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El viejo Lu

Shou Tiao Chuang

 


 

 

 

Pasa el día sentado frente al fuego cuando es invierno y

recostado en una hamaca que cuelga bajo los sáuces en verano.

Apenas puede leer lo que él mismo ha escrito,

sus ojos cansados ya no buscan más en el horizonte la llegada de amigos.

Muchos han muerto y los que siguen vivos, como él,

ya no pueden ir a ningún lado.

Cada tanto una vecina pasa a curiosear,

le pregunta si comió, cómo está, si le duelen los huesos…

Chácharas de vieja, dice él, y contesta

displicente,

pero el día que la vecina no golpea su puerta

se pregunta qué habrá sucedido.

Dos veces al día camina con pasos flojos

hasta la costa del río y trae unos baldes de agua.

Es poco lo que consume,

casi toda el agua se va en regar unas verduras

que a penas se distinguen de los yuyos… no le importa,

riega como respira, porque sí.

Se prepara un poco de té, otro poco de sopa y

de eso vive.

Algunos días abre una botella de vino

de las tantas que guardó…

¿¡Pero cuántos años pensé que viviría!?, se pregunta divertido

cuando ve las botellas en su despensa.

Ya no extraña casi nada,

poder comentar algun verso que recuerda

cuando tirando en la hamaca no puede dormirse.

Por las noches su lámpara permanece encendida

la apaga porque ya es de día y

no necesita de esa luz que simplemente

fue una compañía.

Cuida que todo esté limpio y en órden

para que el día que lo encuentren

nadie comente que era un viejo descuidado.

Ya no reza, ya no pide, ya no espera.

Está en paz, sin hambre, sin sed,

sin curiosidad,

simplemente eso, suavemente,

vive.



 

 


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