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Tres Poemas

Katherine Mansfield


 

FUEGO DEL INVIERNO

Invierno afuera, pero en el cuarto cortinado
Sonrojada hasta la belleza por el fuego que flamea
Aislada de la fealdad de la calle por postigos y persianas
Una mujer está sentada -las manos rodeando las rodillas
Inclinada hacia adelante...
Sobre su pelo suelto
La luz del fuego teje una trama de oro brillante
Quema su boca pálido con apasionados besos
Envuelve su cuerpo cansado en caliente abrazo...
Apoyadas contra el guardafuego sus botas empapadas
Humean, y colgadas de la cama de hierro
Su chaqueta y su falda -su sombrero marchito y desastrado.
Pero ella es feliz. Acurrucada junto al fuego
Todos los recuerdos del día gris y penumbroso
Se reducen a nada, y ella olvida
Que afuera en la calle la lluvia que cae
Embarra la vereda hasta un grasoso pardo.
Que, en la mañana debe empezar de nuevo
Y otra vez buscar lo que no vendrá –
No siente esa desesperación insana
Que se filtra en sus huesos durante el día.
En sus grandes ojos -Cristo querido- la luz de los sueños
Se demoró y brilló. Y ella, otra vez una niña,
Vio imágenes en el fuego. Aquellos otros días
La casa amplia, los cuartos frescos dulcemente perfumados
Los retratos en las paredes, y cuencos chinos
Llenos de 'pot pourri'. En su mecedora
El almohadón bordado con su nombre –
Vio otra vez su dormitorio, muy desnudo
La colcha azul trabajada con margaritas blancas y doradas
Donde dormía, sin sueños...
... Abriendo la ventana, desde el jardín recién segado
El aroma fragante, fragante del pasto perfumado
Las lilas lanzando en el aire brillante
Sus penachos de púrpura El saúco
Sus capullos como manos pálidas entre las hojas
Temblando y oscilando. Y, Oh, el sol
Que con su beso vuelve a darle calor y vida
Así que es joven, y extiende los brazos...
La mujer, acurrucada junto al fuego, se mueve inquieta
Suspira un poco, como una niña con sueño
Mientras las rojas brasas se deshacen en gris...
De pronto, de la calle, una explosión de sonido,
Un organillo, giró y chirrió & resolló
La ebria, el hipo bestial de Londres.



TE DE MANZANILLA

Afuera el cielo está encendido de estrellas
Un hueco bramido llega del mar
¡Y qué pena las pequeñas flores del almendro!
El viento estremece el almendro.

Nunca imaginé un año atrás
En aquella horrible casucha en la ladera
Que Bogey y yo estaríamos sentados así
Tomando una taza de té de manzanilla.

Leves como plumas vuelan las brujas
El cuerno de la luna es fácil de ver
Sobre una luciérnaga debajo de un junquillo
Un duende tuesta una abeja.

Podríamos tener cinco o cincuenta años
¡Estamos tan cómodos, juiciosos, cercanos!
Bajo la mesa de la cocina
La rodilla de Jack oprime la mía.

Pero los postigos están cerrados el fuego está bajo
Gotea la canilla con suavidad
Las sombras de la olla en la pared
Son negras y redondas y fáciles de ver.



EL ENCUENTRO

Empezamos a hablar­
Nos miramos; dejamos de mirarnos
Las lágrimas subían a mis ojos
Pero no podía llorar
Deseaba tomar tu mano
Pero mi mano temblaba.
No dejabas de contar los días que faltaban P
ara nuestro próximo encuentro
Pero las dos sentíamos en el corazón
Que nos separábamos para siempre.
El tictac del relojito llenaba la habitación en calma­
Escucha, dije, es tan fuerte
Como el galope de un caballo en un camino solitario
Así de fuerte - un caballo galopando en la noche.
Me hiciste callar en tus brazos­
Pero el sonido del reloj ahogó el latido de nuestros corazones.
Dijiste `No puedo irme: todo lo que vive de mí
Está aquí para siempre'.
Después te fuiste.
El mundo cambió. El ruido del reloj se hizo más débil
Se fue perdiendo –se tornó minúsculo-
Susurré en la oscuridad: “Moriré si se detiene”.


MALADE

El hombre del cuarto vecino
Tiene el mismo mal que yo
Cuando me despierto a la noche lo oigo darse vuelta
Y después tose
Y toso yo
Y él vuelve a toser-
Esto sigue mucho tiempo-
Hasta que siento que somos como dos gallos
Llamándose en un falso amancecer
Desde granjas distantes y escondidas.

 


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