habían apuntalado. Ahora era el turno de los taoístas y sus ideas de libertad, espiritualidad e imortalidad. Vuelven a expresarse sentimientos profundamente arraigados en el corazón de los chinos, el desastre que trae la guerra, la fugacidad del amor, y de la vida. Otra vez la muralla como testigo de inútiles matanzas, corridas a un lado y otro de su paredón, huesos, y familias que quedan esperando el regreso de sus seres queridos reclutados para combatir en la frontera o entre facciones rebeldes.

 

 
Paseo junto a la muralla
Shou Chan Gan (385 – 445)
 
Se fueron los Han,
No saben, descorazonados por el desastre,
que dejan huellas
que perdurarán hasta llegar a
mundos más extraños que los que sospecharan

jamás.

Sigue su sombra
bajo la luna,
oropéndolas anidan en las ruinas
de la Gran Muralla.
Ellas nada saben de glorias pasadas
ni del terror huno
ni de los huesos que simientan las piedras...
su canto junto a los brotes

¡el mismo de antaño!

 

El período de unos cuatrocientos años que siguió a la declinación de la dinastía Han hasta la formación de las aristocráticas Sui y Tang fue uno de los más ricos y complejos de la historia intelectual China. Fue muy fértil e innovador, alejado del conservadurismo de los Han, enriquecido por la llegada de las ideas acerca del vacío del budismo Mahayana. Esta fue una época de diletantismo artístico y literario, en donde se destacó la búsqueda de la belleza estética por sí, en contraste con las ideas confucionistas que predominaban antes, y en el que se destacó la pintura como un arte independiente que se despegó de ser una mera artesanía ornamental, en la que aparece por primera vez en el mundo la pintura paisajística y el concepto de paisaje como tal y un surgimiento de la poesía sin precedentes.

 

Un día de otoño
Sun Chuo (314 – 371)
 
Un día melancólico de mediados de otoño
un viento arremolinado gime, las revueltas nubes corren en la tormenta,
cuando se vive en la montaña se sienten los cambios estacionales,
lejos de su hogar, el viajero canta una canción.
Los picos tienen sus topes cubiertos y de allí
cuelgan bosques espesos de árboles sin hojas.
El rocío empapa el jardín y el bosque,
gruesas hojas son llevadas por el viento.
Acaricio unos hongos triste porque pronto caerán,
luego una rama de pino, contento por su persistencia.
Dejé crecer mis raíces en estos bosques silvestres,
mis amistades están lejos del mercado y de la corte,
Ya desapareció el corazón apesadumbrado que solía cargar,
por cierto, no estoy muy alejado de los bancos del río Hao.

 

En el año 316 cayó la dinastía Jin del norte cuando la capital, Chang An, cayó en manos de los invasores Xiongnu. Antes ya había comenzado un éxodo hacia el sur, y se estableció la capital en la ciudad sureña de Nanjing de la que pasó a llamarse dinastía Jin del Este. Conmovidos por los eventos, los cultivados emigrantes norteños se reunían en pabellones en la costa del Yang Tze y, mirando al norte, disfrutaban del paisaje y se lamentaban de su suerte, bebían y componían poesía. Para sus ojos norteños, acostumbrados a las llanuras rodedas de montañas agrestes, la región que ahora es el sur de Juangsu y Zhejiang, tan abundantes en lagos, colinas, ríos y arroyos, fue una maravillosa revelación. Zhejiang particularmente era una fuente estética para los refinados gustos de sus nuevos habitantes. Se cuenta que el famoso pintor Gu Kaishi, cuando volvió de una visita a estos sitios, contó a sus amigos:

El paisaje de Juaiji consiste en miles de precipicios empinados, por sobre diez mil barrancos, en el fondo de los cuales corren cantidad de arroyos de aguas cristalinas, bordeados por árboles y una vegetación lujuriosa que se asemeja a nubes de colores indescriptibles.

Y quizá quienes comenzaron con esta tendencia o quienes la pusieron en práctica con mayor denuedo fueron que se llamaron Los Siete Sabios del Bosquecito de Bambú, un grupo de literatos bohemios que lideraba el famoso poeta y calígrafo Wang Xizhi, autor de uno de los episodios más famosos de la literatura china, La Reunión en el Pabellón de las Orquídeas en Kuan-ji.

Los elevados sentimientos de tristeza (habían tenido que huir de su tierra) y un exaltado sentimiento de gozo por la contemplación del paisaje tan maravilloso y la dicha que trae la conciencia del privilegio que implica un momento tan especial se ven reflejados en los 37 poemas compuestos aquel día por el grupo selecto de amigos. Entre ellos estaban los hermanos Xie, An y Wang, ambos ministros del emperador, los hermanos Sun, Tong y Chuo, ambos refinados viajeros, Wang Xizhi, líder del clan de los Wang, autor del prefacio al texto que recogió los poemas escritos aquel días, y que pasó a la posteridad como calígrafo además de poeta, y varios miembros de su poderosa familia.

El texto de su prefacio quizá sea el ejemplo de caligrafía más famosa en China (con el mismo tenor se duda de la autenticidad de las dos o tres copias que quedaron) y constituye un documento único en la historia de la sensibilidad china. Es la primera vez que se deja establecida la importancia de la armonía con el entorno, en el texto como en los poemas, la mirada de sus autores está dirigida con la maravilla conque el niño mira al mundo que habita. Los ojos no se detienen en una flor, en un árbol, en una colina, en un arroyo, en un pájaro, sino que recorre todo lo que lo rodea con regocijo y deleite y la mente que contempla trasciende eso que ve y percibe algo más allá de lo meramente empírico, reflejando su mundo interior.

 

 

 


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