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El Huérfano

Anónimo

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Cuando un niño queda huérfano
está destinado a una vida miserable y
solitaria.
Mientras mi padre y madre vivían
viajábamos en un carruaje
tirado por cuatro caballos.
Ahora que ya no están
mi hermano mayor y su mujer
me envían lejos a
vender mercancías,
de aldea en aldea
y luego de tantos días y penas,
cuando retorno a casa
ni siquiera puedo lamentarme-
mi cara y ojos llenos de tierra,
sucio y cansado-
todo lo que me dicen es:
-¡Ve a preparar la comida!
-¡Ocúpate de los caballos!
Corro de una habitación a otra,
lágrimas cayendo como un torrente.
Me hacen levantar al amanecer
para buscar agua y
al atardecer otra vez
debo llenar los tanques.
Mis manos están ajadas
mis pies sin calzado,
duelen y debo seguir
aún con la helada,
de caminar entre espinos
las pantorrillas me duelen tanto
que no puedo contener los gemidos.
Lagrimeo y lagrimeo,
no puedo parar de llorar.
En invierno no me dan abrigo
ni en verano una ropa liviana.
Vivo tan infeliz que no me preocupa
la idea de morir.
 
Apura la primavera,
los brotes ya aparecen,
en el tercer mes me ocupo de la morera y
de los gusanos de seda;
en el sexto cosecho melones y
cuando vuelvo a casa empujando
el carro cargado se me vuelca y
nadie me ayuda a cargarlo;
en vez de eso
se aprovechan y me los roban,
les pido me los devuelvan
ya que mi hermano y cuñada
son muy estrictos.
Y he de apurarme por volver
aun con las manos vacías
para recibir un castigo...
 
Ya se escuchan los sonidos del pueblo,
tan solo quisiera mandar al otro mundo
una carta para mis padres contándoles
que a cargo de mi hermano y cuñada
no voy a durar mucho en este mundo.
 

 


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